
Parte 1
El anuncio brillaba en la pantalla de su teléfono como un neón:
“Piso céntrico, tres habitaciones, solo parejas”.
Eduardo miraba las fotos embelesado. Salón espacioso, luminoso, con terraza. Cocina equipada, tres dormitorios…
El sueño de cualquiera en la ciudad.
Ese era el piso que llevaba tiempo buscando. Tenía todo lo que él necesitaba, una habitación para él, otra para hacer un despacho y la tercera…
¡Claro! La tercera era la que le haría conseguir ese piso.
Porque él no tenía pareja. Ni un mísero ficus en común con nadie. Solo un historial sentimental lleno de nombres tachados.
Miró el móvil, suspiró y, sin pensar demasiado, escribió:
Edu:
Hola, Nuria. Necesito un favor.
Al otro lado de la pantalla, bastante más tarde, ella contestó:
Nuria:
Qué coño quieres ahora?
Ese mensaje olía a pólvora, a rencor y a hastío. En esas cuatro palabras se concentraba toda la rabia que Nuria acumulaba desde la ruptura.
Edu:
Tengo que proponerte algo que nos vendrá bien a los dos. Jugada maestra. Yo dejo este piso de mierda y tú te vas de casa de tu hermana. Mira.
Copió el enlace del anuncio. Ella dejó de estar en línea. Debía estar viendo el enlace. Volvió a los pocos segundos y escribió:
Nuria:
SOLO PAREJAS. Pensaba que sabías leer, Edu… ¿En serio me estás pidiendo que me vaya a vivir contigo? Estás fatal, de verdad.
De repente, el último ligue de su hermana entró en la habitación, sin avisar, como siempre lo hacían todos. La verdad, es que Nuria estaba harta de la falta de intimidad de esa casa. Pero… ¿vivir con Edu?
—Oye… tu hermana dice que sabes cocinar. ¿Me harías unos huevos? Ella ya se ha ido a currar y yo tengo hambre —dijo aquel tío con pinta de coprotagonista de Torrente.
Huevos, los que me tocáis todos a mí, pensó Nuria.
Y como una revelación, vivir con su ex no le pareció tan mala idea.
Nuria:
Podemos verlo hoy mismo?
Edu llamó al teléfono del anunciante y quedaron para esa misma tarde.
Parte 2
Se sentaron en el salón vacío de su nuevo piso, a lo indio, con el culo en el suelo de parquet. Como dos generales en un campo de batalla.
—Vale. Reglas claras desde el principio —dijo Nuria, cruzando los brazos—. Nada de convivencia. Crearemos horarios para cocina y baño, intentemos coincidir lo menos posible. Y visitas pactadas: no quiero a tus amiguitas rondando cada finde por aquí.
Edu sonrió, girando la cabeza para que ella no lo viera. Satisfecho con lo que parecían ¿celos?
—Perfecto. Cuando menos contacto, mejor—añadió para darle la razón—. Pero tendremos que idear un plan para la visita del Cancerbero.
—Uff… —sopló Nuria, ante el mote que le habían puesto al propietario del piso—. Dudo que sea legal eso de que pueda venir cuando le dé la gana a hacer inspecciones.
—Pues seguro. Pero o aceptábamos o no había piso. Así que tenemos que hacerle creer que somos pareja. Cada uno tendrá su habitación, pero convendría tener ropa y cosas en una sola: un libro en la mesita, alguna foto… que parezca de novios. Siempre podemos decir que la otra es para invitados.
Ella arqueó una ceja.
—No lo veo, Eduardo.
—Ha dicho que llamará siempre un poco antes de venir para avisar.
—¿Y qué haremos? —preguntó Nuria, fingiendo horror—. ¿Recibirle abrazados en el sofá viendo Netflix?
—Sí, exactamente —dijo Edu, disfrutando del pequeño sobresalto de ella—. O cenando tranquilamente, o limpiando la cocina…
—Disfrutas con esto, ¿no? —añade a la defensiva—. Olvidas que te odio, que me dejaste porque no querías compromisos, y que ahora estemos viviendo juntos es una curiosa manera que tiene el destino de reírse de mí.
