
- Lunes
Martín llega a la oficina con la convicción de que nadie debería hablarle antes de su segundo café. Ni sonreír. Ni, desde luego, entrar con un gorro rojo y, encima, con un cascabel.
Pero Paula ve la vida de otra manera.
—¡Buenos días! —grita al salir del ascensor, como si de verdad lo fueran.
La mayoría de los compañeros responde. Martín no.
Paula se sienta en su mesa, la que queda justo al lado de la de Martín. Clava la mirada en él y le dedica esa sonrisa impertinente que sabe, con absoluta certeza, que le molesta.
Como respuesta, Martín enciende el ordenador con más fuerza de la necesaria. Paula se quita el bolso, el abrigo y el gorro, y los cuelga en el perchero que queda entre los dos, invadiendo su espacio vital con una naturalidad ofensiva. Él resopla.
—No muerdo —dice ella.
—No. Molestas, que es peor —contesta él, seco, sin mirarla.
—¿Preferirías que te mordiera? —Paula arquea una ceja, fingiendo sorpresa.
Antes de que él pueda replicar, aparece Silvia anunciando el inicio de la reunión de departamento.
En la sala, Javier, el jefe, les espera con esa sonrisa condescendiente que siempre es augurio de malas noticias.
—Equipo, necesito un favor —dice, frotándose las manos—. Uno de nuestros clientes ha adelantado plazos. Hay que cerrar el “Proyecto Nieve” antes de Navidad.
Paula está a punto de ofrecerse voluntaria cuando llega el remate.
—Martín y Paula, os encargaréis juntos.
Martín abre la boca.
—No hay opción, Martín. Paula y tú —sentencia Javier.
La cierra. Finge una sonrisa.
—Genial. Me encanta trabajar en pareja —dice Paula.
—Yuhu… —susurra Martín, resignado.
—Es solo una semana. Confío en vosotros —añade Javier, ignorando el comentario.
De vuelta en sus mesas, el silencio se instala entre ellos como un peso incómodo.
—Mira —dice Paula al fin—. No tengo ningún problema contigo.
—Eso es porque no me conoces.
—Créeme, tampoco tengo ganas. Pero esto es trabajo y tendremos que entendernos.
Martín la mira por primera vez. Paula sostiene la mirada, tranquila, sin perder la sonrisa. No es ingenua. No es superficial. Y eso, por alguna razón, lo pone nervioso.
—Una semana —gruñe él.
—Sobreviviremos —responde ella.
Martín se levanta a por café. Justo el lunes en que pensaba que, tras cinco días, podría disfrutar de sus ansiadas vacaciones de Navidad, entiende que esa semana va a hacerse mucho más larga de lo previsto.
- Miércoles
Para Martin, el miércoles llega con olor a café y a las estúpidas, aunque sabrosas, galletas que Paula hornea y trae a la oficina para que, según ella, el trabajo fluya mejor.
Lleva dos noches durmiendo mal y tiene la sensación persistente de que Paula habla demasiado… pero trabaja demasiado bien.
—Te falta un apartado —dice ella sin levantar la vista de la pantalla.
—No —contesta él—. Está implícito en el anexo.
Paula gira la silla despacio, teatral.
—Martín, si algo hay que explicarlo es porque no es tan implícito como tú crees.
Él aprieta la mandíbula. Revisa el documento. Tiene razón. Odia eso casi tanto como admitirlo.
—Cinco líneas —murmura mientras escribe.
—Seis —corrige ella—. Cinco se quedan cortas.
Trabajan en silencio un rato. Uno productivo. Menos incómodo. Demasiado fluido para dos personas que, en teoría, no se soportan.
A las ocho, la oficina empieza a vaciarse.
—¿Tú también te vas ya? —pregunta Paula.
—No. Quiero dejar esto cerrado.
—Claro —dice ella—. Odias la Navidad, ¿recuerdas?
Martín alza la vista.
—No odio la Navidad. Odio el ruido que la gente confunde con felicidad navideña.
Paula se queda pensativa un segundo.
—Ay… Martín, Martín… ¿qué le han hecho a ese pobre corazoncito tuyo? Eso suena a experiencia traumática. ¿Me lo cuentas? —añade, con una sonrisa sincera.
—Eso suena a que deberías irte a casa.
Paula acerca su silla a la de él. Martín resopla, aunque esta vez el gesto es más fingido que real.
—Cuando acabemos esta parte —aclara ella.
Siguen trabajando. Codo con codo.
Paula tararea bajito. Martín no protesta. Se sorprende a sí mismo por ello.
