
1.Encuentro fortuito
Acomodo mi bolso en el compartimento superior y me siento en mi asiento. Me tomo un tranquilizante. Odio volar.
Pero más odio que me toque el asiento del medio de la fila de tres. Es el más odioso.
Desbloqueo mi tablet y la coloco en la mesita, abro YouTube y escribo en el buscador. Entonces escucho una voz que no espero.
—Perdona, ¿este asiento es el 12B? —es una voz grave, con un marcado acento griego.
—Eh… sí, ese es el mío —afirmo, sin levantar apenas la cabeza de la tablet.
El hombre deja caer accidentalmente su botella de agua al intentar acomodarse. Reacciono como un relámpago y la atrapo antes de que caiga sobre el portátil del señor trajeado del asiento de la ventanilla.
—¡Uf! Gracias… —dice, riendo nervioso—. No siempre soy tan torpe.
—No te preocupes —respondo, devolviéndole la botella—. Ser torpe es una forma de vida. Yo suelo ser torpe todo el tiempo.
Sonríe, y me fijo en sus ojos azules, profundos, de esos que parecen hablarte y contarte historias maravillosas solo con mirarlos unos segundos. Y en su sonrisa… ¡joder!
Retiro la mirada de forma brusca. Seguro que todo el pasaje ha notado cómo me he sofocado.
Se produce un silencio incómodo, hasta que él rompe la tensión:
—¿Y qué? ¿Primera vez en Atenas?
—Sí, ¿y tú?
Con el acentazo griego que tiene… ¿en serio le preguntas eso, Dafne? Solo le falta decir “jroña que jroña” para ser más griego que el tzatziki, pienso.
—No —ríe—. Soy griego, y cojo un avión cada semana, pero nunca había sido tan accidentado como este. Todo lo que podía salir mal desde que he embarcado, ha salido mal —añade resignado, al tiempo que me muestra la pantalla de su teléfono hecha añicos—. Pero bueno, tú seguro que sobrevives cuando este aparato hoy se estrelle. Es lo único que me falta ya.
Suelto una carcajada. Lo ha dicho mientras miraba la pantalla de mi iPad, donde se ve el inicio de un vídeo con el título: “Cómo sobrevivir a un accidente aéreo”.
—Ni caso, estoy segura de que sobreviviremos a este vuelo —digo, inclinándome ligeramente hacia él—. ¿Pero te importa si hablamos un rato? Necesito no pensar durante el vuelo.
Él sonríe, con un brillo en los ojos que hace que me pregunte si todos los cielos en Atenas serán tan azules como su mirada.
—Me parece perfecto. Me llamo Nikos, y debo advertirte de algo… —dice, bajando la voz como si compartiera un secreto—. Soy terrible contando historias de viaje.
—Me llamo Dafne. Y yo también soy pésima —contesto, con complicidad—. Entonces estamos en igualdad de condiciones.
Y así, entre risas torpes, botellas de agua a punto de volar y miradas fugaces, comienza un viaje que ninguno de los dos olvidará.
2. Plaka, mitos y malentendidos
El avión aterriza con un golpe seco que me hace apretar los reposabrazos como si fueran mi última salvación. Nikos me mira de reojo y sonríe.
—Ya está, sobrevivimos. Primera lección: nunca mires la pista, solo cierra los ojos y respira.
—¡Vale! Lo tendré en cuenta en mi próximo vuelo que será… ¡en un futuro muy lejano!
—Deduzco entonces que esta tortura ¿ha sido por trabajo?
—Obvio. Para ir de vacaciones nada mejor que el coche, el tren, o el autocar. ¡incluso en burro! Todo antes que un avión —añado con voz chillona, aunque he intentado decirlo de forma serena.
—Pues ahora relájate. O llegarás a trabajar con taquicardia.
—No. Hasta mañana no trabajo.
Al salir del aeropuerto, el calor me envuelve como una bofetada húmeda. Nikos camina a mi lado, con esa seguridad relajada que tienen los locales. Y, de repente, lo suelta:
—Ya que tienes el día libre, si quieres, puedo enseñarte un poco Atenas. Así evitas que te estafen con el primer gyro que veas.
