Micro relatos

EL DESASTRE PERFECTO

el desastre perfecto 1
  1. La cita ideal (según Chat GPT)

Elsa tenía una lista.

Literalmente, una lista escrita en una libreta, con títulos y subtítulos, copiada letra por letra desde la pantalla de su ordenador. La inteligencia artificial le había dado las claves para no fallar esta noche:

“Cita perfecta: guía práctica para no morir sola un viernes por la noche.”

Lo había repasado todo:

—Qué colores usar en su ropa.

—Qué decir en los primeros cinco minutos.

—Qué NO pedir para no parecer complicada.

(La ensalada, descartada. Demasiado riesgo de quedarse con lechuga entre los dientes).

Su mejor amiga, Diana, le había dicho que una cita a ciegas era “una aventura romántica”. Elsa prefería llamarlo “una ruleta rusa”.

Pero ahí estaba, comiéndose las uñas, pensando en todo lo que Diana le había contado de él.

El chico parecía decente. En aquella foto, hecha en una reunión de coleccionistas de muñequitos que su amiga le enseñó, parecía un tío guapo, con una sonrisa bonita.

Tenía un trabajo estable, coche, piso y eso que llaman “responsabilidad afectiva”. Parecía un buen partido.

Ya faltaba poco para la cita. Elsa repasó de nuevo:

Restaurante moderno con velas: reservado.

Outfit: ensayado con tres amigas por videollamada.

Incluso practicó su risa “espontánea sin parecer histérica”.

El nivel de preparación era casi militar.

Y aun así, cuando se dio el último vistazo en el espejo del baño antes de salir, el reflejo le susurró lo que ella no se atrevía a decir en voz alta:

“¿Y si no le gusto?… ¡Qué coño!… ¿Y si no me gusta?”

Sacudió la cabeza, se echó perfume y se repitió el mantra:

“Confía en Diana. Seguro que ha hecho buena elección.”

Mientras bajaba las escaleras, le temblaban las manos.

No sabía si eran nervios o emoción.

Pero algo en el aire —una mezcla entre vértigo y curiosidad— le hizo sonreír.

¿Qué podría salir mal?

  1. Primeras impresiones

Cuando Elsa salió de casa, el cielo parecía burlarse de ella.

No era la típica llovizna romántica de película. No. Era como el diluvio universal.

Vamos, que con esta intensidad de lluvia todos los animalitos ya tendrían que estar en el arca de Noé desde hacía rato. No andando con tacones de aguja por el centro.

Intentó correr, pero el tacón izquierdo se quedó atrapado entre dos losetas.

Ya solo faltaban unos metros para llegar.

Se agarró al bolso… y resbaló, cayendo de bruces al suelo.

Llegó a la puerta del restaurante empapada, con el pelo pegado a la cara y la bufanda hecha un nudo imposible.

El maître la miró como si hubiera llegado de otro planeta.

—¡Hola! —dijo, con una sonrisa torcida, intentando parecer segura—. Reserva a nombre de Elsa Ruiz.

El hombre la guio hasta su mesa, donde ya esperaba su cita, que se levantó al verla.

Él parecía tan nervioso como ella. Elsa interrumpió su paso al ver el ramo de flores que él le entregaba.

“Perfecto”, pensó. “Todo fuera de control. A la mierda lo planeado por Chat GPT.”

Y estornudó.

No fue un estornudo discreto. Fue uno de esos que lo sacuden todo… y dignidad incluida.

—Alergia… —murmuró, señalando las flores mientras intentaba recomponerse.

Rieron. Sí, rieron.

Y Óscar escondió lentamente el ramo tras su espalda.

No era la entrada triunfal que habían imaginado, pero en aquella distancia hasta la mesa, cruzando miradas, hubo química.

Se sentaron, intentando secar un poco los charcos que habían traído consigo.

El hilo musical seguía sonando, pero la lluvia golpeaba la ventana marcando su propio ritmo.

—De todos los escenarios posibles que me había imaginado, te prometo, Elsa, que en ninguno la cita empezaba así —dijo él, mientras el camarero servía el vino.

