
1 ÉL:
No sé su nombre. Solo sé que ella entra en la sala de descanso a las 09:37 todos los días, como si llevara un reloj interno conectado a mi impaciencia.
Yo, metódico, la miro con disimulo.
Siempre marca la tecla del café solo. Y le baja el azúcar al mínimo.
No me mira. O lo finge tan bien que casi me convence.
Pero me gusta. Mucho. Me gusta su coleta. Me gusta que no lleva auriculares, como si escuchara el mundo de verdad. Me gusta que lee en papel.
A veces, cuando la veo reír al hablar con algún compañero, se me olvida respirar.
Hoy, por primera vez, coincidimos en la máquina de vending. Tuvimos que rozarnos. Bueno, yo podría haberlo evitado… pero no quise.
—Perdona —dijo.
Y sonrió. Me quedé en silencio. Como un idiota.
Mañana… mañana le hablo.
3 ELLA:
Claro que me he dado cuenta de cómo me mira.
Desde hace semanas. Justo después de que me cambiara el horario y empezáramos a coincidir en la máquina de café. Él cree que lo disimula bien. Pero no.
Y, para qué negarlo… me gusta gustarle.
Y seré cruel, pero creo que voy a darle esperanzas, aunque sé que no tendría nada con él. Pobre.
Solo porque me apetece un poco de diversión.
Cojo lo de siempre y me quedo en la mesa. Cerca. No me mira al principio. Tarda.
Siempre tarda un poco.
Como si tuviera miedo de romper algo.
Así que soy yo quien lo rompe. El hielo.
—¿Tú también necesitas un buen café para sobrevivir a esta empresa? —le digo de repente.
Se atraganta un poco. Luego contesta:
—Sí. Pero de momento nos conformaremos con el aguachirri de la máquina.
Sonrío. Sin contestar.
Me giro, recojo el café y me voy.
Pero al salir, me aseguro de que vea cómo lo hago.
Paso lento. Chaqueta verde. Sin mirar atrás.
Jugando.
Un poco.
4.ÉL:
Hoy me ha hablado otra vez.
No lo esperaba. Después de ayer, pensé que solo fue cortesía. Pero no.
Hoy se ha quedado más rato. Ha hecho un comentario sobre el tiempo, algo del aire acondicionado y los pingüinos, y he soltado una tontería sobre traer una manta a la oficina.
Se ha reído.
SE. HA. REÍDO.
Y después se ha ido igual que la última vez: paso lento, chaqueta verde, sin mirar atrás.
Pero yo ya no me lo creo.
Ese no mirar es otra forma de mirar, ¿no?
Tengo la sensación de que algo empieza.
Y, aunque no lo diga, aunque no me atreva a hacer nada todavía… creo que le gusto.
5. ELLA:
Es patético. Pero útil.
Ayer se rio como si le hubiera contado el chiste del siglo. Solo dije lo de los pingüinos, por decir algo.
Y él, con esa cara de cervatillo atropellado, como si estuviera a punto de declararse en mitad del pasillo.
Me pone de mala leche lo fácil que es. Lo predecible.
Le digo una frase, sonrío medio segundo… y ya está. Se queda flotando.
Debe de pensar que tenemos algo.
Qué imbécil.
Y aun así, me acerco. Le hablo. Me quedo cerca.
No porque me guste, ni por aburrimiento.
Sino por lo otro. Por lo que disfruto.
Por cómo se tensa cuando aparezco. Por ese segundo de silencio antes de contestar. Por cómo intenta parecer normal… y falla.
Él cree que esto es el principio de algo.
Yo sé que es solo un juego.
Y él es solo una pieza más en mi tablero.
6. ÉL:
Hoy he decidido dejar de esconder lo que siento.
No sé si soy un iluso o un valiente, pero ya no puedo seguir con este juego silencioso.
Cuando he visto esa sonrisa de siempre, esa chaqueta verde y el café en la mano, he sabido que era ahora o nunca.
Así que le he dicho:
—¿Quieres que tomemos algo después del trabajo?
Me ha mirado sorprendida, con esa mirada desafiante que tanto me encanta.
—Me gustas —he añadido, —y aunque no sé qué piensas tú, a mí me basta para intentar conocerte.
Sus ojos han vacilado un segundo. Pero luego ¿ha sonreído? Creo que sí. Y yo he sentido que todo esto era el principio.
Por fin, estoy convencido de que la partida empieza y el juego se pone de mi parte.
Y esta vez yo quiero jugar de verdad.
7. ELLA:
Él cree que esto es de verdad.
Que la partida cambia de bando, que por fin él gana algo.
Qué dulce es su inocencia.
Le he sonreído. Sí. Porque eso es lo que hago: doy migajas, y dejo que se las coma. Le dejo creer que hay un juego.
Pero esta historia no es para él.
Nunca lo ha sido.
Y no hay instrucciones.
Solo hay una regla:
Yo decido cuándo empezar, y cuándo destrozar.
Y él…
Él sigue ahí, gastando fichas que nunca tuvo.
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