Micro relatos

LO QUE PASA EN LOS BAÑOS…

LO QUE PASA EN LOS BAÑOS
  1. EL ERROR PERFECTO

Sara llevaba diez minutos mirando el hielo derretirse en su gintonic, como si esa imagen pudiera darle la explicación de por qué seguía creyendo que Tinder era una buena idea. Había llegado al bar con esa mezcla de ilusión y esperanza que sentía con cada Match. Pero la cita había sido un desastre. Tanto que el tipo se había marchado al baño y no había vuelto. Ni falta que hacía.

Dani, al otro lado de la barra, llevaba observándola desde que había entrado. La vio suspirar, beber un trago largo y dejar el vaso con un golpe suave, como si quisiera enterrar la noche en el fondo de la copa. Se acercó casi sin decidirlo.

—¿Todo bien? —preguntó con una voz que intentaba ser neutra, aunque él sabía que no lo era.

Sara alzó la mirada, sorprendida. Tenía los ojos ligeramente brillantes, no por la emoción, sino por el cansancio.

—He tenido días mejores —respondió, con una media sonrisa.

Dani dejó escapar una risa que ella no esperaba, una risa limpia, que no sonaba a coqueteo. Solo a complicidad. Ese gesto la aflojó un poco, como si le devolviera algo de fe en la humanidad.

—Déjame invitarte a algo —dijo él, mientras hacía un gesto al camarero—. Lo que sea que te quite ese mal sabor.

—Venga —aceptó ella, como quien decide rendirse a la noche porque ya no tiene nada que perder.

Hablaron un poco. No demasiado. Lo justo para que la conversación fluyera con la comodidad de dos desconocidos que no tienen expectativas el uno del otro.

Fue un roce. Uno pequeño, accidental, de esos que no deberían significar nada. Sus dedos se encontraron al mismo tiempo sobre el vaso, y ambos se quedaron quietos un segundo más de lo socialmente aceptable. El ambiente cambió justo ahí: una electricidad silenciosa, un lenguaje que no requería palabras.

Ella fue la primera en apartar la mirada, pero no la tensión que solo hacía que crecer entre los dos.

No hablaron de lo que pasaría después. Fue algo natural, inevitable, como si ambos supieran que esa noche tenía un destino propio que no pensaba pedir permiso.

En el baño del bar, con la puerta cerrada y el latido del corazón subiéndoles a la garganta. No hubo delicadeza impostada ni torpeza incómoda: solo urgencia, calor, saliva y respiraciones que buscaban un ritmo común. Sara se aferró a su camisa; Dani la sostuvo por la cintura con la intensidad de quien sabe que lo que está viviendo no se repetirá.

Fue rápido. Salvaje. Una descarga emocional disfrazada de decisión impulsiva.

Después, sin dramatismos, volvieron a sus vidas.

Ella salió sin despedirse. Él no la quiso ver salir.

No había números, ni promesas, ni planes de volver a verse.

Pero mientras Sara cruzaba la puerta, pensó, casi en voz baja:

Ojalá le hubiera pedido el nombre antes de besarle.

Y Dani, con la mirada perdida en el reflejo del cristal, pensó exactamente lo mismo.

  1.  LA COINCIDENCIA CABRONA

Sara intentó no volver a pensar en él. Solo lo justo. Un recuerdo entre vergonzoso y terapéutico. Nada más. Las semanas siguientes, la vida siguió con su rutina: madrugones, trabajo, cafés, prisas.

Y aquel jueves no tenía pinta de ser un día diferente. Entró en la sala de reuniones con su portátil en una mano y la carpeta del proyecto en la otra, todavía repasando mentalmente los puntos que tenía que presentar. Alcanzó a ver a un hombre al fondo, apoyado en la mesa con gesto relajado, hablando con su jefe. Solo cuando él levantó la mirada, lo reconoció.

Era ÉL. El del baño.

El mundo no se detuvo, pero ella sí. Un microsegundo. Lo justo para que él lo notara. No sonrió. Tampoco se incomodó. La miró reconociéndola… pero sin revelar nada. Un secreto compartido en silencio.

—Sara —la llamó su jefe—, él es Daniel, el nuevo responsable de comunicación. Va a llevar la campaña con nosotros. Ella es la responsable financiera.

Maravilloso.

Perfecto.

Un desastre.

—Encantada —dijo ella, con una serenidad que no sentía en absoluto.

—Nos conocemos —respondió él, como quien pisa terreno minado.

Dos palabras: nos conocemos. Solo dos palabras bastaron para que el recuerdo de aquel baño volviera a la mente de Sara con total nitidez. Notó como sus mejillas se encendían bajo la atenta mirada de Dani, quien parecía que le divertía la escena.

Durante la reunión, ella evitó mirarlo… o lo intentó. Cada vez que levantaba la vista, lo encontraba observándola. No con descaro, sino con una atención silenciosa, casi profesional.