—Vamos, este tío vendrá un par de veces a ver que está todo bien y seguro que luego nos deja en paz. Guárdate tu odio unos días. ¿Podrás?
Edu le tendió una copa de vino, al tiempo que fijaba su mirada en sus labios. Aquellos labios carnosos que disfrutaba besando.
Y no, no la dejó por no querer un compromiso con ella. Pero ahora, con los ojos fijos en su cara de muñeca enfadada, no era el momento de pensar en aquello.
Nuria sintió el escrutinio y se estremeció. Vació su copa de un trago, enfadada con ella misma por comprobar que Edu seguía teniendo ese poder sobre ella. Puso morritos. Como esas muñecas Bratz que él siempre le decía que le recordaba su cara.
Y mientras hablaban de reglas, turnos y horarios, algo inesperado comenzó a instalarse entre las paredes: el olor de una tregua.
Parte 3
El sábado a las ocho, Edu, en la cocina en calzoncillos, fregaba la cafetera, salpicando todo con agua y jabón. Nuria entró en pijama y moño alto, resbaló con el agua y casi se fue al suelo.
—¡Genial! Lo de coincidir lo menos posible empieza de lujo, y lo de ir vestidos te lo pasas por… —gruñó ella, agarrándose a la encimera.
—Es mi turno de cocina. Las normas no prohíben ir en gallumbos —contestó él, señalando su ropa interior.
El domingo a mediodía, ella cocinaba pasta mientras él tendía camisas en un tendedero plegable en el salón. Se cruzaban como dos desconocidos en un ascensor, evitando miradas. Hasta que el móvil de Edu vibró sobre la mesa:
Cancerbero:
Os visito en 10 minutos
—¡Me cago en todo! Nur, inspección en 10 minutos… —gritó Edu.
—¡Qué! —saltó ella.
—Dijo que siempre llamaría un poco antes… Pero no esperaba que “tan poco”.
Diez minutos después, el piso olía a pesto, suavizante y nervios. Habían tirado un par de libros en la misma mesilla, puesto un cepillo de dientes al lado del otro y escondido los pijamas separados.
—Esto es surrealista —murmuró Nuria, mientras repartía su comida en dos platos—. Encima me dejas sin comer, aquí no hay para dos.
—Sonríe —susurró Edu, sentándose a su lado y pasándole un brazo por el hombro—. Que parezca que somos felices.
Cuando sonó el timbre, ella notó como su corazón se aceleraba: empezaba la función.
El Cancerbero entró con su libreta y una sonrisa sospechosamente amable.
—Buenas tardes. Solo vengo a comprobar que todo esté en orden.
Edu volvió de abrir, se sentó en la mesa como si nada y pasó un brazo por el hombro de Nuria, que forzó una risa. El inspector paseó la mirada por la sala y luego por ellos dos.
—Se os ve cómodos. Así me gusta. Me gustan los muebles del salón. Voy a ver el dormitorio.
Nuria tragó saliva. Ya no tenía apetito. Edu sí se había acabado toda la pasta de su plato. El capullo encima había comido gracias a ella.
Los pasos del Cancerbero, volviendo hacia el salón resonaban en el ambiente.
—Cariño, ¿quieres café? —preguntó Edu desde la encimera, con su mejor sonrisa—. Y así aprovechamos y nos comemos también ese bizcocho tan rico que has preparado.
Yo no he hecho un bizcocho en la vida, pensó Nuria.
—¿Todo bien? —preguntó Edu al robusto hombre que entró al salón tomando notas en su libreta.
—Todo en orden por ahí dentro.
—¿Café y bizcocho?
Nuria tenía una gota de sudor en la frente. ¿Qué hacía el loco de Edu ofreciéndole bizcocho? ¡No existía ningún bizcocho! ¿Porque cojones ella nunca había aprendido a hacer bizcochos?
