Micro relatos

VECINOS

vecinos
Parte 1

“Otra vez no”, pensó Alice cuando volvió a oír esos chirridos desafinados, como un gato maullando encelado.

No había tenido el gusto, o la desgracia, de conocer aún al nuevo vecino. Pero lo que sí estaba claro es que tenía muy mal gusto musical y poca consideración para con los vecinos.

Cada noche, desde las ocho hasta bien entrada la madrugada, el ritmo estridente y desafinado de la guitarra eléctrica de Ethan Miller (había buscado su nombre en los buzones) atravesaba la pared como un grito desesperado.

Aquella noche, harta de no poder dormir, golpeó la pared con fuerza y gritó:

—¡¿Podrías parar, por favor?! ¡O al menos aprender a tocar!

Del otro lado, una voz burlona respondió:

—¿Y tú podrías dejar de quejarte como si vivieras en un monasterio? ¡Aún no son ni las diez!

Ella frunció el ceño y contestó, implacable:

—Prefiero un monasterio a tu concierto de mierda. Ten un poco de humildad y deja de maltratarme los oídos. ¡No eres Carlos Santana!

Él soltó una carcajada.

—Vaya con la vecina. ¡Igual tú si eres Jimi Hendrix! ¡Si tan lista eres ven aquí y me das unas clases!

Ella negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír. Maldita sea, aunque la sacara de quicio con aquella tortura musical, tenía que admitir que su voz le removió algo. En su entrepierna, para ser más exactos. Aquella voz era como el ronroneo de un motor potente, grave, sí, pero con una resonancia que se clavaba directamente en el pecho y más abajo. Había una textura áspera y seductora en cada sílaba, un ligero desgarro como el roce del whisky en la garganta.

—Clases sobre horarios y convivencia vecinal, tendría que darte. ¡Déjalo ya y vete a dormir!

Un sonido agudo del rasgado de una de las cuerdas de la guitarra casi le perfora el tímpano. 

La guerra de paredes acababa de empezar.

Parte 2

El supermercado estaba lleno, pero Alice apenas reparaba en la multitud. En realidad, solo tenía ojos para él.

Lo había visto al fondo del pasillo de los vinos, con una camiseta blanca ajustada, una cadena discreta al cuello y una mirada que parecía reírse de todo. Alto, moreno, sonrisa torcida. Peligroso. De los que sabes que no te convienen, pero igual te quedas mirando. De esos que no eran su tipo, pero la volvían loca.

Se cruzaron en varios pasillos y cruzaron miradas. Fue en la caja cuando se volvieron a encontrar. 

Él dejó un six-pack de cerveza y una bolsa de patatas sobre la cinta. Ella llevaba sopa de sobre y un paquete de infusiones para dormir. Patético.

Él la miró. Le sostuvo la mirada. Y sonrió.

Alice notó cómo se le activaba la libido y el escepticismo al mismo tiempo.

Cuando salió, seguía turbada. No había dicho ni una palabra, pero ese hombre tenía algo. 

Llegó a su portal cinco minutos después, pero no subió enseguida. Se quedó fuera, bajo las escaleras, charlando con su vecina del tercero que le estaba contando por qué el correo no había funcionado esa mañana.

Entonces, lo vio llegar y abrir el portal.

Él. El del súper.

El corazón de Alice dio un vuelco. No podía ser.

Él saludó con un simple “hola”, sin apartar la mirada. Y Alice tragó saliva. Aquella voz…

—Perdona —interrumpió a su vecina—. Creo que me he dejado el gas abierto. ¡Chao!

Salió corriendo escaleras arriba como si la persiguiera el fuego.

Subió al segundo. Nada.

Al tercero. Nada.

El ascensor se detenía en el cuarto.

Se escondió tras la puerta de emergencia, mientras escuchaba el ding metálico de sus llaves moverse en el aire.

Miró con cuidado y lo vio. Entraba al piso justo al lado del suyo.

El puto Ethan Milller, el vecino guitarrista. 

Se quedó paralizada. Sintió cómo la ironía del universo le estallaba en la cara.

Cuando la puerta se había cerrado ella aprovechó para ir hasta la suya, sacó las llaves del bolsillo sin hacer ruido, pero la puerta del vecino volvió a abrirse. 

