
- La ruptura perfecta
—Bueno… supongo que esto es todo. —Rober lo dijo como si le entregara un paquete de arroz, sin emoción ni alma, y no una caja cargada de momentos y recuerdos de tiempo y felicidad compartida.
—Sí. Todo. —Respondió Vico igual de seca, aunque por dentro ya estaba tomando notas mentales de todo lo que se iba a perder: la parte del sofá donde siempre dormía antes de irse a la cama, su risa cuando ella decía cosas que no tenían gracia, incluso su manera de dejar la taza de café a medio beber.
Fue extraño: no hubo gritos, ni lágrimas, ni esas miradas dramáticas que prometen un futuro de arrepentimiento eterno. Solo una civilizada aceptación de que estarían mejor… separados. O eso querían creer.
—¿Seguiremos quedando para cenar? —propuso él, como si fuera una idea sensata.
—Claro, como amigos. —Vico asintió, mientras pensaba que “amigos” era probablemente la categoría más vaga que la humanidad había inventado para no sentir culpa.
Ambos sonrieron, esa sonrisa rara que mezclaba alivio y desconcierto. Se miraron y, sin decirlo, supieron lo mismo: esto debería doler más. Pero no dolía. Ni siquiera un poquito.
—Entonces… lunes. Restaurante italiano de siempre. —Dijo Rober, confiando en que “lunes” no era solo un día de la semana sino una excusa para normalizar lo imposible.
—Perfecto. —Respondió ella.
Y así estaban planeando su primera “cena de ruptura” como si fuera una cita de negocios.
Al cerrarse la puerta y verse sola en el ascensor, Vico se miró en el espejo y pensó: Esto va a ser raro.
No podía decidir si eso era bueno o malo, pero estaba segura de una cosa: ninguno de los dos tenía ni idea de lo que significaba “seguir viéndonos como amigos”.
- Seguimos quedando (pero ya no somos nada)
La cena de los lunes se convirtió en una tradición que ya duraba varios meses. Además de los jueves de pincho y los domingos de cine.
Vico llegó al restaurante italiano cinco minutos tarde, como si llegar impuntual la hiciera ver menos ansiosa. Rober ya estaba allí, con esa sonrisa que siempre le molestaba un poco y le encantaba al mismo tiempo.
—¿Aprenderás a llegar a la hora alguna vez? —bromeó él.
—Son solo cinco minutos de margen civilizado —respondió Vico, mientras se sentaba y estudiaba la carta como si fuera la primera vez que la leía.
—Victoria, llegar cinco minutos antes es llegar tarde. Deberías grabarte eso a fuego —añadió Rober a modo de falsa reprimenda.
—Roberto, sácate ese palo que siempre llevas metido por tu bonito culo y relájate un poco. Vivir es saltarse las normas de vez en cuando, deberías grabarte eso a fuego —se burló ella, mostrando su preciosa sonrisa, a la que él no pudo resistirse.
Pidieron lo de siempre, porque cambiar algo todavía les parecía demasiado arriesgado. Y mientras esperaban, se contaron pequeñas cosas: la serie que estaba viendo Rober, la que había dejado a medias Vico, el último chisme familiar que había nacido esa mañana.
Era raro. Lo raro es que todo estaba bien. Mejor incluso que cuando estaban juntos, porque no había necesidad de impresionar, de fingir, de controlar cada silencio. Podían reírse de tonterías, de sí mismos, de los errores del pasado. Y para ellos era un triunfo comprobar que, como predijeron meses atrás, iban a estar mejor así.
—¿Sabes? —dijo Rober de repente—. Creo que esto de estar separados nos hace mejores amigos.
—Sí… y es extraño —respondió Vico, con una sonrisa que mezclaba diversión y alerta.
Y entonces llegó la conversación que lo cambió todo. Fue Rober quien la dejó caer como si nada:
—Me he abierto un perfil en la app esa de citas.
Vico tuvo que disimular que no se acababa de atragantar con el último bocado de pizza que se había llevado a la boca.
