1. “Primera cita”
—Tú sabes cocinar?
El mensaje me llega a las 18:42.
Lo ignoro durante 3 minutos exactos, como si eso me hiciera parecer menos
disponible. Pero ¿sabes qué?: no lo consigue.
—No —respondo al final—. Pero sé abrir botellas de vino.
Aparece en línea al instante:
—Perfecto. A las ocho. No llegues tarde.
—¿Esto es una invitación o una amenaza?
Y aunque no lo vea, sé que acaba de sonreír.
—Es una cena.
—¿Y qué se supone que debo llevar?
—Ganas.
Me quedo mirando la pantalla con el corazón haciendo el tonto.
Me cambio tres veces. Al final opto por lo seguro: vaquero, camiseta básica
blanca y labios potentes. Necesito esa seguridad que te aporta el labial rojo.
Toco a la puerta a las 20:06, sabiendo que me he pasado unos minutos su
toque de queda.
Me abre y veo su impoluta chaquetilla. El olor a ajo, aceite y cebolla me
transporta a otras épocas. Al sofrito que huele a hogar y que me abre el
apetito.
—No sé cocinar —le digo nada más entrar en la cocina, por si necesita una
excusa para no darme cuchillos.
Él sonríe como si le hubiera contado un secreto.
—Entonces viniste por otra cosa.
Y sí.
Vine por él..
2. “No sé cocinar, pero vine igual”
—¿Y si quemo algo? —pregunto intentando no sonar lo nerviosa que estoy.
—No vas a quemar nada —asegura él, como si confiar en mí fuera lo más fácil
Yo sostengo la cuchara con tanta fuerza que temo ser como Uri Geller y acabar
—No sé cocinar —repito.
—Pero sabes mirar. Y eso, en la cocina, es más importante.
Respiro hondo y me quedo callada, mirando, fascinada, como se mueve entre
cazuelas, como si cada gesto fuera una caricia.
—¿Qué estás haciendo?
—Algo sencillo. Pero con intención.
—¿Con qué intención?
Él no responde. Solo se acerca, me acomoda un mechón detrás de la oreja y
me tiende una cucharita.
—Prueba. Y dime si te sabe a lo que estás pensando.Espóiler:
Me supo exactamente a él.
3. “Playlist”
Pone música.
La voz de Bono inunda la cocina creando un momento único.
De fondo, el sonido del cuchillo sobre la tabla.
—¿Sabías que escucho esto cuando escribo? —le pregunto.
—¿En serio? —finge—. Puede que lo comentaras alguna vez.
Me guiña un ojo y yo me derrito al ver que recuerda los pequeños detalles de
nuestras conversaciones.
—Veo que has hecho muy bien los deberes y recuerdas todo lo que te he dicho
estos meses por mensajes.
—Demasiados meses. Me ha costado convencerte para vernos cara a cara, al
fin.
—Dijiste que ibas a cocinar para mí. ¿A ver quién se resiste a eso?
Se acerca, demasiado, y se coloca a mi lado.
Susurra con voz baja, casi una promesa:
—Cuidado, que en esta cocina no solo se cocina con fuego.
4. “Señales”
—Pensaba que no ibas a venir —confiesa él, llenándose una copa de vino.
—¿Y por qué no?
—No soy bueno interpretando señales, pero es que además tú eres demasiado
Yo sonrío, como si no me afectara. Pero por dentro, una parte de mí teme que
enigmática y no te pillo.
la cena se vaya a pique por culpa de mi exceso de miedo. De no saber
mostrarme del todo.
—¿Qué señales esperas? —pregunto, juguetona, aunque el corazón me
tiemble.
—Señales claras. Que me digan que esto no es solo una cena.
Sostengo su mirada unos segundos. Me muerdo el labio, luchando con la duda.
Después, me levanto de la silla y camino lentamente hacia donde él está.
—¿Y esto…? —digo mientras tomo su copa y bebo un sorbo, dejando la marca
roja de mis labios en el cristal— ¿te parece una señal suficientemente clara?
Él sonríe despacio. Con esa mezcla de alivio y deseo que solo aparece cuando
lo que esperabas, por fin sucede.
Yo no añado nada más.
Porque a veces, las mejores recetas se cocinan en silencio.
Y llevan siempre una pizca de valentía echada a ojo.
5. “Final feliz”
—¿Te gustan los postres? —pregunta él.
—Solo si llevan chocolate a mansalva.
Él sonríe con orgullo, se levanta en busca del plato especial y lo deja sobre la
mesa.
Frente a nosotros, una tarta tibia de chocolate con sal Maldon. El tipo de
postre que se comparte.
Él parte un trozo y me ofrece la primera cucharada. No me aparto cuando sus
dedos rozan los míos al intercambiar la cuchara.
—¿Y esto qué es? —pregunto, al probarlo.
—Un intento de final feliz —responde él, sin apartar la vista, con toda la
intención.
Río, pero bajo la mirada, intimidada.
Pero lo deseo, y él lo sabe. Porque esa tensión lleva rato batiéndose a fuego
lento.