—Si se nos hace tarde podríamos pedir algo de cena. ¿Te gusta el sushi? —propone ella sin mirarlo—. Por avanzar hoy, ya que estamos.
Martín duda. No sabe si la idea le apetece demasiado o le horroriza.
—No ceno entre semana. Ayuno intermitente —miente, sin saber muy bien por qué.
—¿Qué? —responde ella, incrédula—. Ahora entiendo tu amargamiento…
Martín la mira. Le cuesta aguantarse una sonrisa al ver su expresión.
Siguen trabajando. El silencio se vuelve casi sepulcral al ser los únicos que quedan en la oficina. De pronto, el rugido de un estómago suena con una claridad humillante.
Paula alza una ceja.
—¿Voy pidiendo sushi?
Martín levanta la cabeza del teclado. Un segundo de silencio.
—Nigiri y oshi —dice al final.
Paula sonríe, satisfecha.
Martín vuelve a la pantalla, pero ya no lee lo mismo.
Empieza a sospechar que el problema de esa semana no es el proyecto.
- Jueves
El jueves empieza a alargarse más de lo previsto. El proyecto avanza lo suficiente como para acabarlo en un par de horas, pero Paula está saturada.
—Un descansito… —implora, por tercera vez.
Martín no cede y sigue tecleando. La oficina está casi a oscuras. Solo quedan ellos, el zumbido del ordenador y dos tazas de café frío que nadie piensa beber.
—¿Lo dejamos ya? Lo que queda, podemos acabarlo cada uno en su casa. Porfa… y te invito a un vino, a una cerveza, a un refresco —comenta ella, apoyando la cabeza entre las palmas de las manos—. A arsénico, que seguro es lo que tú bebes…
—¿Eso suena a cita? —se mofa él.
—Eso suena a desesperación —aclara Paula, fingiendo una sonrisa—. Las citas tienen que ser divertidas.
Martín niega con la cabeza, pero no discute. También está cansado. Y ella huele a algo dulce, y eso le distrae más de lo que debería.
—Vamos a tomar algo —cede Martín—. Para despejar. Algo rápido.
Paula aplaude.
El bar de la esquina está medio vacío, decorado con luces navideñas discretas. Nada estridente. Martín lo aprueba en silencio.
Hablan. Más bien Paula habla y Martín escucha. Ríen. Él se sorprende haciéndolo.
—No eres tan borde cuando bebes —dice ella.
—No he bebido lo suficiente para eso —responde él.
La segunda copa llega sin prisa. Lo mismo con las siguientes. La cercanía se vuelve incómodamente natural.
Cuando se dan cuenta, están muy cerca. Demasiado. Cuando se besan, ninguno lo frena.
Después, todo pasa deprisa y despacio a la vez: taxi, ascensor, risas nerviosas, manos torpes. Una puerta que se cierra.
A la mañana siguiente, la luz entra por las rendijas de la persiana. Paula abre los ojos primero. Reconoce el techo. No es el suyo.
Martín está despierto, sentado a los pies de la cama.
—Esto no debería haber pasado. Y espero que no influya en la oficina —dice él.
—Claro que no —contesta ella, en modo automático.
Silencio.
—No ha significado nada —añade Martín, con un pinchazo en el estómago.
Paula se sienta en la cama, aparentemente tranquila, pero aguantando las ganas de no llorar de rabia.
—Por supuesto. Nada.
Martín asiente. Pero cuando ella se va, con el abrigo mal puesto y el pelo revuelto, entiende que han cruzado una línea. Y que el problema ya no es el proyecto.
- Viernes
El viernes llega con frío, felicidad y sonrisas navideñas que Martín se empeña en ignorar. La oficina huele a café recalentado y nervios prevacacionales, pero al llegar a su mesa y ver a Paula, ya trabajando, solo percibe la tensión que flota entre ellos.
—¿Tú has terminado? —pregunta ella, apoyada en la mesa, con la cabeza ladeada y esa sonrisa de siempre, la que él todavía no sabe cómo bloquear. Lo que tampoco sabe es lo que le cuesta a Paula actuar como si no pasara nada.
—Sí —responde él, más bajo de lo habitual—. Falta un repaso, pero nada que no podamos cerrar en media hora.
Trabajan codo con codo, evitando hablar de nada que no sea estrictamente laboral. Cada palabra es medida, pero cada mirada dura demasiado, y ninguno la rompe. Ambos saben que un comentario fuera de lugar podría encender algo que no están listos para controlar.
—¿Crees que ya está bien? —pregunta Paula, dubitativa, antes de mandar a imprimir la versión definitiva—. Se lo he enseñado a Miguel y dice que no lo ve claro, que no es atractivo.