Cuando terminó la reunión, todos salieron comentando detalles del proyecto. Todos menos ellos dos.

Sara recogió sus cosas con una concentración absurda, como si organizar bolígrafos pudiera arreglar algo. Sintió cuando él se acercó. No lo oyó; lo sintió.

—Vaya… no sabía que trabajabas aquí —murmuró él, lo bastante bajo como para que solo ella lo escuchara.

—Ni yo que tú acabarías siendo mi compañero —respondió, sin mirarlo.

Él rio, muy suavemente.

—Parece que de pronto te incomoda mi presencia.

Y ahí sí la obligó a levantar la vista. No había coqueteo, ni arrepentimiento, ni incomodidad. Solo una especie de aceptación silenciosa de que la vida, a veces, tenía un sentido del humor muy cabrón.

—No pasará nada raro, ¿vale? —añadió él—. Sé separar las cosas.

Sara tragó saliva. Aún podía olerlo si se concentraba demasiado.

Separar. Claro.

—Perfecto —dijo ella, fingiendo naturalidad—. Yo también.

Él asintió y se alejó, dejándola con el pulso desordenado.

Mientras lo veía salir por el pasillo, solo pudo pensar una cosa:

Mierda. Esto no puede ir a más.

Pero ambos sabían que ya estaba yendo.

  1.  LÍNEAS BORROSAS

Desde aquel primer encuentro, Sara había intentado mantener la cabeza fría, pero la presencia de Dani en la oficina resultaba un desafío constante. Cada gesto, cada mirada, cada palabra parecía contener una doble intención que ninguno de los dos quería reconocer: la tensión que hervía bajo la rutina laboral.

Todo comenzaba con algo pequeño. Una carpeta que “casi se cae”, un trozo de papel que Dani recogía. Un roce breve, apenas perceptible para cualquiera más, pero eléctrico para ellos. Sara sentía un escalofrío que recorría su columna cada vez que él estaba cerca. Dani lo notaba y sonreía con esa seguridad que siempre parecía jugar con ella.

Una tarde cualquiera una reunión terminó, y ninguno quiso darse prisa en irse. La oficina quedó vacía encontrándose a solas frente al ventanal. La ciudad brillaba allá abajo, ajena a lo que pasaba arriba. Ni Sara ni Dani hablaron. No hizo falta. La memoria del baño del bar era un fantasma que los guiaba ahora, sin palabras.

—No deberíamos… —susurró ella, intentando marcar un límite que ambos sabían que ya habían traspasado.

—Lo sé —respondió él, acercándose lo suficiente para que su respiración rozara la piel de su cuello—. Pero esto… —su mano bajó hasta rozarle la cintura—… no entiende de razones.

Y entonces todo se volvió inevitable. Un beso breve, intenso, que se convirtió en algo más. Movimientos rápidos, urgentes, deseos que no podían esperar. La oficina, con sus escritorios y sillas, se transformó en un picadero improvisado donde lo profesional y lo prohibido se mezclaban en cada beso, cada gemido, cada mirada cargada de intención.

No hubo palabras. Solo impulsos y piel. La sensación de peligro añadía un sabor adictivo a cada roce, a cada empujón. El deseo crecía y crecía, como si no hubiera mañana, como si aquel espacio fuese solo suyo.

Cuando terminaron, separados apenas un metro, con la respiración agitada y las mejillas encendidas, ninguno de los dos habló. Todo seguía igual y sin embargo sabían que nada volvería a serlo.

Sara se recolocó la ropa, intentando recomponerse, mientras Dani le ofrecía una sonrisa que prometía que aquello era solo el principio.

—Ni se te ocurra olvidarte de esto —susurró él.

—Ni pienso intentarlo —contestó ella, dejando claro que lo que había empezado… iba a ir a más.

Y así, la oficina ya no era solo un lugar de trabajo. Era un tablero de tentación, y ambos habían decidido jugar.

  1.  EL PUNTO DE QUIEBRE

Sara había logrado mantener la cabeza en su trabajo toda la mañana, y había sido tarea difícil. No podía dejar de pensar en lo ocurrido hacía una hora en el ascensor. Seguramente ese iba a ser el polvo número uno en su ranking, al menos de momento, ya que cada nuevo que echaban siempre superaba al anterior. 

Dani llegó a su lado dejando una carpeta y su móvil sobre la mesa. Disimularon mirando la pantalla del ordenador mientras Dani le confesaba lo que le gustaría hacerle en las escaleras de emergencia. En un sitio que había visto que seguro iba a ser muy tranquilo. 

Justo cuando Sara pensó que iba a morir de combustión espontánea, otro compañero llamó a Dani que se alejó varios metros de ella. 