Los dos se quedaron mirando sin saber qué decirse. 

Alice se enderezó.

—Espero que te bebas toda la cerveza que has comprado y tengas que irte pronto a dormir la mona. Así me ahorrarás el horrible concierto de cada noche. 

—O tú podrías tomarte todas las infusiones y quedarte grogui —dijo, apoyado en el marco de la puerta, con una sonrisa que era puro veneno dulce.

—En el súper me habías parecido un tío majo. Que decepción descubrir que eres un imbécil.

Él rio. Bajo. Grave. Malditamente atractivo.

Y ambos supieron que la guerra acababa de escalar a otro nivel.

Parte 3

Esa noche, Alice estaba en casa, cenando una triste tortilla y viendo una serie aún más deprimente cuando escuchó risas en el rellano. Risas femeninas.

Dejó el tenedor en el plato y fue hasta la puerta.

Se asomó por la mirilla.

Ahí estaba él. Ethan Miller. Con una chica.

Alta, pelirroja, guapa. Llevaba un vestido negro que decía claramente: “arráncamelo y hazme lo que quieras”.

Alice sintió un pequeño retortijón en el estómago. Celos, pensó, pero se obligó a llamarlo de otra forma. Orgullo herido, quizá. O rabia vecinal. Sí, claro.

Él abrió la puerta con esa sonrisita torcida y dejó pasar a la chica como si aquello fuera lo más normal del mundo. Ni una mirada a su puerta. Nada.

Alice se dio la vuelta, refunfuñando, pero no pudo evitar quedarse cerca. Apoyó la oreja en la pared. Se oía música y risas. 

Ella golpeó la pared de forma instintiva. 

—Me voy a dormir, ¡si me dejas!

Entró en la habitación y se tumbó en la cama, pero como ya imaginaba, era imposible quedarse dormida. 

El ruido del piso contiguo se trasladó del salón al dormitorio. 

Primero se oyeron risas apagadas… luego silencio… y después…

El crujido del somier.

No. Me. Lo. Puedo. Creer.

Fue directa al altavoz. Conectó el móvil.

Buscó en su playlist la más gloriosa venganza que tenía: “All Along the Watchtower”, versión Hendrix, volumen a tope.

Los primeros acordes retumbaron como una declaración de guerra a través de las paredes.

Ni se inmutó. Se sentó en la cama, brazos cruzados, cabeza alta, con la satisfacción retorcida de saber que, al menos, ella también podía joder la noche.

Y entonces, desde el otro lado, escuchó algo inesperado.

Él también había puesto música. Alta. Más alta que la suya.

“You Can Leave Your Hat On”.

«¿En serio? ¿Tomándome el pelo encima?»

Alice se puso de pie, dispuesta a marchar al frente. Abrió su puerta con fuerza y fue directa a llamar a la de Ethan.

Pero antes de que pudiera tocar el timbre, él abrió.

Camisa medio desabrochada, pelo revuelto, y la misma sonrisa maldita.

—¿Demasiado volumen, vecina? —dijo, con esa voz que le acariciaba el ego y le pisoteaba la paciencia.

—Solo quería ver si te quedaba algo de vergüenza. Pero ya veo que no.

—Oh, vamos. ¿Tú puedes montar tu show Hendrix y yo no puedo poner un poco de Joe Cocker?

—Puedo oírlo todo —gruñó, sin moverse del umbral—. Absolutamente todo.

Él se inclinó un poco más hacia ella.

—Entonces deberías saber que no ha pasado nada. Aún. Pero tú has puesto la banda sonora perfecta para lo que viene.

Le guiñó un ojo y cerró la puerta con lentitud.

Alice se quedó allí, con la sangre ardiendo en las mejillas.

Entre rabia. Y algo más.

Parte 4

A la mañana siguiente, Alice salió del baño con las ojeras maquilladas y el orgullo intacto… o casi. Fingía normalidad, como si la noche anterior no hubiera deseado hostiarle la cara a ese engreído. O besársela. Dependía del minuto.

Metió sus cosas en el bolso. Abrió la puerta de casa —a la misma hora de siempre— dispuesta a empezar el día con buen humor.

Pero, al salir al rellano, ahí estaba él.

Ethan, dando fin a toda su buena actitud.