—¿Crees que una tarta puede lograr eso?
—Quizá no —responde, esta vez más cerca—. Pero puede ser la excusa
perfecta para quedarte un poco más.
No contesto. Solo tomo la cuchara y la hundo en el centro del postre.
Y esta vez, al ofrecerle la siguiente cucharada a él, lo hago despacio. Muy
despacio.
Él entiende la señal.
Y ya no hace falta decir nada más.
6. “Lo que no está en la carta”
Su aliento roza mi mejilla cuando se inclina apenas un poco más.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de cocinar contigo cerca? —murmura,
con la voz baja, acariciándome por dentro sin tocarme—. Que me cuesta
concentrarme. Solo puedo imaginar lo que haría contigo si no me estuviera
controlando.
Su dedo índice roza mi barbilla, levantándola suavemente. Me mira como si
fuera su plato favorito, como si supiera exactamente cómo me gustaría que
me sirvieran.
Yo, nerviosa, sigo comiendo tarta.
—¿Quieres saber que lleva de más esta receta? —pregunta, sin apartar la
mirada.
—Sorpréndeme.
Y entonces me besa. Lento, firme, con hambre contenida. Como quien lleva
horas imaginando ese momento y por fin puede probar.
Sus manos encuentran mi cintura, su boca busca la comisura de mis labios, el
cuello, el punto exacto donde mi respiración se vuelve un suspiro.
—¡Dios! ¡Llevo todo el día deseando esto! —dice entre besos, mientras me
gira con suavidad y mi espalda choca contra la encimera de acero.Una de sus manos recorre mi muslo por debajo del vaquero, subiendo con
intención y calma.
La otra acaricia mi espalda baja, presionando solo lo justo. Cada roce crea un
incendio.
—¿Y si te digo que me muero por comerte? —pregunta totalmente excitado.
Lo miro, medio jadeando, medio riendo. Y él sonríe.
—Tengo sirope de chocolate, nata montada y cero autocontrol. Pero si
prefieres… podemos empezar con las manos. —Y desliza la suya bajo mi ropa
interior.
El gemido se me escapa antes de poder controlarlo.
Y él lo bebe con la misma devoción con la que prueba un plato que ha cocinado
solo para mí.
—Esto no estaba en la carta… —susurro, borracha de placer.
—Lo mejor nunca lo está.
7. “Lo que no está en la carta” – Versión del chef
Llevábamos meses intercambiando mensajes. Picantes, dulces, irónicos. Como
platos que se sirven con pausa, dejando que el hambre crezca.
No pensé que vendría, porqué ella nunca había dejado claras sus intenciones.
Pensé que se quedaría en eso: palabras, emojis, miradas que no se tocan.
Pero entonces entró.
Vaqueros. Camiseta blanca. Labios rojos.
Pocas veces he sentido que el corazón se me baja al estómago y vuelve a subir
ardiendo.
Esta fue una de ellas.
Estaba más guapa que en las fotos. Más ella. Más todo.
No pude evitarlo.
Le aparté una silla en la mesa más cercana a la cocina. Preparé un menú que
no había escrito. Cociné con las manos temblorosas, aunque disimulé.
Cuando le llevé la cucharada del postre, sus labios se entreabrieron sin miedo.
Probó. Cerró los ojos. Murmuró ese “mmm” que se me quedó clavado entre las
costillas.
—¿Quieres saber qué lleva de más esta receta?
Ella me miró, labios manchados de chocolate.
—Sorpréndeme.
La besé.
Y supe que ninguna estrella Michelin podía igualar eso.
Ni receta, ni técnica, ni horno a 200º.
Solo nosotros.
Solo ese momento.
Lo que no estaba en la carta.
8. “Desayuno”
Ella, que nunca había sido de las que acepta ir a casa de un hombre en la
primera cita, presagió que, tras la cena, iba a cambiar de opinión.
La cafetera suena como una vieja conocida.
Sale del dormitorio y él la observa desde la barra de la cocina, con esa sonrisa
serena de quien ya no necesita adivinar señales.
Ella camina descalza, con su camiseta. Su camiseta.
El pelo enredado, los labios aún algo manchados de carmín rojo y el deseo de
anoche.
—¿Siempre haces café así de pronto? —pregunta, acariciando el borde de la
taza caliente con los dedos.
—Solo cuando la noche ha sido buena. O cuando sé que el desayuno puede
mejorarla.
Ella se apoya en la encimera y le lanza una mirada que mezcla sueño y
hambre.
Hambre real. Y figurada.
—¿Y qué hay de menú?
—Tostadas, fruta, café… —hace una pausa, bajando la voz— y tú.
Ella se ríe. De ese modo suave que solo ocurre cuando ya no hace falta fingir
nada.
Se acerca, le roba un trozo de pan, y le muerde los labios antes de que termine
de tragar.
—¿Te importa si repito?
Él no responde.
Porque, como ya aprendieron la noche anterior, algunas recetas no necesitan
instrucciones.
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