
- La llegada
La premisa era clara: llegar el miércoles para analizar las cuentas, tomar la decisión el jueves y volver el viernes. Un hotel rural ruinoso, otro cliente agradecido y otra comisión jugosa. Inspección, informe, cierre, y en casa a tiempo para la cena de cada semana con las chicas.
Todo parecía sencillo, salvo llegar al maldito pueblo. Marina clavó el freno justo antes de que el coche patinara cuesta abajo. La nieve caía como si alguien hubiera sacudido una almohada gigante encima del Pirineo, y ella solo podía pensar en el sol que brillaba sobre la enorme terraza de su piso en Madrid antes de salir de casa.
El GPS anunció que había llegado a su destino. Frente a ella, un pequeño pueblo de no más de cincuenta habitantes. Desde el coche, ya sin luz solar y entre copos de nieve que caían de forma copiosa, solo conseguía ver una fachada de piedra coronada por luces navideñas demasiado humildes para su gusto.
En la placa podía leerse “Casa Mur”. Sonaba a restaurante de camioneros, no a hotel.
Salió del coche tal cual y, nada más poner sus finos stilettos en la mullida nieve, se arrepintió de haber dejado las botas de montaña en el maletero. No había tiempo para ello. Caminó como pudo hasta la puerta. Tocó el timbre. El portón de madera se abrió y apareció un tipo con un grueso jersey azul, manos grandes, sonrisa fácil y barba perfecta.
—¿Marina González? —preguntó, ofreciéndole la mano.
—La misma —respondió ella, sin quitarse el guante—. Soy la abogada enviada por la entidad financiera.
—Bueno… bienvenida a Tella —dijo él, como si aquello fuera un premio. Por la cara de Marina, para ella no lo era.
—Vaya, creo que el Starbucks del centro comercial hoy no ha abierto —dijo Jaime con una sonrisa, intentando hacer un chiste.
Al ver cómo Marina lo observó por encima de las gafas que acababa de colocarse, sin entender la gracia, cambió su gesto:
—Pero veré qué consigo.
Salió del despacho dejándola entre números y facturas, haciendo aquello para lo que estaba destinada, pero que cada vez parecía aborrecer un poco más.
Jaime se peleó con la cafetera y con lo que había por la despensa para poder ofrecerle algo nada parecido a un buen café.
La nieve siguió cayendo detrás del ventanal, insistente, y los villancicos continuaron sonando en el salón.
- Cena con extra de canela
Tras varias horas de trabajo, Marina confirmó sus augurios. Las cuentas eran peores de lo que imaginaba: pérdidas acumuladas, obras pendientes y una deuda con el banco que ni el mismísimo Elon Musk podría saldar. El hotel estaba para cerrar hacía meses. Esto iba a ser fácil. Un correo, un informe, un “lo siento mucho” y a otra cosa. Quizá, con suerte, mañana podría estar en casa.
Llamaron a la puerta.
—Cenamos en diez minutos —informó Jaime desde el umbral.
—No tengo hambre —masculló ella.
Él ladeó la cabeza.
—La comida de Carmen es la razón por la que este hotel sigue abierto. Te recomiendo probarla.
Marina cedió. Porque llevaba horas sin hablar con nadie y porque, si era sincera, un olor apetitoso se había colado al abrirse la puerta.
El comedor era pequeño, pero cálido; luces amarillas, madera, olor a guiso y ese aroma dulzón que parecía seguirla desde que llegó. Jaime se sentó frente a ella. A su lado, unos huéspedes, una pareja mayor que debían llevar juntos desde la Edad Media: él, barba blanca; ella, mejillas sonrosadas. No era difícil imaginarlos repartiendo regalos en un trineo mágico. Marina, como burla, los bautizó en su mente como Señor y Señora Claus.
—Tú eres Marina, ¿verdad? —preguntó la señora Claus—. Sabíamos que llegarías hoy.
Ella arqueó una ceja.
—¿Cómo lo sabían?
—Porque siempre llega alguien cuando tiene que llegar —le dijo en voz baja él con una sonrisa sospechosamente navideña.
Carmen apareció con una olla enorme, seguida de un chaval espigado con gafas.
—Mi hijo Quique —presentó ella.
Hubo una charla agradable durante la cena.
—Has venido a cerrar el hotel, ¿verdad? —preguntó el joven al llegar los postres—. Entiendo tu punto de vista, puramente económico. Pero esto que tenemos aquí no tiene por qué morirse, ¿sabes? —siguió, moviendo las manos. Quique era un chaval con mucha determinación y hablaba con orgullo de sus sueños.—. El problema es que el hotel gasta más de lo que puede producir, pero es porque funciona como hace veinte años. Si se actualizara, podría autosostenerse. Estoy harto de decírselo a Jaime.
Marina lo miró intentando sonreír, más por educación que por interés.
—Mira —continuó él—, con placas solares cubriríamos buena parte de la energía en verano. En invierno podríamos usar biomasa, que aquí sobra. Los residuos orgánicos se podrían compostar, así reducimos basura y tenemos abono para un huerto. Y, si además, se instalasen cargadores eléctricos, atraeríamos turismo nuevo… turismo que realmente quiere estar en sitios como este, no en resorts.