Y justo cuando pensaban que la noche empezaba a estabilizarse, un comensal resbaló con el charco de la chaqueta de ella y… cayó sobre su camarero, que vertió el vino sobre la mesa.

—Bueno… —dijo Elsa—, esto va a ser… sin duda, memorable.

Él asintió, sonriendo mientras le ofrecía una servilleta.

—Veámoslo de otra manera. La cita del siglo no va a ser, así que mejor que nos relajamos. Si esto va a ir a peor, que nos pille sin tanta presión, ¿no?

Y con un brindis comenzaron la que prometía ser una cita inolvidable.

  1. El menú del desastre

Elsa llevaba más de cinco minutos intentando secarse en el baño.

Óscar, en la mesa, miró el menú y suspiró: parecía sencillo, pero algo le decía que esta noche nada sería sencillo.

Se acomodaron en la mesa. La camarera llegó con una sonrisa profesional y, antes de que pudieran elegir, derramó un poquito de agua sobre Elsa.

—Tranquila, no pasa nada —dijo Elsa, mientras se secaba con una servilleta, riendo—. No me va de un poco más…

Cada uno pidió un plato. Para romper el hielo, Elsa comenzó la conversación:

—Así que… ¿coleccionas muñequitos? —al acabar la pregunta se mordió el labio. Un acto reflejo, pero se sorprendió por la naturalidad con la que le había salido.

—Bueno… muñequitos… Son piezas de colección, ediciones especiales de personajes de cómics. No son para jugar.

Óscar echó el cuerpo hacia adelante, ensanchando el pecho. Todo en ellos era como un cortejo de apareamiento. Félix Rodríguez de la Fuente hubiera disfrutado ante la escena.

—Ya… O sea que te gastas una pasta en unos muñecos que ni sacas de la caja —susurró, al tiempo que se hacía un tirabuzón en su húmedo cabello.

—Visto así, sí. Pero es algo parecido a lo que tú haces con los zapatos, ¿no? —añadió él, guiñándole un ojo.

Elsa abrió la boca para contestar, pero no encontró argumentos. Diana se lo había contado, y pensó en todas esas cajas de grandes marcas que tenía almacenadas en su armario con preciosos zapatos sin estrenar.

Sirvieron la cena. Óscar, al probar su primer bocado, puso cara rara. Pero siguió con un segundo, incluso un par más.

Elsa miraba cómo sus ojos cambiaban.

—¿Estás bien? Parece que te estás hinchando… —apuntó.

Aprovechando que la camarera pasaba junto a su mesa, Óscar carraspeó antes de preguntar:

—Perdona… ¿Me puedes decir qué lleva esta ensalada?

—Rúcula, queso de cabra, nueces… em… y trocitos de melocotón a la plancha.

—¡Melocotón! ¿Y eso estaba en la carta de alérgenos? —preguntó en un hilo de voz, con los ojos completamente hinchados.

La camarera salió disparada a la cocina.

—Me vas a tener que disculpar, Elsa. Pero… voy a llamar a un taxi para ir a urgencias.

Cada vez le costaba más respirar.

—Me voy contigo —afirmó ella al tiempo que marcaba en su teléfono.

  1. Urgencias y confusiones

El taxi los dejó frente a la entrada de urgencias.

Óscar respiraba con dificultad, pero Elsa se mantuvo a su lado, agarrándole la mano con firmeza.

—Tranquilo… —susurró, con la voz más calmada que pudo—. Estoy aquí. Todo va a salir bien.

Mientras esperaban, el bullicio del hospital seguía a su alrededor: pitidos, pasos apresurados, llantos y conversaciones lejanas.

Pero entre ellos había una burbuja de calma.

Óscar intentó sonreír con su cara deforme y sus dedos rozaron los de Elsa.

La chispa entre ellos se hizo notar, incluso en medio del caos. Esa tensión contenida que llevaban manteniendo desde su encuentro.

—Gracias por acompañarme —confesó Óscar, emocionado.

—De nada. No me gusta dejar una cita a medias —añadió Elsa, en tono distendido, intentando romper la tensión.

—Ya me dijo Diana que no nos íbamos a arrepentir de haber tenido esta cita.