Con la misma camisa desabrochada de anoche. Una taza de café en una mano y esa expresión como si el mundo entero no le afectara en absoluto.

De la pelirroja, por suerte, no había ni rastro.

—Buenos días, vecina —dijo sin despegar los labios de la taza.

—Lo serán para ti.

—¿Sigues molesta por lo del volumen?

—Sigo molesta por tu existencia en general.

Él rió entre dientes.

—Pues para alguien tan molesta, estabas muy pendiente.

—Y tú muy poco original. ¿Joe Cocker? Qué básico.

—Tú pusiste Hendrix. Drama queen.

Alice dio un paso hacia él, desafiante.

—Al menos tengo buen gusto.

—¿Eso incluye el café soluble que te preparas cada mañana? Ese mierda huele desde mi casa. Es como veneno instantáneo.

Ella lo fulminó con la mirada antes de contestar.

—Qué suerte tienes de no tener olfato para detectar lo desagradable… porque ya habrías muerto envenenado contigo mismo.

Él sonrió, encantado.

—Me encantaría discutirlo… pero llegas tarde al trabajo. Seguimos luego, cuando me espíes por la pared

Alice se cruzó de brazos.

—No espío. Me llega el ruido. Como a todo el edificio. A lo mejor deberías insonorizar tu ego.

—¿Y tú deberías insonorizar tus celos?

—¿Perdona?

—Nada. Era un cumplido disfrazado de puñal. O al revés. Te va ese estilo.

Él le guiñó un ojo y cerró su puerta, como si no acabara de incendiarle las venas.

Alice se quedó ahí, mirando la madera, intentando no pensar en lo que acababa de decirle.

Ni en lo bien que olía su maldito café.

Parte 5

Alice volvió del trabajo más tarde de lo habitual. Había sido un día duro en la oficina. Para colmo, el ascensor no funcionaba. Perfecto para darle broche a su día de mierda. Subió los tres pisos con los tacones aún puestos, como una forma elegante de tortura.

Al llegar a su puerta, ya con la llave en la mano, se encontró con una bandeja en el suelo.

Una taza. Galletas. Y una nota.

“Para que sepas a qué huele el café de verdad.

Sin venenos, lo juro.

—E.”

Miró a ambos lados del pasillo, como si fuera a encontrar cámaras ocultas o testigos.

Nada. Solo silencio.

Tomó la bandeja con cautela y entró en casa. El café seguía caliente. Lo olió. Bien. Lo probó. Mejor aún.

Y las galletas… caseras. Mmmmm.

Ese maldito. ¡Había horneado! 

Y lo peor es que estaban buenísimas.

No pensaba agradecerlo. Obvio.

Pero esa noche, antes de dormir, deslizó una nota por debajo de su puerta:

“Bien jugado.

Pero la guerra no ha terminado.”

A la mañana siguiente, encontró otra bandeja. Vacía.

Solo una nota:

“Ese café era una bandera blanca. Pero si quieres guerra, prepárate, preciosa Alice.”

Ella sonrió, por primera vez en días, sin resistencia.

Parte 6

Alice llegó al edificio maldiciendo el día, el trabajo y al mundo en general. Lo único que quería era llegar a casa, meterse en la bañera y no pensar en nada… ni en nadie.

Bueno, casi nadie.

Al ver que el ascensor funcionaba de nuevo, sonrió con gratitud al universo. Pulsó el botón y entró.

—¿Me esperabas?

La voz a su espalda le heló la sangre.

Ethan. Con una bolsa del súper en una mano y la misma sonrisita de siempre.

Antes de que pudiera protestar, él entró y el ascensor empezó a subir.

Piso 1… Piso 2…

Y entonces, como si el destino tuviera ganas de jugar, un golpe seco, un crujido metálico… y todo se detuvo.

—¡No. No. No! —Alice apretó el botón de alarma, luego el de abrir, luego todos a la vez—. ¿Estás de broma?

—No te alteres, vecina. Es solo el karma devolviéndome el favor.

—¿Qué favor?

—Tú me torturas con Hendrix a todo volumen, y ahora yo consigo que te encierres conmigo. Equilibrio.

—Eres insufrible.

—Y tú muy adorable cuando estás nerviosa.