—Gracias, pero aún no he comido. Me espera mi familia en casa. Otro día quizá. Ahora os dejo acabar de comer tranquilos. Hasta la próxima.
Cuando se oyó la puerta cerrase Nuria volvió a respirar. Se levantó para llevar su plato a la cocina.
Edu llegó corriendo de la puerta y la cogió por la cintura levantándola por los aires.
—Parece que hemos pasado la primera prueba —gritó emocionado.
Nuria no puedo evitar reír mientras el giraba con ella en los brazos. Le gustó esa sensación, estar donde estaba, pegada a su cuerpo…
Edu la bajó y por unos segundos los dos se quedaron cara a cara.
Debe haberse jodido el termostato del aire, pensó Edu, sintiendo calor.
Nuria se deshizo del abrazo al momento. Entre incómoda y nerviosa.
Y con la intención de buscar con urgencia una receta de bizcocho.
Parte 4
El martes amaneció lluvioso. Edu estaba sentado en el suelo del salón, con el portátil en las rodillas, mientras hacía cuentas para el trabajo. Nuria entró con una bandeja de café y tostadas, todavía despeinada, en bata.
—He hecho de más —dijo dejando la bandeja en la mesa—. Pero no te acostumbres, ¿eh?
Él sonrió sin levantar la vista.
—¿Esto cuenta como violar el acuerdo de mínima convivencia?
—Esto cuenta. Y cuenta también que estés aquí y no en el despacho. Ahora es mi turno de salón —bufó ella sentándose enfrente.
El silencio duró lo que tarda una tostada en enfriarse.
—Por cierto —dijo ella, jugando con la cucharilla—. El sábado puede que se quede alguien a dormir. ¿Algún problema?
Edu levantó la mirada. Había tensión en su gesto. Nunca pensó que sería ella la primera en traer a otra persona. Ni tan pronto.
—¿Yo? —su voz sonó más aguda de lo esperado—. Me da igual. Fuiste tú quien puso pegas a traer compañía. Por mí como si cada semana traes a alguien.
Intentó no sonar celoso, pero dudaba haberlo conseguido.
—Perfecto entonces —dijo ella esbozando una amplia sonrisa que acabó de matar a Edu—. Y veo que sigues igual de alérgico al compromiso como antes.
Aquella puya le dolió. Otra vez ella recordándole porque pensaba que rompieron. Cuando la realidad no fue así. Pasó su mano por la frente y acabó apretando el puente de su nariz y respirando hondo.
—Diagnosticaron a mi padre. Alzheimer. Y pensé que iba a hundirme contigo. No quería arrastrarte en todo eso. Por eso te dejé. Necesitaba procesar todo aquello.
Nuria se quedó congelada.
—¿Me dejaste sin darme opción? —su voz subió un tono.
—Sí —murmuró él—. Era un caos y pensé que era lo mejor.
Ella se levantó de golpe.
—¡Eres un imbécil! —dijo con rabia contenida—. Yo pensando que eras un cobarde incapaz de comprometerse, cuando en realidad solo decidiste por los dos. Ni siquiera tuviste la confianza de explicármelo.
Edu también se levantó, acercándose sin querer.
—No quería que me vieras hundirme.
—Pues lo conseguiste. Me hundiste a mí —replicó ella, con los ojos brillantes.
Durante un segundo ninguno habló. Se oía la lluvia golpear los cristales.
—Lo siento, Nur —dijo él al fin—. Yo solo lo hice para protegerte.
Ella cogió su taza, intentando que no le temblara la mano.
—No tienes ni idea de cuánto me jodiste —murmuró antes de irse al pasillo—. ¡Y friega tú las tazas, gilipollas!— se oyó antes del portazo.
Edu se quedó solo en el salón, mirando la bandeja. Preguntándose en qué momento su piso compartido iba a volver al ambiente amistoso que habían conseguido.
Parte 5
El domingo amaneció con olor a café y nervios. Edu había madrugado más de lo normal y llevaba rato en el salón. Ahora estaba en la cocina preparando un desayuno improvisado cuando escuchó una puerta cerrarse. Se asomó al pasillo: una chica alta, con coleta, se despedía de Nuria.