Alguien entró al box contiguo. Elsa levantó la vista… y se congeló.

Ahí estaba su ex, con su nueva pareja, sentándose en la cama, dejando ver una abultada barriga de embarazada.

Óscar, a pesar de sentirse mal, entendió todo solo viendo las reacciones de ambos al verse.

Se incorporó en la cama y puso su brazo alrededor de ella con naturalidad.

—No te preocupes —dijo, guiñándole un ojo—. Soy tu novio de emergencia.

Elsa no pudo evitar reír entre suspiros nerviosos.

La situación era absurda, y aun así la hizo sentir protegida.

—Perfecto… de emergencia, ¿eh? —murmuró, y Óscar le devolvió una sonrisa cansada pero cálida.

Su ex los vio y frunció el ceño, confundido, mientras la nueva novia era la única que no entendía nada.

Elsa se inclinó un poco más hacia Óscar, a quien, afortunadamente, la alergia ya remitía, y parecía cada vez más cercano e… irresistible.

—Diana tenía razón, no nos vamos a arrepentir nunca de esta cita. Y gracias… 

Lo dijo sonrojada. La química entre ellos no necesitaba palabras: un roce de mano, una sonrisa compartida, un gesto cómplice.

Mientras esperaban al médico, Elsa pensó que esta cita desastrosa estaba empezando a sermucho más interesante de lo que esperaba. 

Chat GPT no tenía ni idea.

  1. Final inesperado

Cuando salieron del hospital, la lluvia había cesado. El ambiente olía a una mezcla de ciudad mojada y palabras no dichas.

Óscar ya respiraba con normalidad, y Elsa lo miró con una mezcla de alivio y complicidad.

—Bueno… —dijo él, estirando los brazos—. Sobrevivimos a la cita.

Elsa rio.

—No puedo creer que tú te hayas salvado de una alergia y yo de un encuentro desagradable. ¡Y todo eso con el estómago vacío aún!

—¡Hey! —replicó él, guiñándole un ojo—. Tienes razón. Entonces, sin cena no se considera cita. ¿Pizza o kebab?

—Solo te pido una cosa: nada de restaurantes elegantes, nada de menús pitiminí. Solo nosotros, comida grasienta y una jarra de cerveza.

—¡Uff! ¡Qué sepas que me acabo de enamorar! —dijo él, con tono cómico, aunque con mucha verdad en sus palabras.

Se dirigieron a un puesto de pizza, y luego a uno de kebabs, improvisando mientras caminaban por la acera todavía húmeda.

La ciudad parecía detenerse a su alrededor. Y ninguno quería que la noche acabara todavía.

Compartieron un trozo de pizza, luego el kebab, riendo con cada mordisco torpe.

Las manos se rozaban constantemente y cada contacto se sentía eléctrico.

Una fuerza invisible los empujaba a mirarse, a tocarse, y ellos solo podían ceder a esa atracción.

—¿Sabes? —dijo Elsa, mordiéndose el labio al mirar su sonrisa—. Creo que esto es lo más cerca de una “cita perfecta” que he estado nunca.

Óscar se rio, mostrando su dentadura. Se acercó más, sin pensarlo demasiado, y ella no retrocedió.

Le apartó un mechón de pelo de la cara, despacio, colocándolo tras su oreja. Elsa sintió un escalofrío por la espalda.

Después se acercó aún más. Sus labios se encontraron en un beso breve al principio, torpe y divertido, como todo lo demás aquella noche.

Luego se apoyaron un poco más, riendo entre besos, mientras la ciudad seguía su ritmo, ajena a ellos.

—Prométeme que la próxima cita será… menos accidentada —dijo él entre risas.

—Sí… —murmuró Elsa, abrazándolo un poco más fuerte—. Menos accidentada, pero igual de memorable.

Y mientras caminaban bajo el cielo despejado, cerveza en mano y dedos entrelazados, Elsa pensó que tal vez las mejores citas no eran las planificadas, sino las que ni siquiera Chat GPT habría podido predecir.

©2025. Cristina Gram – Todos los derechos reservados.

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