Su teléfono vibró sobre la mesa. Curiosa, inconscientemente, Sara lo miró. La pantalla mostraba un mensaje entrante:

“Recoge al niño y dale la merienda. Y no llegues tarde, recuerda lo de la cena.”

Su corazón se detuvo al instante. Dani… con un niño.  Merienda. Casado. Familia. Responsable de alguien más que no era él mismo. La tensión que había crecido en la oficina se transformó en un nudo en el estómago. Cada gesto de Dani, cada mirada, cada roce previo parecía ahora imposible de colocar en contexto.

Él regresó justo en ese momento, ajeno al efecto que el mensaje había tenido en ella.

—¿Todo bien? —preguntó, sin notar que Sara se había quedado congelada.

Ella se recompuso al instante, ocultando la confusión que se mezclaba con una pizca de celos y desconcierto.

—Sí… sí, todo bien —mintió, bajando la mirada, intentando que su voz no temblara.

Dani la miró un segundo más, curioso, sin sospechar que aquel mensaje recibido había plantado una duda enorme.

—Entonces que… ¿Voy a las escaleras y vienes en cinco minutos?

Sara se quedó observándolo, intentando recomponerse. 

Cada gesto suyo ahora parecía encajar con la idea de alguien con familia, con responsabilidades fuera de la oficina. Toda esa clandestinidad, esa privacidad… Una parte de ella quería confrontarlo, pero otra sabía que hacerlo no era buena idea. No aquí ni ahora.

Y mientras lo vio salir por la puerta de emergencia, no pudo evitar pensar: “Puto cerdo… no está tan disponible como creía. Esto no puede ir a más.”

Y poniéndose el abrigo y el bolso al hombro salió de la oficina.

  1.  LA ACLARACIÓN

Sara había pasado toda la mañana con la cabeza hecha un lío. El mensaje del día anterior seguía dando vueltas en su mente, mezclándose con cada recuerdo de Dani, cada roce, cada susurro que habían compartido. Cada vez que lo veía, su imaginación la traicionaba: niño, familia, responsabilidades… y ella, atrapada entre el deseo y la duda. ¿Estaría dispuesta a ser la otra? 

Dani apareció frente a ella con su sonrisa habitual, esa que la desarmaba desde el primer día. Esta vez, sin embargo, parecía tener algo más en los ojos: una mezcla de diversión y decisión.

—Tenemos que hablar porque no sé qué pasó ayer —dijo él, dejando la carpeta sobre la mesa y cruzando los brazos.

Sara tragó saliva. Sabía que era ahora o nunca.

—Sí… creo que hay algo que necesito saber —murmuró, intentando controlar la voz—. Ayer… vi el mensaje de tu mujer.

Dani parpadeó, sorprendido por la última palabra, y luego rió suavemente, quitándole tensión a la escena.

—¿Mujer? —repitió—. Esa era mi hermana. Me pidió ir a recoger a mi sobrino y quedármelo a dormir. Sara yo no… no tengo hijos, ni esposa, ni nada de eso.

El corazón de Sara dio un vuelco. Se sintió aliviada y, al mismo tiempo, un poco tonta por haberse imaginado un mundo de problemas inexistentes.

—Ah… —consiguió decir, sonriendo con una mezcla de vergüenza y alivio—. Menos mal… porque, joder, pensé que estabas… casado y yo solo era…

Dani se acercó un paso, y el roce de sus manos al tocar la mesa volvió a encender la chispa que ninguno de los dos podía ignorar.

—¿Mi chica? —susurró, con esa seguridad que siempre parecía jugar con ella.

Sara no necesitó pensar. Su respuesta fue un suspiro, un movimiento de cabeza y un beso que arrancó en la oficina, silencioso pero intenso. 

—Entonces… ¿continuamos con lo que dejamos pendiente? —tanteó Dani.

Cada toque, cada caricia, cada suspiro acumulado explotó en un instante de deseo que los llevó a las escaleras de emergencia, donde ya no había excusas, ni límites.

El mundo exterior desapareció. Solo existían ellos, la urgencia y el calor que habían conocido durante semanas. Movimientos rápidos, besos robados, manos explorando sin pudor. Todo lo que había sido tensión contenida se liberó de golpe.

Cuando finalmente se separaron, con la respiración agitada y las mejillas encendidas, ambos se miraron y rieron sin poder evitarlo. La tensión había desaparecido, pero la química seguía intacta, lista para cualquier cosa que viniera después.

—No puedo creer que todo esto empezara en el baño de un bar —confesó Sara, emocionada.

¡No jodas! No pensarías que ibas a darme una noche como aquella y luego desaparecer —dijo Dani, apoyando su frente contra la de ella.

—Ya no lo pienso —contestó Sara, con una sonrisa traviesa.

Y así, lo que había empezado como un impulso se convirtió en algo que ninguno de los dos quería detener, ni podía.

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