
La tarde del día de Navidad tenía esa calma rara que solo existe cuando los niños ya han abierto todos los regalos y juegan tranquilos. Ella miró la hora, se despidió de ellos, de los abuelos, y se montó en su coche. Hizo la ruta con la luna llena alumbrando las calles. Odiaba que anocheciera tan pronto.
En la casa de él todo iba bajo su horario planeado, con una luz tenue que no intentaba impresionar a nadie, salvo quizá a ella.
Ella llegó con diez minutos de antelación y se quedó sentada en el coche. No solía hacer esto. No solía ir a casas ajenas en la primera cita. Prefería bares con gente, mesas pequeñas, salidas fáciles. Terreno neutral.
Pero llevaban meses hablando. Intercambiando fotos. Mensajes largos. Videollamadas a deshoras. Confesiones que no se hacen por educación, sino por comodidad. Y, aun así, algo en ella seguía en guardia.
Cuando él abrió la puerta, no hubo abrazo inmediato. Solo dos besos algo torpes y una sonrisa tranquila. Ninguno de los dos vio algo diferente a lo que ya conocían, y eso les gustó.
—Pasa —dijo—. Estoy terminando algo.
Y a ella le sonó bien. No era un “te estaba esperando”; más bien un “estaba aquí viviendo mi vida y quizá tú encajes en ella”.
La cocina era amplia, sin exceso de adornos. Sonaba música suave, nada navideño. Rock de los noventa muy bajo, casi un murmullo, pero pudo reconocer a Alice in Chains.
Él estaba frente a los fogones, concentrado, con la camisa remangada y un gesto sereno. Ella dejó el abrigo en el respaldo de una silla y se apoyó en la encimera, manteniendo una distancia cómoda. Observó sin decir nada.
—Puedes sentarte —dijo él, sin girarse.
—Estoy bien aquí.
Él asintió, como si eso también estuviera previsto, y le sirvió una copa de vino.
Durante unos minutos solo hubo el sonido de un cuchillo contra la tabla y el burbujeo lento de una salsa. Ella se sorprendió a sí misma relajándose. No del todo. Lo justo.
—Te gusta cocinar —afirmó.
—Sí —respondió—. Me ordena la cabeza.
Ella sonrió, satisfecha con la respuesta.
Él se giró entonces, apoyándose en la encimera frente a ella, guardando la distancia exacta.
—¿Te gusta ver a un hombre cocinar?
Ella sostuvo la mirada. No había desafío, solo curiosidad.
—No —respondió con seguridad—. Me gusta ver a un hombre cocinar para mí, que es distinto. Llevo demasiado tiempo siendo yo la cocinera oficial.
Él sonrió, aceptando el matiz.
—Entonces voy con ventaja.
—No te confíes —dijo ella, cogiendo la copa que él le había servido antes—. ¿Recuerdas tu trato? Quedamos a cenar, como dos amigos en periodo de prueba. Y si hay algo que no nos gusta, lo paramos.
Él le ofreció una cuchara para que probara la salsa. Ella dudó un segundo antes de acercarse. El gesto fue torpe, leve. Sus dedos se rozaron apenas. Ninguno de los dos retiró la mano de inmediato.
—Está buena —dijo ella, devolviéndole la cuchara.
—Entonces… por la cena no podrás salir huyendo.
—Te vuelves a confiar.
Él rio bajo, sin teatralidad. Y no vio, al girarse, cómo también lo hacía ella.
—¿Alguna vez bajas la guardia? —preguntó.
Ella se encogió de hombros.
—Pocas veces. Aún estoy aprendiendo a hacerlo cuando merezca la pena.
Hubo un silencio cómodo. De los que no exigen palabras, sino de los que permiten pensar.
—¿Te incomoda estar aquí? —preguntó él, con cuidado.
Ella negó despacio.
—No. Ahora creo que me incomodaría no estarlo.
Él no dijo nada. Volvió a la cocina, terminó de emplatar. Ella se sentó a la mesa sin que nadie se lo pidiera. Se dio cuenta de que no estaba mirando el móvil. De que no pensaba en la hora.
Cuando él sirvió los platos, la miró con una media sonrisa.
—Si no te gusta, prometo no ofenderme.
Ella cogió el tenedor. Probó. Cerró los ojos unos segundos, saboreando, mordiéndose el labio. Sin darse cuenta, él imitó el gesto antes de que ella abriera los ojos de nuevo.
—Vaya —dijo ella.
—¿Eso es bueno o malo?
Ella lo miró, sincera.
—Eso es nuevo.Y es que, por primera vez en mucho tiempo, ella no estaba calculando una salida y él no había planeado a qué hora debería acabar la cena.
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