Levanto una ceja, desconfiando teatralmente.
—¿Y cómo sé que no eres tú el que me va a estafar?
—Porque no cobro en efectivo, solo en sonrisas —responde, con esa cara de pillo que no ayuda en absoluto a mi autocontrol.
Acepto. Error, seguro. Pero estoy en modo que sea lo que Zeus quiera.
Plaka es un laberinto de calles adoquinadas, casas bajas con persianas azules y buganvillas trepando por todas partes. Mientras caminamos, Nikos se detiene frente a una tienda de souvenirs donde venden figuritas de dioses griegos.
—Mira, ahí está tu tocaya —dice, señalando una estatua de Dafne.
—Mi tocaya fue convertida en un árbol para escapar de Apolo, ¿no? —pregunto, intentando hacer memoria.
—Exacto. —Se inclina un poco hacia mí, bajando la voz—. Apolo la persiguió porque no soportaba que alguien no se rindiera a sus encantos… pero Dafne prefirió echar raíces antes que caer rendida.
—Me gusta. Soy muy Dafne, entonces. Independiente y resistente —digo, cruzándome de brazos.
—Vaya… —susurra, arqueando una ceja—. Yo no soy Apolo, no voy a obligarte a que caigas rendida a mis pies. La magia de Atenas hará eso por mí.
Siento el calor subir por el cuello. Giro la cabeza rápidamente y hago ver que estoy muy interesada en un imán de nevera con forma de Partenón.
Un poco más tarde, llegamos a la Acrópolis. La subida me deja sin aire, pero finjo dignidad. Nikos, por supuesto, ni suda.
—Te odio un poco —le digo, apoyándome en una barandilla.
—Esta cuesta se olvida después de probar el mejor helado de pistacho de la ciudad.
—¿Helado de pistacho? ¿Es una cita?
Río, nerviosa.
¿Porque leches he dicho eso?
Lo miro sonrojada, pero entonces pasa algo extraño: una mujer de más o menos nuestra edad se acerca y, en griego, le suelta algo a Nikos. Él se pone serio, responde rápido, y ella se marcha.
—¿Todo bien? —pregunto.
—Sí, sí, solo… una conocida. Atenas es un pueblo grande —responde, pero no me mira a los ojos.
Terminamos la tarde tomando algo en una azotea con vistas al Partenón. El sol cae sobre la ciudad, tiñendo las ruinas de oro. El silencio cómodo. Nikos lo rompe:
—Lo raro de los viajes… es que a veces conoces un sitio por primera vez pero parece que llevas años conociéndolo.
No sé qué responder. Así que no digo nada. Solo sonrío.
Y, por primera vez en el día, me arrepiento de lo contenta que estaba antes de venir por qué este fuera un viaje de tres días… Ahora pienso en que me encantaría quedarme un poco más.
3. El precio del pistacho
La noche cae sobre Atenas y trae con ella una brisa tibia y perfumada. El bullicio de Plaka no se apaga, solo cambia de registro y ahora risas y copas que tintinean llenan los silencios. Nikos y yo seguimos en la azotea, y el helado de pistacho ha cumplido su promesa. Es, oficialmente, el mejor de mi vida.
—¿Crees que me darían la receta de esta maravilla? Podría abrir un negocio en mi país y hacerme rica —le digo, intentando sonar casual mientras aparto con la cuchara la última pizca.
—Podría, pero si te la dan entonces no tendría excusa para invitarte otro día —responde, mirándome de reojo.
Vale. Respiro. Tranquila. No es una cita. No. O sí. Maldita sea.
—Entonces… —cambio de tema, porque necesito aire—. ¿Qué te dijo la chica de antes? En la Acrópolis. Parecías… raro.
Nikos se queda en silencio unos segundos, como si buscara la respuesta más neutra posible.
—Nada importante. Viejos conocidos.
No le creo. Pero tampoco insisto. Porque algo en su mirada, un segundo antes de que sonría, me dice que hay historia ahí.
Para compensar el silencio incómodo, él se levanta y me tiende la mano.
—Ven. Quiero enseñarte algo.