Marina asintió, para mantener su postura, sin interés.
—Yo quiero estudiar Gestión Ambiental, si consiguiera una beca para mantenerme en la uni —añadió él, encogiéndose de hombros—. Mi idea sería volver después y ayudar a otros en sus proyectos. Sostenibilidad, naturaleza, educación ambiental, rutas… que la gente venga a ver lo que hay, pero sin destrozarlo.
Se produjo un silencio extraño, casi serio.
Entonces la señora Claus intervino con tono dulce:
—Eso suena precioso, hijo. Y muy necesario.
Quique bajó la mirada, tímido de repente. Marina, ahora sobrecogida por esa actitud, no respondió. Pero algo, pequeño, se había movido dentro. No sabía por qué. Quizá por oír, por primera vez en meses, a alguien hablar de futuro con tanto entusiasmo.
La sobremesa fue más larga de lo que ella hubiera pensado; estaba raramente cómoda en aquel salón.
Era ya tarde cuando Jaime la acompañó a su habitación.
Al abrir la puerta, le rozó la espalda para dejarla pasar. Apenas nada. Un gesto mínimo, pero suficiente para encender algo.
Y, otra vez, aquellos pensamientos subidos de tono recorriendo su mente. Por un momento, se imaginó bajo el cuerpo de Jaime, dejándose embestir sobre aquella enorme cama con dosel que él le mostraba, mientras le explicaba el funcionamiento del termostato de la calefacción.
¡Basta!, se dijo, sonrojada.
—Gracias, Jaime. Ya me apaño —dijo, casi empujándolo fuera del dormitorio. ¿Quién quería calefacción con semejante calentón?
Y, mientras seguía nevando, la noche comenzó en “Casa Mur”.
- Termostato infernal
Marina no había entendido absolutamente nada del termostato. Sí, Jaime había hablado… pero ella solo recordaba la película para adultos en su mente. Nada más. Ahora, con los pies como cubitos de hielo, maldecía su cerebro y el sistema de calefacción arcaico de aquel hotel.
Tras abrir cada cajón del armario en busca de mantas, y comprobar que su precioso camisón de raso era la peor idea posible para un lugar donde hasta el aire parecía tener escarcha, se rindió.
Salió al pasillo, con los brazos cruzados y piel de gallina. Empujó puertas al azar sin éxito y terminó bajando las escaleras a oscuras. La cocina estaba medio iluminada por una lucecita tenue, casi invitándola a entrar.
El olor apareció primero. Otra vez esa maldita canela.
Sobre la encimera había una bandeja de galletas. Ella estiró la mano, dudó un segundo (por educación), y acabó cogiendo una.
—¡Vamos! Llevo días diciéndole que no puede bajar aquí a comer dulces, señor… —sonó una voz a su espalda.
Ella se giró de golpe. Jaime estaba en la puerta, con un pantalón de cuadros y una camiseta azul sencilla que, inexplicablemente, le quedaba mejor que cualquier traje caro de los hombres de su oficina.
Marina tragó saliva y no advirtió cómo Jaime lo hizo también.
—No, no soy el señor Claus. Yo… buscaba mantas —confirmó, intentando cruzarse los brazos de una forma que no pareciera defensiva pero tampoco provocativa. Fue imposible. Llevaba demasiado poca ropa encima.
Jaime cogió una galleta, dio un mordisco lento y sonrió de lado.
—Carmen las hace con mantequilla y ralladura de naranja. Son adictivas.
Ella asintió sin saber qué decir, clavada entre la encimera y él.
El silencio no duró ni un segundo más. Jaime dejó la galleta, se acercó un paso, luego otro. Ella alzó la vista; él apenas bajó la suya. Cuando los labios se buscaron, fue como si la cocina entera hubiera estado esperando ese movimiento desde hacía años.
El beso fue intenso, urgente, cálido como no lo estaba la habitación de Marina. Sus manos se encontraron, el camisón se deslizó un poco y la distancia desapareció. Terminaron apoyados sobre la encimera, entre migas de galleta y olor a canela, con la respiración entrecortada y las manos sin encontrar dónde parar. Nada sucio, pero tampoco inocente.
Cuando terminó, Marina se separó de golpe, como recordando algo importantísimo.
—Yo… Mierda… Esto no… no debería haber pasado —susurró. Ni siquiera ella estaba convencida.
Huyó del lugar casi corriendo. Entró en la habitación, se sentó en la cama, todavía con el corazón acelerado y el olor de Jaime en su piel.
Y entonces hizo lo que lleva años haciendo siempre que algo la descolocaba: trabajo.
Escribió una nota breve, seca, profesional, como si los últimos minutos no hubieran existido.
«La situación es insostenible. El hotel debe cerrar. Mañana recibirás instrucciones del banco. Gracias por todo, Jaime».
Dobló el papel y horas después, aun temblando, lo deslizó bajo la puerta de Jaime.
Se despertó con los primeros tonos grisáceos del amanecer y la determinación nueva de irse sin despedidas. Recogió su maleta en silencio, bajó las escaleras intentando que ni un solo escalón crujiera.
