
Lunes – Leo
Me apreté las sienes con fuerza. No eran ni las nueve de la mañana y ya sentía que me iba a explotar la cabeza. Cerrar este contrato me estaba costando más de lo normal. Y releer el email con las últimas condiciones se me estaba haciendo bola.
A mí, Leo Vidal, el abogado más cabrón de la ciudad.
El camarero dejó mi tercer café en la mesa. Y de repente ella entró en escena.
Apareció en la cafetería disfrazada de algo que parecía ser una colegiala japonesa, con peluca rosa, medias hasta el muslo y un aire de seguridad absoluta, aun habiendo aterrizado en el sitio equivocado.
Me atraganté con el café.
La gente giró la cabeza para mirarla; algunos rieron por lo bajo. Yo también pensé que era ridícula. Pero, al segundo, tuve que corregirme: ridículamente guapa.
Pidió su bebida, un café cargado de siropes y mierdas dulces, con una sonrisa perenne insultante, como si llevar un cosplay en plena mañana de lunes fuera la cosa más normal del mundo. Buscó dónde sentarse. Había mesas libres, muchas.
Y, por algún motivo, se plantó justo delante de mí. Girando la silla de enfrente.
Putos locales modernos para el coworking.
—¿Te importa? —preguntó.
Me importaba. Mucho. Pero no encontré la forma de decirlo sin parecer un imbécil.
Así que negué con la cabeza.
Se sentó. Sonrió. Abrió una carpeta llena de papeles decorados con pegatinas.
Yo apreté los dientes. No podía trabajar con semejante distracción delante.
Ridícula.
Guapa.
Irritante.
Y, por desgracia, imposible de ignorar.
No me di cuenta de que había dejado de ocuparme de mis cosas para quedarme observándola como un imbécil.
—Em… ¿Pasa algo? —preguntó, imagino que incómoda ante mi escrutinio.
—¿De qué vas? Tu disfraz —no supe que decir y pensé que era buena opción que pensara que solo la miraba por su ropa.
—Shikimori —y lanzó la sonrisa más bonita del universo. Joder; y directa a mi entrepierna—. Dudo que sepas de qué te hablo.
Me quedé en silencio, tragando saliva.
Shikimori. Ni puta idea.
Ella me sostuvo la mirada, divertida, como si supiera exactamente lo ignorante que era yo en dibujitos chinos, o de donde sean.
—Tranquilo —dijo, como si hablara con un extraterrestre—. Algún día te lo explico.
Y volvió a su carpeta de papeles con estrellitas, como si yo no estuviera allí.
Yo intenté regresar al contrato, al tercer café, a mi vida…
Pero la imagen de esa sonrisa seguía taladrándome.
Ridícula.
Guapa.
Irritante.
Y, por desgracia, inolvidable.
Martes – Maya
Llevaba todo el camino repitiéndome que no tenía que pensar en él. Bueno, desde ayer, para qué engañarme.
En serio, Maya, ¿qué clase de tía se obsesiona con un desconocido borde en una cafetería? Pues yo, al parecer.
Me acomodé la peluca, repasé los clips del uniforme y respiré hondo. El evento de cosplay me esperaba, un día más con sus stands, sus concursos y mis amigos frikis. Eso era lo mío. No un tipo trajeado que parecía tener alergia a la diversión.
Y, sin embargo, ahí estaba yo pensando en la sonrisa torpe que me dedicó cuando no supo ni qué era Shikimori. Esa mirada de “me importas un carajo” mientras no dejaba de mirarme.
Y eso me volvía loca. ¿Le gusté o no le gusté? ¿Me gustó o es que ya estoy tan aburrida de estar sola que este amargado me parece una opción?
Crucé la entrada del recinto y frené en seco.
Allí, entre el público, traje gris y teléfono en mano, estaba él.
Me quedé con la boca abierta.
¿Había seguido a alguien? ¿Se había perdido?
No, estaba mirándome a mí.
Y lo peor de todo: ¿me sonrió?
Lo vi caminar hacia mi stand. Peiné mi peluca con los dedos con disimulo, riendo por dentro al ver el contraste que ese traje gris creaba entre tanto colorido alrededor.
—Así que… ¿a esto te dedicas mientras la gente normal trabaja? —preguntó arrogante al llegar frente a mí.
Fruncí el ceño sin disimular mi mejor cara de asco.
¿Qué me pudo llamar la atención de este gilipollas?
—La gente normal está sobrevalorada. Y no vayas de listo que aquí juegas en minoría. ¿Qué haces tú aquí en vez de estar en tu sombría y fría oficina?
Tragó saliva. Vi como su nuez subía y bajaba de forma incómoda.
¡Ja! A los chulitos como tú me los meriendo.
Carraspeó y subiendo la mano mostró un enorme vaso de plástico con el mismo café que pedí ayer en la cafetería.
—Solo quería traerte un café —dejó el vaso sobre la mesa y se giró sin decir nada más.
Vaya… ¿el chulito tenía sentimientos?
Miércoles – Leo
Salí del garaje de mi oficina con los pensamientos en modo automático, como mi precioso BMW: contratos, emails, clientes…
Llevábamos tres días de semana y ya estaba hasta los… Ya me entiendes.
Todo era negro y turbio hasta que la vi.
Allí, caminando por la acera con su peluca rosa y la carpeta llena de pegatinas, como si el mundo entero no existiera salvo ella. Maldita sea.
—¡Ey! —dije desde mi coche, bajando la ventanilla—. ¿Necesitas transporte?