—Ya tardabas, yo llevo semanas —mintió, aunque en realidad fue su ego herido el que contestó por ella—. Pero no he querido dar match aún, no sé…
El teléfono de Rober vibró sobre la mesa: “Cita mañana. Cena a las ocho. Me muero de ganas”. Miró la pantalla y levantó una ceja, esbozando una sonrisa de medio lado.
—Ah. Imagino que tú sí —dijo, intentando sonar tranquila.
Rober se encogió de hombros, fingiendo despreocupación, pero Vico vio un brillo diferente en sus ojos. Ese brillo que decía claramente: no me da igual.
Y mientras ellos seguían riéndose, ninguno de los dos sabía aún qué pasaría si el otro realmente empezaba a salir con alguien más.
- Celos muy poco dignos
Vico llegó al café con la sensación de que estaba a punto de hacer algo prohibido. Bueno… no prohibido, pero sí potencialmente ridículo.
Había querido mantener en secreto sus citas con Rober y, ahora que sus amigos se habían enterado, empezaba a dudar de que todo esto de seguir siendo amigos fuera buena idea.
Entró a la cafetería y allí estaba Rober, hojeando un periódico como si fuera un adulto responsable, cuando en realidad estaba esperando su llegada… con cinco minutos de retraso, como de costumbre.
—Hola —dijo ella, intentando sonar casual.
—Hola —respondió él, levantando una ceja, como si ese simple “hola” pudiera contener todos los secretos del universo.
Se sentaron y pidieron lo de siempre, para no variar. Había que mantener todo igual para no romper ese multiverso que habían creado.
Pasaron así varios minutos, pero antes de dejar el bar para dirigirse al cine, Vico no se pudo aguantar más.
—¿Y bien? —preguntó, intentando sonar indiferente—. ¿Qué tal tu cita?
—Bien —mintió él, porque “bien” significaba: me he dado cuenta de que aún me importas más de lo que debería.
Y entonces ella lo vio. En una de las mesas del fondo, un compañero de trabajo, uno que había insistido en quedar un par de veces. Se rió, levantó la mano… y él respondió. Se acercó a su mesa. Rober observaba la escena.
Dos besos demasiado largos, demasiadas risas. Vico se inclinó demasiado. Hizo gestos demasiado simpáticos.
Hasta ella se sintió, de repente, como si estuviera en una película mala de celos absurdos. Se despidió de aquel chico y volvió a su mesa. Contuvo la respiración y pensó: Qué idiota estoy siendo…
—¿Qué pasa? —preguntó Rober, al notar que su sonrisa se había congelado.
—Nada… nada —dijo ella, aunque la punta de sus labios traicionaba un intento fallido de sonrisa.
Intentaron continuar la conversación, pero cada palabra tenía un doble sentido que ambos analizaban. La cita de él con otra mujer tenía a Vico descentrada desde hacía días, y ahora él estaba pensando en ese tipo que cada día podía estar cerca de ella en el trabajo. Ambos estaban haciendo exactamente lo que habían prometido nunca hacer… sentirse celosos.
—Bueno… —dijo Rober, levantando la taza en un brindis improvisado—. Por nosotros, por ser amigos…
Vico rio, fingiendo despreocupación, pero por dentro sabía que eso de ser amigos quizá no estaba saliendo bien del todo.
- Esto era justo lo que no íbamos a hacer
—¿Sabes qué me molesta? —dijo Vico mientras cruzaban la plaza después del restaurante italiano.
—¿Que me entere de esto justo ahora? —respondió Rober, con tono serio, aunque claramente estaba bromeando—. ¿En serio nunca te gustó Breaking Bad?
Vico negó entre risas.
—Ni aquella mierda de Peaky Blinders, y… espera… odié The Walking Dead con todas mis fuerzas.
Rober fingió sufrir un ataque y se tumbó en un banco; ella fingió hacerle la reanimación cardiaca y se acercó a su boca.
—¡Creo que se nos va, vamos a tener que hacerle la respiración asistida!
Ya ninguno podía contener las carcajadas.
Ambos sabían que estaban rompiendo sus propias reglas. Esas que no habían consensuado ni hablado, pero que daban por explícitas.
La regla ya rota: no tocar temas que generen discusión.