En el salón, frente a la ventana, estaba Jaime.
Quieto. Sereno.
Con la nota en la mano.
—Las carreteras están cerradas —dijo sin siquiera girarse—. Va a seguir nevando todo el día. Hasta nuevo aviso, estás aquí atrapada.
Genial, pensó Marina sintiendo cómo la vergüenza le subía desde la nuca hasta la frente.
Quería morirse. Literalmente.
Y lo peor: sin saber hasta cuándo podría escapar de allí.
- Milagro en Casa Mur
La tormenta había aflojado levemente. Marina, envuelta en un enorme abrigo que Carmen le había prestado, caminaba junto a Jaime hacia el centro del pueblo. Hoy tocaba adornar el árbol de la plaza entre todos los habitantes.
—No es la Puerta del Sol —dijo él, sonriendo—, pero este árbol… tiene algo especial.
Marina miró alrededor: vecinos colgando guirnaldas, luces parpadeantes, un par de niños riendo mientras decoraban las bolas más grandes, y los Claus, por supuesto, asegurándose de que todo quedara equilibrado y brillante.
—Se ve muy familiar —comentó Marina, suavizando el ceño.
—Como un salón de casa —asintió Jaime—. Pero con nieve de verdad.
Mientras colocaban juntos una estrella en lo alto del árbol, Marina no pudo evitar mirarle de otra forma. La espalda ancha bajo el abrigo, el gesto tranquilo, la sonrisa cómplice… y todo parecía encajar perfectamente.
Los días siguientes se fueron en paseos por el pueblo cuando bajaba la intensidad de las nevadas, charlas con Quique sobre cómo modernizar el hotel y ayudar a Jaime, risas con Carmen mientras la ayudaba a picar verduras y le enseñaba guisos, y pequeños descubrimientos sobre la vida sencilla y lenta que se podía tener lejos del ruido de Madrid. Y las noches se pasaban entre las sábanas de la cama de Jaime, entre caricias, besos, abrazos e intimidad. Una intimidad que poco a poco dejó atrás la piel más básica para dar paso a un calor más cómodo. Algo que fue haciendo mella en el frío corazón de Marina.
Ella estaba cómoda, más de lo que había estado en años. Incluso comenzó a disfrutar de su tiempo allí, sin sentir la urgencia de volver.
Aun así, la responsabilidad profesional no la abandonaba. Sus jefes esperaban la respuesta sobre el cierre del hotel. Marina se mordía el labio cada vez que pensaba en ellos, alargando aquella respuesta.
Días después, la nieve cesó. Las carreteras volvían a estar operativas y Marina ya no tenía excusa para seguir más en Tella. Su inesperado y agradable secuestro había finalizado mientras ella estaba inmersa en un síndrome de Estocolmo que no la dejaba marcharse aún de allí.
Entonces, ocurrió algo inesperado. El señor Claus entró en el salón con uno de los vecinos más pudientes del pueblo. Este había escuchado los planes de Quique y el anciano le había hablado de Marina. Así que se ofreció a invertir para modernizar el hotel siguiendo las ideas del chaval. El milagro navideño había llegado: financiación, ilusión y un futuro posible.
Marina respiró hondo, abrió el portátil y pidió a Jaime y Quique que se sentaran junto a ella. Escribía y leía en voz alta al mismo tiempo la respuesta a sus superiores:
«El hotel puede mantenerse abierto.
Han conseguido un inversor para desarrollar un nuevo proyecto.
Adjunto informes de viabilidad».
Antes de darle a enviar, les explicó a ambos, muy por encima, que tenía preparado un informe con muchos de los datos que aportó Quique, y que ahora, gracias a esa financiación, era real que el hotel no tuviera que cerrar.
Carmen apareció con una botella de cava; aquello merecía una celebración por todo lo alto.
—Voy a buscar a Don Nicolás y a Doña Blanca. Deben haber subido a su habitación.
Al volver, miró a su alrededor, extrañada.
—Han desaparecido. Es rarísimo. Su dormitorio está vacío y limpio. Es como si nunca hubieran estado aquí.
—¿Los Claus? —preguntó Marina, mirando por la ventana.
Todos la miraron frunciendo el ceño y ella se arrepintió de haberles nombrado así en voz alta, avergonzada.
—Quizá sí, visto lo visto… Los Claus… —añadió Quique con una sonrisa.
Jaime se colocó a su lado, apoyando la cabeza sobre su hombro mientras buscaba suavemente su mano.
—¿Y tú? —susurró él—. ¿También vas a desaparecer?
—No —contestó ella, riendo—. Me dijo el señor Claus que siempre llega alguien cuando tiene que llegar.
Con un guiño de ojo, se abrazó con fuerza a Jaime.
Y en aquel salón con olor a canela, mientras la plaza brillaba con las luces del árbol y los villancicos llenaban el aire, Marina entendió lo que significaba la Navidad: calor, comunidad… y, por qué no, amor inesperado.
Y por primera vez en mucho tiempo, las emociones dejaron de ser sus enemigas.
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