—Si me llevas a otra cuesta, no respondo de mis actos. Seguro que vomito el helado y me sabría fatal.
—Lo prometo: plano. Cero cardio. —Su sonrisa es tan segura que me hace seguirlo sin pensarlo. Error número dos del día.
Caminamos por calles estrechas iluminadas por faroles antiguos, hasta llegar a un mirador escondido. Atenas se extiende abajo, un mar de luces y tejados. El Partenón brilla a lo lejos, majestuoso, como si alguien lo hubiese encendido solo para nosotros.
—Aquí vengo cuando necesito recordar por qué me quedo —dice él, casi en un susurro.
—¿Te quedas? —repito, pillando la palabra al vuelo—. ¿Pensabas irte?
—Lo pensé. Muchas veces. Pero Atenas es como… esa persona de la que juras que te vas a alejar y siempre vuelves.
No sé qué contestar. Así que me quedo callada, observando las luces. Y en mi silencio, su proximidad empieza a ser… demasiado consciente.
—¿Dafne? —murmura como si probara como suena mi nombre en sus labios.
Me giro, y ahí está: demasiado cerca. Lo suficiente para que sienta el calor que irradia su piel.
—No soy Apolo —dice, con una media sonrisa—. Pero si me dejas, podría hacerte cambiar de idea de no querer echar raíces.
—Ah, ¿sí? —levanto una ceja e intento poner cara de poker. Pero miro sus labios entreabiertos y como un acto reflejo muerdo mi labio inferior.
¡Que calor!
Un ruido de pasos rompe el momento. Un anciano pasa con su perro y Nikos retrocede, dándome espacio, como si lo nuestro hubiese sido solo un malentendido. Pero sus ojos dicen otra cosa.
El regreso al hotel es silencioso, salvo por las motos que pasan zumbando. Antes de separarnos en la entrada, se detiene y mete la mano en el bolsillo.
—Aquí —dice, tendiéndome una pequeña ramita de olivo—. Para la suerte.
—¿Eso funciona? —pregunto, arqueando una ceja.
—Depende. —Su sonrisa es pura provocación—. Si la guardas… quizá volvamos a vernos mañana.
Nota mental: ya sé que voy a volver a verlo. Y que voy a odiarme un poco por ello.
4. Atenas, entre besos y secretos
El calor del día se ha disipado, pero mi jornada de trabajo me ha dejado agotada. Salgo del edificio de la delegación elena de mi empresa y respiro profundo. Entro en el coche que me han asignado y solo pienso en llegar al hotel, una ducha fría y Netflix.
El trayecto es corto, ya oteo el hotel a lo lejos. El coche para frente a la entrada y entonces lo veo.
Nikos, apoyado contra una farola, con los brazos cruzados y esa sonrisa de “estoy aquí de completa casualidad”.
—¿Estás… esperándome? —pregunto, fingiendo indiferencia mientras intento no sonreír.
—No. Estoy… casualmente aquí. Atenas es pequeña —responde, encogiéndose de hombros.
Como es obvio, no le creo. Ni un poquito. Pero mis pies tienen vida propia y lo siguen sin consultarme.
—¿Y ahora qué? —le pregunto, caminando junto a él.
—Ahora te enseño el mejor secreto de Atenas.
—Si es otra cuesta, te juro que esta vez te dejo tirado.
—No. Te prometo que no hay que subir… y vale la pena.
Caminamos por calles estrechas, llenas de luces amarillas y música que se escapa de los bares. Nikos me guía hasta una pequeña plaza escondida, con mesas de madera, faroles colgantes y un hombre tocando el bouzouki. Es de postal.
—¿Ves? Aquí no vienen los turistas —dice, con orgullo—. Y sirven el mejor vino blanco de la ciudad.
Nos sentamos. El ambiente es cálido, íntimo. La conversación fluye como si nos conociéramos de siempre. Me cuenta historias de Atenas, de su abuela que vive cerca del Pireo, de su sueño frustrado de viajar a Nueva Zelanda. Y yo, sin darme cuenta, le cuento cosas mías que ni mis amigos saben.
