
- La invitación
Cuando Eva vio el correo llegar a su bandeja de entrada casi se atraganta con el té. Ese asqueroso matcha con sabor a acelga que cada día se obligaba a llevarse al trabajo. Pero era lo que él bebía y ella solo intentaba que él la viera. Aunque visto lo visto, igual era hora de volver al café soluble del office.
Miró la pantalla. El remitente: Sergio Martín, él, su crush del trabajo desde hacía tres años. El asunto: “¡Me caso mañana! Espero tu presencia”.
La destinataria involuntaria: su dignidad, que acababa de evaporarse.
Pasó el resto del día debatiéndose entre confirmar asistencia o fingir una apendicitis. Hasta que, entre mensaje y mensaje de autocompasión, se le ocurrió lo más lógico del mundo.
Esa misma tarde fue al gimnasio que hacía semanas que no pisaba para hablar con su única esperanza. El corría en la cinta y ella se colocó a su lado.
—Necesito un acompañante. Para una boda mañana y solo te tengo a ti.
Su mejor amigo, Nico, giró la cabeza al tiempo que pausaba su trote.
—Me encanta ser tu única opción. Me siento muy honrado —dijo sin ocultar su ironía.
—Por favor, Nico. Se casa Sergio. No puedo ir sola —ella tampoco ocultó la desesperación en su súplica.
Él sonrió, con ese gesto suyo que mezclaba ironía y ternura.
—Trato hecho. Pero con una condición.
—¿Cuál? —añadió ella, sabiendo que no estaba en condiciones de negociar.
—Vienes conmigo a mi cena de empresa este vienes. Necesito una novia para impresionar al jefe.
Eva lo pensó dos segundos. Dos segundos en los que no advirtió cómo a él se le iluminaban los ojos, ni cómo el corazón de Nico llevaba años esperando esa frase: “Trato hecho.”
Brindaron con sus botellines de proteína, sellando el pacto como si fuera un plan maestro.
Ella se imaginaba caminando de su brazo, deslumbrante, delante de Sergio y su prometida.
Él solo pensaba en lo que costaría fingir que aquello no le dolía.
—¿Qué puede salir mal? —preguntó ella, riendo.
Nico acabó el trago.
—Nada —mintió.
Y, como en toda buena comedia romántica, era cuestión de tiempo que el juego se les fuera de las manos.
- La boda
Eva y Nico llegaron al salón de la boda con su “rol de pareja perfecta”. De la mano, sonrientes, hablándose al oído.
—Recuerda: sonrisa boba, contacto visual, pero no demasiado intenso —advirtió él, ajustándose la chaqueta.
—¿Y si me tropiezo con los tacones? —bromeó ella.
—Entonces, yo caigo contigo —contestó, serio por un segundo, antes de soltar una sonrisa que le rompió un poco el corazón. Él siempre caería por ella. Hacía ya demasiados años que la amaba en secreto…
Durante la comida, toda la mesa alababa la buena pareja que hacían. Ellos siguieron el juego a la perfección: se miraron, midieron los gestos, rieron, bailaron.
Fueron como la típica pareja estable en actos oficiales: chistes que solo ellos entienden, miradas cómplices, abrazos que parecen naturales. Todo muy falso. Pero a la vez todo muy… real.
Y poco a poco, algo empezó a colarse entre la actuación y la broma.
A Nico le emocionaba ver cómo el pelo de Eva brillaba bajo la luz del salón de baile, cómo su risa hacía que olvidara cada paso.
Ella, por primera vez en mucho tiempo, lo vio distinto: alguien que podía hacerla reír de verdad, incluso en medio del embuste que estaban fingiendo.
Fue al baño a refrescarse y recolocar sus ideas, cuando se cruzó con Sergio en la puerta.
—¡Eva! Me alegro de que hayas venido. Veo que te lo estás pasando muy bien. ¡Vaya sorpresa lo de tu novio! Nadie sabía que existía y todos están como locos con él. Parece muy… majo.
Por primera vez en años, Eva percibió en el tono de Sergio algo parecido a… ¿celos? ¿Sergio tenía interés en ella? ¿Ahora?
Estaba tan ensimismada que no advirtió cómo él se acercó peligrosamente a su oído.
—Qué pena no haberte visto antes, Eva —susurró, haciendo que todas sus terminaciones nerviosas reaccionaran.
La ya esposa de Sergio apareció en ese momento.
