
1 – Invitaciones y heridas
No pensaba ir.
Mandé los tres correos a la papelera antes de abrirlos. El último lo dejé sin abrir durante días, como si fuera una bomba a punto de estallar.
Y quizás lo era.
Una reunión de antiguos alumnos no es un evento cualquiera cuando has pasado años intentando superar a alguien que probablemente no ha pensado en ti ni medio segundo.
Pero aquí estoy.
Tocando la copa de vino sin beber.
Poniendo sonrisas donde antes había silencios.
Y entonces lo veo.
Exactamente igual y completamente distinto.
Y mi estómago me recuerda eso que juré que ya no sentía.
Y me maldigo por tener este estúpido cosquilleo en la tripa.
Este que me dice que por más años que pasen tú sigues ahí y sigues despertando algo en mí. Algo que pensé que había muerto el día que salí por la puerta del instituto hace más de veinte años. Pero que cada vez que te pienso me confirma que es mentira.
2 – La mesa del fondo
No me ha visto.
O finge no verme, que a estas alturas ya no sé qué es peor.
Está con los de siempre. Ríe. Hace ese gesto que yo conocía bien: el de inclinarse un poco hacia atrás cuando algo le divierte de verdad.
Parece tranquilo. Natural.
Yo, en cambio, llevo el corazón en la garganta.
Hay algo profundamente injusto en que alguien pueda pasar página mientras tú aún estás descifrando el primer párrafo.
Me acerco a la mesa del fondo. Me siento con gente que apenas recuerdo.
Me preguntan por el trabajo, por la ciudad. Sonrío, respondo.
Hablo en automático, con esa versión de mí que uso cuando no quiero sociabilizar demasiado.
Y, por un momento, me convenzo de que estoy bien. De que ya no me afecta.
Hasta que alguien dice su nombre.
Y ahí está otra vez, la herida, latiendo como si nunca hubiera cerrado.
3 – Como si nada
—¿Tú por aquí?
Su voz me pilla de espaldas, pero la reconocería entre mil.
Me giro despacio, como si no llevara ensayando este momento desde hace semanas.
—¡Claro! Había que venir a controlar quién se ha quedado calvo, quien triunfó en la vida…—sonrío. Falsa. Controlada.
Él ríe. Tiene ese brillo en los ojos que nunca supe descifrar.
—¿Y qué tal todo? —pregunta, como si no fuera raro hablarme. Como si no hubieran pasado años desde la última vez. Como si no nos hubiéramos dejado tantas cosas sin cerrar.
—Bien. Lo típico. Trabajo, vida adulta, estrés —respondo, evitando mirarlo demasiado.
No quiero que vea que aún me tiemblan las piernas ante su presencia.
—Te veo igual —dice, mirándome fijamente.
—No sé si eso es bueno o malo —contesto, turbada.
—Depende —murmura, y antes de que diga nada más, alguien lo llama desde el otro lado del salón.
Se despide con una mirada que dura un segundo más de lo necesario.
Y se va. Como siempre.
Y yo me quedo allí enfadada. Más conmigo misma que con él. Como siempre.
4 – Encuentro a la salida
Salgo del salón con el corazón aún hecho un nudo, cuando su voz me detiene en seco.
—Espera —dice él, acercándose con esa seguridad de siempre, como si no importara nada más.
Me giro, lo miro a los ojos y veo la misma mezcla de arrogancia y deseo de siempre.
—Quiero algo contigo. Hagámoslo por los viejos tiempos —confiesa sin rodeos.
Lo miro fija, sin sorprenderme.
—Sé que estás casado —mi voz es firme, aunque algo cansada.
Él sonríe, como si su matrimonio no fuera un obstáculo.
—Eso no importa. Lo que quiero es esto, ahora.
El mismo capullo de siempre, pienso.
He estado años imaginando que aquel chaval inmaduro habría evolucionado, y me duele ver que sigue siendo el mismo gilipollas de siempre.
Me duele por mí, por haber perdido el tiempo y la ilusión esta noche.
Respiro hondo, aparto la mirada y sin decir más, me doy la vuelta.
Me voy sin mirar atrás.
Porque los años no siempre sirven para hacernos cambiar. A veces, saber irse es la única manera de romper con el pasado.
©2025. Cristina Gram – Todos los derechos reservados.

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