Ella me miró, frunciendo el ceño y levantando una ceja.
—Empiezo a pensar que me estás acosando, señor del traje gris
Sonreí con la boca pequeña.
—Mejor llámame Leo. Anda, sube.
Se subió con cuidado, y mientras arrancaba, me lanzó una mirada desafiante.
—¿Sabes que eres un idiota?
—Sí —contesté con total naturalidad—. Pero debo gustarte porque te has subido.
—Gilipollas y engreído, tienes el pack completo.
—Y Shikimori, ¿cómo se llama en realidad?
Ella rio, quizá porque pensaba que yo no recordaría el nombrecito de su personaje.
—Maya —y vaya bajada de pestañas que me hizo. De repente el pantalón me iba más justo en una parte de mi anatomía.
Durante el trayecto, discutimos sobre trivialidades: cosplay, comida, por qué los cafés son siempre demasiado caros. Ella hablaba rápido, con gestos exagerados; yo con monosílabos y ceño fruncido. Pero debajo del borde, había algo que ninguno de los dos quería admitir: que nos divertíamos.
Ridícula.
Irritante.
Y, por desgracia, completamente cautivadora.
Jueves – Maya
Entré en la cafetería con la cabeza llena de pensamientos absurdos.
Todavía recordaba cómo Leo me había dejado en casa ayer por la tarde. Yo no me había atrevido a decirle que subiera. Él, por su parte, tampoco había añadido palabra.
Dos adultos, completamente incapaces de dar el primer paso. Ridículo.
Me senté con cuidado, sacando mi carpeta llena de pegatinas y dibujos. Intenté concentrarme en mis notas, pero no pude. Allí estaba él, cruzando la puerta con esa expresión de “la vida es una mierda fría y gris”.
No dijo ni hola. Solo levantó la cabeza como saludo.
—Hola —respondí, escondiendo la sonrisa.
Se sentó frente a mí, en la misma posición del lunes.
No hablamos de ayer. Ninguno de los dos lo mencionó. En su lugar, intercambiamos sarcasmos y comentarios absurdos: los precios de los alquileres, quién tenía peor gusto vistiendo, cuál de los dos era peor cocinando.
Y mientras él fruncía el ceño y yo movía los dedos con exageración sobre mi libreta, me di cuenta de que ninguno necesitaba una cita formal para que esto fuera interesante.
Él era borde, gruñón, directo.
Yo era ridícula, exagerada y demasiado consciente de cada mirada.
Y cuando me miraba de reojo mientras se bebía su café, supe que ambos estábamos jugando al mismo juego: ninguno quería ceder, pero ambos queríamos más.
—Oye… Esta noche acaba la convención y hay una fiesta en un local del centro. Igual te apetece….
—¿Hay que ir con disfraz o se puede ir normal? —preguntó con sorna.
—Tú ven así de normal —enfaticé con el signo de las comillas mi última palabra—, y verás que pronto el diferente eres tú.
Reprimió una sonrisa.
—Tengo ropa para dejarte si quieres —me ofrecí.
—Creo que paso. ¿Vaqueros y camiseta te parecen bien?
Me siento triunfante.
¡Ja! Aquí te tengo, Leo.
Y no voy a dejarte escapar.
Viernes – Leo
Entré en la fiesta sintiéndome como un pez fuera del agua. Camiseta gris y vaquero negro, rodeado de disfraces imposibles y frikis que parecían hablar otro idioma. Cada paso me dolía: ¿qué hacía yo aquí?
No dejaba de buscar una peluca rosa entre la multitud. No la encontré, pero oí su risa.
Y allí estaba, no podía quitar la vista de ella. Maya, sin peluca. Llevaba el pelo recogido en una coleta, dejando caer tirabuzones dorados sobre su espalda. Vestía una túnica dorada y granate. No tenía ni idea de que cojones iba disfrazada, pero era como una diosa.
Estaba en su salsa, riendo, gesticulando, brillando entre dragones, pelucas y luces de neón. Maldita sea, parecía que el mundo entero giraba alrededor de su risa.
Me acerqué con paso decidido, intentando no parecer un idiota… demasiado tarde.
—He venido, pero… igual… —gruñí, tratando de no parecer un pulpo en un garaje.
Ella me miró y sonrió, cómplice.
—De eso nada. Estás aquí y no voy a dejar que te vayas.
Y por alguna razón, esas palabras me dejaron clavado en el sitio. Solo podía ver su pelo rubio. Sus facciones en un maquillaje que no emulaban un rostro oriental.
Durante la noche, descubrí cosas inesperadas: que los frikis no mordían, que algunos eran incluso divertidos, y que podía reírme sin sentirme ridículo. Y sobre todo, que con Maya al lado, hasta yo podía pasar un buen rato.
Al final, cuando la fiesta moría y la música bajaba de volumen, nos quedamos solos en la calle. Yo dudé un segundo, el maldito miedo a ser un capullo me golpeaba fuerte. Pero entonces ella me miró y, con esa sonrisa que podía incendiar cualquier cerebro, se acercó.
—Leo… —dijo suavemente, como si ya supiera todo lo que pensaba—. ¿Qué te ha parecido ser un tío normal por una noche y no un friki gris?
Reí como un idiota indefenso. Me incliné hacia ella, despacio, con cuidado de no romper nada y… nos besamos.
No había pelucas, ni pegatinas, ni cosplay. Solo nosotros. Ridículos, irritantes, inesperadamente felices.
©2025. Cristina Gram – Todos los derechos reservados.

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