—¡Mi amor! ¿Dónde estabas? Ya sabes que no puedo estar ni un segundo sin ti —dijo Sergio, como si no acabara de regalarle la oreja a otra.
Eva se dio la vuelta y volvió con Nico, que bailaba con una de las veteranas de contabilidad. No pudo evitar sonreír al verle siendo tan amable con sus compañeros.
—Ha salido todo de lujo —dijo Nico cuando ella se acercó, y por un instante su voz perdió el tono irónico; estaba emocionado de verdad.
Eva arqueó una ceja:
—¡No lo sabes bien! ¡¡Sergio te tiene celos!! Se me ha acercado mucho en la entrada del baño.
—¡Ah!… Vaya… perfecto, ¿no? —respondió él, intentando no dejar ver su frustración.
—Lo has hecho muy bien, Nico. Cualquiera pensaría que te gusto de verdad.
Él rio, mientras algo se le rompía por dentro.
- Entre miradas y dudas
Eva se sentó en un rincón del salón, copa de vino en mano, intentando no pensar demasiado.
Por un lado, no podía ignorar la chispa que había visto en los ojos de Sergio: algo que parecía celos, interés… o una mezcla peligrosa de ambos.
Por otro, algo dentro de ella comenzaba a cambiar cada vez que miraba a Nico: cómo se inclinaba para reír con los compañeros, cómo su sonrisa sincera iluminaba todo a su alrededor, cómo su mano rozaba la suya con un gesto casual.
Se llevó la copa a los labios, tratando de aparentar indiferencia, mientras su mente hacía malabares imposibles.
Vale, respira, se dijo. No es nada. Es un juego. Solo estamos fingiendo.
Pero la realidad tenía otra idea.
Cada roce, cada gesto protector de Nico le producía una corriente eléctrica que no estaba en el guion.
Y cada mirada furtiva de Sergio la hacía preguntarse si había pasado por alto algo importante todo este tiempo.
Nico apareció junto a ella, sosteniendo un plato de tarta.
—Creo que te toca bailar con don Ramiro —dijo con ese tono suyo que mezclaba broma y ternura, señalando al casi jubilado gerente, dormido en su silla.
Eva arqueó una ceja.
—Mejor bailas tú conmigo. ¿O prefieres a Maite?
—Contigo, evidentemente —respondió él, al ver que la secretaria de don Ramiro se acercaba. Y antes de que pudiera pensarlo demasiado, la tomó de la mano y la condujo a la pista.
Mientras giraban entre los demás invitados, Eva notó cómo los gestos falsos de antes se transformaban en momentos genuinos.
La risa de Nico, la manera en que la miraba sin fingir, hacían que su corazón se acelerara.
Pero intentaba convencerse de que todo era un juego. Y su forma de hacerlo era no dejar de mirar de soslayo a Sergio.
Fue entonces cuando él, con un leve gesto de cabeza, le indicó que saliera de la sala.
Eva disimuló y lo siguió hasta el oscuro jardín.
Sin mediar palabra, Sergio se lanzó sobre ella, besándola sin aviso.
Y ese momento que tanto había anhelado se volvió, de repente, terriblemente incómodo.
—¿Qué coño haces? —gritó.
—Shh. No querrás que nos oigan. Vamos, Eva… llevas tiempo deseando esto, y yo… no cuánto te deseaba hasta que te he visto con tu novio.
Y entonces lo tuvo claro.
Se lo quitó de encima de un empujón y, sin contestar, volvió a la pista.
Al final de la canción, Nico la sostuvo un segundo más de lo necesario.
Eva sintió un pequeño vértigo: no sabía si era por la música, por la proximidad… o por algo mucho más peligroso.
Quizá porque ya lo sabía: la línea entre mentira y realidad se estaba difuminando.
- Cambios
La boda había quedado atrás, pero a Eva le daba la sensación de seguir dentro de una resaca emocional que no se curaba con café (sí, el matcha quedó atrás).
Habían quedado en su cafetería de siempre, esa donde los camareros ya sabían que Nico pedía tostada con tomate y ella media de aguacate con huevo poché.
Cuando llegó, él ya estaba allí, sonriente, con esa expresión tranquila que a ella de repente le desarmaba sin remedio.
—¿Te has recuperado algo después del fiestón? —preguntó él.
—Lo justo para no parecer hoy una zombie en la oficina —contestó ella, dejando el bolso sobre la silla—. ¿Tú?
—Dormí bien. Aunque creo que soñé con Maite bailando con Don Ramiro.