En algún punto, la música cambia. Una melodía lenta, casi hipnótica. Nikos se inclina hacia mí, apenas un gesto, pero suficiente para que el corazón me dé un vuelco.
—Dafne… —susurra, tan cerca que su voz parece recorrerme la piel.
Y entonces pasa. El primer beso. Lento, suave, como si ninguno de los dos quisiera romper el momento. Huele a vino, a noche griega y a un millón de cosas que no puedo procesar.
Hasta que…
—Nikos.
La voz viene de atrás. Una mujer, la misma de la Acrópolis. De pie, mirándonos. O mirándolo, más bien.
El hechizo se rompe. Nikos se aparta de golpe, demasiado rápido, demasiado nervioso. Ella dice algo en griego, rápido, cortante. Él responde igual de bajo, igual de tenso. No entiendo ni una palabra, pero no necesito traducción.
—Creo… que debería irme —murmuro, levantándome sin esperarlo.
—Dafne, espera, no es lo que parece.
—¿No? Porque parece exactamente lo que parece.
No le doy opción. Cojo mi bolso y salgo de allí antes de que él pueda alcanzarme.
Camino rápido por las calles, sin mirar atrás, hasta llegar al hotel. Me encierro en mi habitación, tiro la ramita de olivo sobre la mesita de noche y me dejo caer en la cama, con un nudo en el estómago.
Mi móvil vibra. Mensaje de mi compañera de trabajo y mejor amiga:
“¿Qué tal la delegación? ¿Algún Dios griego en la oficina? ¿O fuera de ella? 😜.”
Lo dejo sin responder. Porque ahora mismo, no puedo.
5. El vuelo pospuesto
El día siguiente amanece igual que yo: confuso y con resaca emocional.
He pasado la noche entera dando vueltas en la cama, repasando cada palabra, cada gesto… y, sobre todo, esa mujer. No sé si era su novia, su ex, su amiga… no sé nada, y eso es con lo que más me castigo.
Decido hacer lo que siempre hago cuando quiero dejar algo atrás: irme.
He visto que hay un vuelo temprano, hago la maleta sin pensar y bajo al lobby del hotel. Atenas amanece luminosa, como si se riera de mí.
Estoy esperando el taxi cuando escucho mi nombre.
—Dafne. ¿Te vas ya?
Me giro. Está ahí, mirando apesadumbrado mi maleta.
Nikos. Ojeras, la ropa de ayer, camiseta arrugada, el pelo despeinado como si hubiera pasado la noche buscándome.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, cruzándome de brazos, a la defensiva.
—Te busqué anoche. En tu hotel, en todos los bares de Plaka… hasta fui a la Acrópolis pensando que igual te gustaba sufrir andando de madrugada. —Intenta sonreír, pero sus ojos no lo consiguen.
No digo nada.
Él da un paso más cerca.
—La mujer de ayer… es mi hermana. —Lo dice rápido, como si supiera que tengo que escucharlo antes de que me largue—. Discutimos por mi padre, por un tema de herencia, nada más. No quise que lo malinterpretaras, pero… te vi irte y no supe cómo frenarte.
Mi cerebro quiere seguir enfadado, pero mi corazón… bueno, mi corazón ya está en huelga.
—Podrías haberlo dicho antes.
—Podría, pero entonces no tendríamos este final dramático digno de una peli griega. —Sonríe, suave.
Silencio. Solo su respiración y la mía, y el rugido distante de una moto en la calle.
—Mi taxi llega en cinco minutos —murmuro.
—Entonces dame cuatro.
No espero a que diga más. Es Nikos quien me besa esta vez. Sin dudas, sin secretos, sin música de bouzouki ni vino de por medio. Solo nosotros.
Cuando nos separamos, sonríe.
—Vuelve.
—Quizá.
—No. No quizá. Vuelve.
—Algo mejor… No me voy. No hasta la fecha prevista.
Porque sé que Atenas nos debe otro capítulo.
Nikos coge mi maleta y se encamina hacia el ascensor.
Y yo solo puedo seguirlo, intentando templar los nervios de mi estómago y dejándome llevar, otra vez, por lo que Zeus quiera.
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