La regla que estaban a punto de romper: no acercarse demasiado físicamente.
Y ahí estaban, a escasos centímetros el uno del otro. Fue el ruidoso tubo de escape libre de un ciclomotor lo que los devolvió a la realidad.
Siguieron caminando, hombro con hombro, riéndose de cualquier tontería, mientras el frío de enero parecía invitarlos a acercarse más.
—Ahora en serio. Me molesta sentirme así. Es que no entiendo por qué me pasa —se sinceró ella—. Solo somos amigos… ¿no? No tendría que importarme que tengas citas.
—Bueno… a mí también me molesta saber que quedas con ese tipo de tu trabajo —replicó él, demasiado cerca, demasiado consciente de que la cercanía duraba ya más de lo debido.
Rieron nerviosamente. Era ridículo, porque ambos sabían que esa proximidad era peligrosa. Pero la química no podía negarse: cada roce accidental era un recordatorio de lo mucho que se habían perdido y de lo difícil que sería mantener “solo amistad”.
—Prometimos reglas —murmuró Vico, intentando sonar firme mientras su hombro rozaba el de él.
—Prometimos —dijo Rober, con una sonrisa que decía: sé que te estoy haciendo perder la cabeza y me encanta.
De repente, un pequeño empujón al borde de la acera los hizo tambalearse. Sus manos se rozaron, prolongando el contacto más de lo prudente. Ambos se miraron, medio sorprendidos, medio divertidos, como si el universo acabara de enviarles un mensaje: no vais a conseguir mantenerlo todo bajo control.
—Bueno… —dijo él, separándose de ella—. Creo que estamos rompiendo demasiadas reglas de golpe.
—Sí… y es peligroso —admitió ella, con un brillo en los ojos que era imposible ignorar.
Y mientras continuaban caminando, ninguno de los dos podía evitar preguntarse: ¿cómo terminaría la próxima cena de amigos?
- Elegir
La cena de jueves de pincho parecía igual de rutinaria que la de cada semana. La misma mesa, las mismas bromas, la sensación de que estaban haciendo lo mismo de siempre, pero por alguna razón, aquella noche, en el ambiente sobrevolaba algo prohibido y divertido.
—¿Sabes? —dijo Vico mientras se servía un poco de vino—. Creo que hemos llegado a un punto de no retorno en el que ya no sabemos si somos amigos o algo más. Y… es raro.
Rober sonrió, como si llevara meses esperando que lo dijera.
—Sí, lo es —respondió, con esa calma que siempre la desarmaba—. Pero hay algo que tenemos claro: no podemos fingir que no está pasando nada.
—Ya… y eso me gusta y me asusta a partes iguales.
—¿De qué tienes miedo?
—De volver a cagarla. De volver a lo de antes.
Rober negó despacio.
—No creo que pudiéramos volver a lo de antes. Hemos aprendido. La cagamos en muchas cosas, y ahora sabemos dónde flaqueamos y dónde somos más fuertes.
Se miraron y, por primera vez, no hubo bromas ni risas nerviosas. Solo la certeza de que habían aprendido demasiado como para repetir los mismos errores.
—¿Y ahora qué? —preguntó Vico, jugando con la servilleta.
—Elegir. Ahora. Juntos o separados, pero eligiéndolo nosotros, desde otro sitio distinto esta vez —dijo él.
Hubo un silencio cómodo, de esos que no dan miedo porque confías en la otra persona, aunque notes el vértigo en la boca del estómago.
—Entonces… vamos a cenar juntos otra semana más… —dijo ella, con una sonrisa que mezclaba nervios y descaro—. Pero no como amigos.
—Chin chin —respondió Rober, alzando su copa—. Por elegir.
Brindaron y sellaron el pacto con un beso. Y, por primera vez, no hubo reglas absurdas que los frenaran. Solo ellos y la sensación de que, aunque las cosas fueran distintas, podían ser mejor que antes.
Al salir del restaurante, el frío de enero no molestaba. Al contrario, parecía empujarlos hacia adelante, hacia algo que prometía ser divertido, inesperado… y suyo.
No fue volver a empezar.
Fue empezar bien.
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