Ella giró el rostro para no reírse.

—No me digas que tú has saboteado el ascensor.

—Ojalá. Pero no.

El silencio cayó durante unos segundos. Corto, pero denso. Alice respiraba con dificultad e intentaba darse aire con una mano.

—¿Tienes claustrofobia? —preguntó él, más serio.

—No. ¿Y tú?

—Solo si no tengo chocolate.

Sacó de la bolsa una tableta. La partió por la mitad y le ofreció un trozo.

Alice lo tomó, dudosa.

—¿Siempre llevas chocolate por si te quedas encerrado con vecinas molestas?

—Solo con las que me parecen altamente atractivas.

Ella levantó la vista, sorprendida.

Pero él ya estaba mirando al techo, como si no hubiera dicho nada.

—¿Lo dices en serio? —preguntó ella, en voz baja, sintiendo algo en su estómago que no querría admitir.

—¿Y tú quieres que lo diga en serio?

Silencio.

Alice mordió el chocolate para evitar contestar.

Ethan dio un paso hacia ella, lo justo para que la distancia se volviera tensión palpable.

—¿Sabes? —susurró él, acercando un poco más su rostro—, Quizá estar atrapado aquí conmigo no sea un castigo…

Ella sintió el calor recorrerle el cuerpo, esa mezcla de rabia y deseo que se negaba a admitir.

Sin pensarlo, Ethan rozó con la punta de sus dedos la mejilla de Alice, bajando lentamente hasta su mandíbula.

Ella cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, no había ya rabia.

Él sonrió, ladeando la cabeza.

—¿Bandera blanca? ¿Aunque solo sea hasta que salgamos de aquí?—susurró.

Y justo entonces, el ascensor vibró y se puso en marcha con un zumbido metálico.

Ambos retrocedieron un paso, como si el hechizo se rompiera.

Piso 3… Piso 4…

Las puertas se abrieron.

Alice salió sin mirar atrás.

Ethan lo hizo unos pasos detrás.

Cada uno entró en su piso sin decir una palabra.

Pero algo, entre ellos, acababa de moverse.

Parte 7

Alice cerró la puerta de su piso con rapidez.

Se apoyó contra ella, todavía con el corazón en la garganta.

Había estado a punto de besarlo. De dejarse besar.

¿En qué estaba pensando?

Al otro lado de la pared, la guitarra eléctrica de Ethan empezó a sonar.

Fuerte. A propósito.

—¿En serio? —murmuró, apretando los dientes.

A los treinta segundos, ya estaba saliendo de nuevo. Cruzó el pasillo como un misil y llamó a su puerta con furia.

Ethan abrió con cara de “te estaba esperando”.

—¿Estás intentando volverme loca?

—No. Solo quería que vinieras.

Ella resopló.

—Casi me engañas, Ethan Miller. Cuando me parece que eres un tío majo, vas y vuelves a ser un capullo arrogante.

—Alice… —dijo en un suspiro—. Llevo días intentando una tregua y cada vez que intento acercarme, más te alejas. ¿A qué tienes miedo?

Alice lo miró, incrédula.

—¿Miedo? —preguntó con voz aguda—. ¿Crees que me das miedo?

Lo dijo con chulería, pero intentó que no le temblaran las piernas.

—Tú sí me lo das a mí.

Durante unos segundos se miraron a los ojos, fijamente, solo oyendo su propia respiración. De vez en cuando bajaban la mirada a los labios del otro. 

Alice resopló de nuevo, conteniendo la oleada de sentimientos que aquel capullo arrogante despertaba en ella.

—Bandera blanca —dijo, dando un paso al frente—. Voy a dejar que te acerques.

—Solo si no sales corriendo de nuevo —añadió Ethan, con su sonrisa torcida.

—¿Y si lo haces tú?

Ethan no respondió. 

Y Alice lo agarró del cuello de la camiseta y lo atrajo hacia sí.

El beso fue todo lo que se habían estado guardando: intenso, torpe, cálido, necesitado.

Como un respiro después de una carrera.

Como una tregua después de la guerra.

Cuando se separaron, Ethan sonrió.

Y esta vez, fue ella quien cerró la puerta.

Desde dentro.

©2025. Cristina Gram – Todos los derechos reservados.

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