Martín levanta la vista de golpe.
—Miguel es un gilipollas, Paula. El proyecto está perfecto. Lo que le molesta es no haberlo hecho contigo.
Paula lo mira. Martín se da cuenta, demasiado tarde, de que acaba de delatar sus celos y se sonroja.
—El proyecto —aclara—. No haber hecho el proyecto contigo.
—Lo había entendido —dice ella, con una sonrisa mínima.
Durante una décima de segundo, el ambiente se destensa.
—Lo digo en serio —añade Martín—. Has hecho un trabajo excelente. Sin ti no habría quedado así.
Paula percibe la firmeza en su tono. No es solo profesional. Es personal.
—Gracias —susurra, bajando la mirada, con una mezcla de alivio y algo que no sabe nombrar.
El resto de la mañana pasa entre nervios acumulados, revisiones finales y miradas fugaces que dicen más que cualquier palabra. Cada vez que Paula se levanta, Martín se mueve un poco hacia ella sin darse cuenta. Cada vez que él ajusta un detalle, Paula lo observa con una mezcla nueva de respeto y curiosidad.
La reunión con el cliente es un éxito. Javier sonríe, satisfecho.
—Bien hecho, chicos. Sabía que ibais a formar un gran equipo. Podéis marcharos. Disfrutad de las vacaciones.
Paula suspira, soltando la tensión acumulada. Martín le dedica una mirada breve, casi imperceptible. Ella sonríe de vuelta.
Recogen despacio, como si ambos esperaran que el otro dijera algo.
—Pauli, ¿te vienes a comer con nosotros? —pregunta su compañera Mili al llegar a ellos.
Martín sabe que no va a haber invitación para él, es lo que tiene no ser míster simpatía. Coge su mochila y pasa junto a ellas.
—Felices fiestas —dice, sin mirarla.
Paula se queda quieta un segundo de más sabiendo que la semana ha terminado.
Y que todavía queda algo pendiente.
- Epílogo
El fin de semana pasa despacio. Demasiado.
Paula intenta distraerse: compras de última hora, quedadas con amigos, risas forzadas. Nada funciona. Cada vez que se queda sola, Martín aparece sin pedir permiso. Su voz baja. Su forma de mirarla cuando defendió su trabajo. La torpeza con la que fingió que no pasaba nada. La suavidad del roce de sus manos la noche del jueves.
El domingo por la tarde deja de engañarse. Ese tío serio y cerrado que se sienta a su lado no le gusta desde hace unos días. Le gusta desde hace tiempo. Desde mucho antes de que se permitiera pensarlo.
Martín tampoco tiene suerte ignorando lo evidente. Ordena la casa, vuelve a desordenarla. Sale a correr, vuelve antes de tiempo. Desde que Paula llegó a la oficina, hace ya un año, algo en él se descolocó. Intentó convencerse de que era costumbre. De que no era nada.
Mentía.
Los dos lo hicieron. Los dos se acostumbraron a camuflar su atracción en rutina. «Somos compañeros, seguro que no le gusto. Esto no llegaría a nada. Seguro que es una fase».
Cualquier excusa había sido buena para negar lo evidente.
Cuando llaman al timbre, Martín no espera a nadie.
Abre la puerta y ahí está ella, con abrigo largo, bufanda mal colocada y esa sonrisa que nunca ha sabido manejar.
—Hola —dice Paula—. Siento presentarme sin avisar. Si quieres que me…
—¡No! —la corta él—. Pasa.
—Gracias —responde ella, aliviada—. Es que… no quería empezar las vacaciones con algo pendiente.
Martín la observa unos segundos. Luego se aparta para dejarla entrar. Se sientan en el sofá, a una distancia prudente.
Tras unos minutos incómodos —si quieres café, te traigo algo dulce, silencios incómodos— empieza la charla. No hablan de la oficina. Ni del proyecto. Hablan de ellos. De lo que pasó. De lo que no dijeron. Y, sobre todo, de lo que ya no quieren volver a callar.
Cuando se besan, no hay prisa. No hay torpeza. Solo alivio.
—Por cierto —dice Paula, apoyando la frente en la suya—. No eres tan Grinch. Sabía que era mentira ese odio a la Navidad.
Martín sonríe, rendido, y mira el minúsculo árbol con luces parpadeantes sobre el buffet del salón.
—Solo lo monto para que, cuando mi sobrina venga a por sus regalos, no piense que soy tan Grinch como en realidad soy —dice, guiñándole un ojo.
Ella ríe. Él también.
Y por primera vez en mucho tiempo, Martín piensa que quizá la Navidad ya no sea tan terrible.
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