Nico fingió un escalofrío y Eva soltó una carcajada, sonrojándose sin querer.
Durante unos minutos hablaron de anécdotas tontas de la boda. Todo parecía fácil, cómodo. Hasta que el silencio se instaló entre ellos.
—Eva… —empezó Nico, girando la taza entre las manos—. Sé que lo del fin de semana empezó como un juego, pero para mí dejó de serlo hace mucho.
Ella alzó la mirada, atrapada por la sinceridad en su voz.
—No sigas, Nico… —murmuró.
—Solo necesito que lo sepas. Me gustas. No desde la boda, ni desde el baile. Desde antes. Y ya no puedo fingir que no.
El corazón de Eva dio un vuelco. Podía haber dicho algo. Podía haber respondido. Pero el miedo fue más rápido.
—No deberíamos vernos durante una temporada —soltó, levantándose de golpe—. Esto… no puede ser.
Nico no intentó detenerla, solo asintió despacio, sintiéndose un imbécil que la había cagado por confesar sus sentimientos.
Horas después, en la oficina, Eva escuchó las historias de una de las chicas de Marketing: que si Sergio se había liado con media plantilla, que si en la boda había intentado flirtear con tres invitadas. Y ahí lo vio claro. No era él quien importaba. Era Nico. El problema era que tal vez ya era tarde.
Por la tarde, Nico esperó en el gimnasio, mirando la puerta una y otra vez. Ella no apareció.
Sacó el móvil, escribió algo y pulsó “enviar”.
- Final feliz con barra libre
Nico odiaba las cenas de empresa. La música demasiado alta, las bromas de siempre, las copas mal servidas, la pareja que todos esperaban que llevara. Pero esa noche las odiaba más que nunca.
Estaba solo y con el corazón roto.
En la pantalla de su móvil seguía el último mensaje que le había enviado hacía un par de días:
“Los dos sabemos que esa temporada será larga. Siento haberte dicho que te quiero. Cuídate, Eva.”
No hubo respuesta. Ni una palabra, ni un emoji. Nada.
Y, aun así, cada vez que el teléfono vibraba, él seguía esperando.
Mientras los compañeros iban llegando, Nico fingía sonreír, comentaba algún chiste, hacía como que todo estaba bien. Pero por dentro solo repasaba los años que llevaba enamorado de ella: desde las clases en la uni, las mañanas de novillos en la cafetería jugando a las cartas, las tardes de estudio que acababan en borrachera, las confidencias en el coche tras las fiestas los findes…
Y ahora aquello no era nada. Ni siquiera amistad.
—Vaya cara, Nico. ¿No me has presentado a tu novia? ¿Dónde la escondes? —preguntó uno de sus compañeros con una sonrisa pícara.
Él soltó una risa tensa y cargada de rabia. Ya estaban los capullos de sus compañeros casados recordándole su miseria.
—En otra vida, supongo —susurró entre dientes.
Justo entonces alguien, desde la barra, respondió:
—Está aquí mismo. ¡Qué escondida la tenías!
La frase le congeló el estómago. Se giró hacia la barra y siento que no podía respirar.
Eva.
Llevaba un vestido sencillo, el pelo suelto y esa mezcla de nervios y decisión en la mirada. Estaba charlando con el jefe y dos compañeros de Nico, y su risa llenaba el aire como si no hubiera pasado nada.
Él se quedó quieto, sin saber si acercarse o salir corriendo.
Minutos después, al sentarse en la mesa, ella se acomodó a su lado. El silencio fue incómodo al principio, pero Eva respiró hondo y se giró hacia él.
—He sido una idiota —dijo, sin rodeos—. Me asusté, como siempre. Y no quiero volver a hacerlo.
Nico la miró, intentando descifrar si era real.
—Eva…
—No digas nada. Solo quiero que sepas que te quiero. Que siempre te he querido, aunque me haya costado verlo.
Él soltó el aire, como si llevara meses sin respirar.
—¿Y ahora?
—Lo de siempre —respondió ella, sonriendo—. Pero con una nueva perspectiva. De momento hoy vas a dormir conmigo cuando esta cena acabe.
Y cuando después de la cena, la música cambió a una balada de los 2000 —porque en toda cena de empresa hay una—, ella se acercó, lo besó, y el ruido del restaurante se desvaneció.
Entre brindis, luces de neón y risas ajenas, el fake dating se había acabado.
Y por primera vez, no tenían que fingir nada.en mucho tiempo, supo que estaba exactamente donde debía estar.
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