las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 3

Héctor, 46 años. 
«Trabajo en mí cada día. Yoga, meditación y relaciones conscientes. Si no sabes lo que quieres, no es aquí».

Después de Carlos y el iceberg, me prometí a mí misma no volver a quedar con nadie en unas semanas. Pero ahí estaba Héctor, mirándome desde la pantalla con barba cuidada, camiseta estrecha y sonrisa amplia. Y una bio que casi me olía a palo santo.

—Este es peligrosísimo —dijo Lili nada más verlo.

Héctor no propuso una copa. Ni un café. Propuso yoga.

—Este te quiere poner mirando a Cuenca —añadió Marga, quitándome el teléfono–. Mira que te dice: yoga al aire libre. Sábado por la mañana. Conexión cuerpo-mente.

Acepté porque, a esas alturas, ya estaba en una fase vital en la que pensaba que quizá el problema era yo y mi falta de apertura espiritual, por decirlo de forma fina.

La clase era en un parque. Gente vestida de colores sosos tiraba sus esterillas sobre el verde césped en silencio. Héctor me saludó con un beso en la mejilla y una sonrisa rara al ver que, al quitarme la sudadera, mi camiseta era rosa fluorescente y mis leggings eran azul eléctrico. Yo parecía una caja de plastidecores entre aquella gente.

—Respira —me dijo, como si yo no llevara respirando cuarenta y tantos años.

Nos colocamos uno al lado del otro. Lia, la instructora, habló de fluir, de soltar, de escuchar al cuerpo. Yo escuchaba al mío con cierta inquietud. El bocadillo de sardinas que había desayunado no era muy compatible con posiciones invertidas.

Pero allí estábamos. Silencio sepulcral. Solo la voz calmada de Lia. Respiraciones profundas. Y entonces sonó. Clarísimo. Breve. Traicionero. 

Abrí los ojos despacio, con cierta vergüenza. Antes de que pudiera procesar nada, Héctor se llevó la mano al abdomen y dijo, en voz suficientemente alta:

—Uy… —mirándome—. No pasa nada. Estas cosas pasan cuando uno no conecta bien con su centro.

Sentí cómo varias cabezas se giraban hacia mí. Lia sonrió con condescendencia mientras alguien carraspeó.

Yo no dije nada. No podía. Me limité a sonreír levemente, como si acabara de aceptar una culpa ancestral.

La clase continuó. Yo ya no.

—¿Qué hizo qué? —gritó Marga en la oficina, el lunes por la mañana, cuando les explicaba mi cita.

—Que se tiró un pedo y me lo endosó —resumí—. En silencio. Con mucha paz interior, el muy… Llegué a casa y lo bloqueé.

Lili apoyó el café en la mesa, intentando no reírse.

Fue entonces cuando lo vimos. Al fondo de la sala. Traje impecable. Camisa clara. 

No hablaba con nadie. No miraba a nadie en concreto. Simplemente estaba.

—¿Ese quién es? —susurró Lili.

—Uno de los nuevos jefes de la planta tres —aclaró Marga.

Levantó la vista un segundo. Nuestros ojos se cruzaron fugazmente. No sonrió.

Solo volvió a desaparecer pasillo abajo.

—En fin… —añadió Lili—. Tú ahora céntrate en recuperarte del trauma yogui.

Asentí.

Y confirmé una cosa: si alguien necesita meditar tanto para ser buena persona, probablemente no lo sea.

Comments

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *