Micro relatos

LA HABITACIÓN 304

la habitación 304
Parte 1

Aún estaba empapada en sudor. El polvo de hoy había sido mejor que todos los de meses anteriores, si eso era posible.

Se levantó de la cama y recogió su ropa del suelo.

Como siempre que se veían, la urgencia hacía que las prendas quedaran esparcidas por todas partes.

Se vistió con calma, disfrutando de la comodidad que brinda la confianza de la repetición. Desde la cama, escuchaba el agua de la ducha en el baño y observaba cómo él se duchaba. La habitación no era muy grande.

Esa habitación, la 304, que llevaba meses siendo cómplice de sus encuentros clandestinos.

Terminó de vestirse y tomó su teléfono; al tocarlo, la pantalla se iluminó y la foto de fondo la devolvió a su realidad. A esa vida que nada tenía que ver con la pasión y el deseo que vivía una vez al mes en la habitación 304.

Parte 2

El vapor empezó a empañar el cristal del baño, donde él seguía duchándose. Ella lo observaba con una mezcla de deseo y distancia. Había aprendido a no involucrarse más de lo necesario. O al menos eso se decía cada vez que se iba.

Él abrió la mampara y asomó la cabeza.

—¿Te vas ya? —preguntó.

Ella sonrió sin girarse.

—Follar e irse. Ese es el trato.

Se colgó el bolso al hombro, metió el teléfono en el bolsillo del abrigo y se acercó un instante a la cama, donde él había dejado su reloj. Lo miró un momento antes de volver a mirarlo.

—¿Vas a quedarte? Nunca sueles tomártelo con tanta calma.

—Podríamos quedarnos un poco más. Solo esta vez.

Ella dudó unos segundos. Una pausa. Una trampa. Siempre había una.

—Si nos quedamos, todo cambiaría. Y ninguno de los dos busca nada más que lo que ya hemos hecho.

—Y lo hacemos muy bien —añadió él, caminando hacia ella con la toalla envuelta en la cintura—. ¿Repetimos?

No respondió. Solo se acercó, le dio un beso rápido, casi tierno, y salió cerrando la puerta con ese clic seco que siempre parecía sonar más fuerte de lo necesario.

En el ascensor, su corazón latía demasiado rápido. Como siempre.

Y, aun así, ya contaba los días para volver a la habitación 304.

Parte 3

Él se quedó solo en la habitación, con el eco de sus pasos alejándose por el pasillo.

Volvió a la cama, se tumbó de espaldas y miró al techo, aún con la toalla húmeda pegada a la piel.

Era bueno fingiendo. Ambos lo eran.

Fingían que no les importaba, que solo era sexo, que el mundo se detenía cada vez que se cerraba esa puerta y que nada existía más allá.

Y, sin embargo, cada vez era más difícil no preguntar. No querer saber.

Sacó el móvil y volvió a mirar aquella foto en la galería. No la suya, la de ella.

Una que había tomado a escondidas en una de esas primeras veces. Ella estaba de espaldas, desnuda, de pie frente a la ventana. No sabía que la había capturado así. Y probablemente no le gustaría saberlo.

Pero la miraba. Una y otra vez.

Suspiró. No era el momento. Nunca lo era.

Miró el reloj. Tenía que vestirse ya o llegaría tarde a su vida. La que le esperaba fuera de esas cuatro paredes.

No dejaba de preguntarse si a ella le pasaría igual. Si también empezaba a querer saber más. A no serle suficiente ese encuentro una vez al mes en la habitación 304.

Parte 4

El reloj marcaba las 18:07 cuando ella abrió la puerta. Siempre llegaba unos minutos tarde, a propósito, como si ese pequeño margen la protegiera de tomarse demasiado en serio aquel ritual.

La habitación estaba igual que siempre: cálida, con la luz tenue encendida, la cama impecable y el leve zumbido de la bomba de calor marcando el compás.

Dejó el bolso sobre la butaca, se quitó el abrigo y se giró para cerrar la puerta.

Fue entonces cuando lo vio: un sobre blanco, sin nombre, colocado con cuidado sobre la almohada.

Frunció el ceño. Ese no era su estilo. Él no era de notas, ni de gestos ni de nada que se pareciera a una emoción.

Lo abrió despacio.

«¿Alguna vez te has planteado cómo sería vernos fuera de esta habitación?»

Leyó la pregunta una sola vez. Sintió que le ardía algo en el estómago. Tal vez rabia. Tal vez miedo. Tal vez una mezcla de ambas.

Rompió el papel en cuatro trozos y los tiró a la papelera del baño.

Luego se desnudó con calma, como siempre. Se sentó en el borde de la cama, cruzó las piernas y esperó.

Cuando él llegó, ella estaba ahí, tomando una pequeña botella de vodka del minibar.

Más hermosa que nunca. Más distante también.

No dijo nada.

—¿Lo leíste? —preguntó él, dejando la llave sobre la mesa.

—No he venido a hablar —respondió ella, cortante.

Se besaron como siempre. O al menos lo fingieron muy bien. Como si no se hubieran dicho nada. Como si el papel roto no ardiera todavía en sus cabezas.

Parte 5

Su reloj marcaba las 18:43.

Ella estaba sentada en la cama, completamente vestida, con la espalda recta y las manos sobre los muslos. No se había quitado los zapatos.

Llevaba más de media hora allí. Esperando.

Miró la puerta, como si eso pudiera hacer que se abriera. No lo hacía.

Había llegado a las 18:06, como siempre. Había entrado con esa mezcla de nerviosismo y rutina que ya conocía de memoria.

Pero algo en el ambiente era distinto.

Solo el zumbido constante del aire caliente la anclaba a lo de siempre.

Cogió el móvil. Nada.

Ni un mensaje. Ni una excusa.

Pero claro, no podía haberlos. No tenían forma de comunicarse. Nunca se habían intercambiado números ni se seguían en redes. Así era como se mantenía la magia. La burbuja.

O al menos, eso creían.

Miró hacia la papelera del baño, como si aún pudiera ver los trozos del papel que había roto el mes anterior.

La nota.

Claro.

Sintió un nudo en el estómago.

Tal vez se había pasado de fría. Tal vez él se había cansado.

Ahora pensaba si quizá ella era la que necesitaba algo más.

Se levantó despacio.

Salió sin prisa.

Y por primera vez, al cerrar la puerta, no pensó en la próxima vez.

Parte 6

Pasaron meses.

Él seguía presentándose puntual, cada mes, en la habitación 304.

Siempre solo.

Con la misma llave, la misma mirada cansada y el mismo silencio, esperando que ella apareciera.

Recordaba aquel día con rabia.

No pudo escribirle ningún mensaje ni hacer ninguna llamada.

No había manera de decirle que aquella tarde no podría llegar.

Porque así lo habían querido. Contacto cero.

Pero ella no volvió.

Cada mes, él se quedaba allí, a solas con el eco de sus pasos y la memoria de su piel. Mirando la foto furtiva en la galería de su móvil.

Con la esperanza de que aquella puerta se abriera de nuevo para ellos.

Cada mes, la habitación 304, testigo fiel de lo que fue y de lo que pudo haber sido.

Y él permanecía allí, inmutable.

Por si acaso.

©2025. Cristina Gram – Todos los derechos reservados.

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