—¡Hasta luego, guapa! Gracias por dejarme dormir aquí —dijo la chica con acento andaluz, colocándose una mochila en el
hombro.
Edu soltó el aire. Una amiga. Solo una amiga. Se sintió ridículo por el alivio que le subía al pecho.
Nuria, en cambio, ni le miró. Pasó directa al baño con su bata y el moño más alto de toda la semana.
Él volvió a la cocina murmurando:
—Perfecto. Silencio hostil para desayunar. Qué domingo tan prometedor…
No había terminado de servir el café cuando el móvil vibró en la encimera.
Cancerbero:
Os visito en 5 minutos.
Edu casi dejó caer la taza.
¡Mierda! ¡Justo hoy!, pensó.
—Inspección en cinco minutos! — gritó en dirección al pasillo.
—¡Me da igual! —respondió Nuria desde el baño—. Yo me voy a dar una vuelta. Arréglate tú con tu amigo Cancerbero. Dile que me he muerto.
Edu se pasó las manos por el pelo. En la casa no había nada romántico que montar; ni flores, ni bizcocho, ni ganas de fingir. Solo huevos revueltos y mal humor.
—Nur, por favor. Si nos pilla así, nos echa.
Nuria salió con los brazos cruzados.
—¿Así cómo? ¿Como dos adultos cabreados? Pues igual se cree que somos una pareja de verdad.
Edu la miró, y algo en su tono le arrancó una sonrisa.
—Vale, venga. Improvisemos.
Le sirvió café en la misma taza que él usaba y le pasó un tenedor.
—Tú te ríes de mis chistes y yo te sirvo desayuno. Pareja perfecta.
Cuando sonó el timbre, estaban sentados uno junto al otro en la mesa de la cocina, compartiendo los huevos del mismo plato como si fueran dos enamorados de anuncio barato.
Nuria le pinchó con el tenedor en el brazo justo antes de abrir la puerta.
—Buenos días —saludó el Cancerbero entrando con su libreta—. Vengo a comprobar que todo sigue igual.
—Claro, claro —dijo Edu, poniéndose de pie y pasándole un brazo por los hombros a Nuria—. Estábamos desayunando juntitos.
—Eso veo. Muy hogareños —respondió el propietario, mirando alrededor—. Me gusta ver parejas así, tan… unidas.
Nuria forzó la risa. Edu le apretaba la cintura y ella le pellizcaba los dedos por debajo de la mesa.
—El dormitorio está perfecto, ¿verdad? —preguntó Edu.
—Impecable —dijo el Cancerbero—. Pero veo que en la habitación de invitados está la cama deshecha. ¿Hay alguien más?
—Era la prima de Nur. Ha venido de visita de Granada. Pero ya se ha ido, que salía su vuelo temprano.
El Cancerbero río satisfecho con la respuesta.
¿Habría visto salir a la amiga de Nuria de casa?, se preguntó Edu.
—Muy maja, me la he cruzado en el portal —confesó el robusto hombre con una sonrisa.
—¡El cabrón ha venido a pillar! —susurró Nuria al oído de Edu.
Ante la cercanía Edu se vino arriba, y viendo de reojo como el hombre no les quitaba el ojo de encima, rio como si ella le hubiera confesado algo gracioso y dejó un suave beso en sus labios. Pillándola completamente desprevenida.
—¡Os dejo ya, pareja! —añadió el Cancerbero dirigiéndose a la puerta.
En cuanto se cerró, los dos se quedaron en silencio.
—Se te hinchan las aletas de la nariz cuando mientes —dijo Nuria, intentando no reír.
—Y tú eres una actriz pésima con esa sonrisa —contestó él, tensando una sonrisa rara.
Se miraron un segundo, con la tensión de los días pasados desinflándose como un globo.
—Segunda prueba superada —dijo ella al fin—. ¿Crees que quedan muchas más?
—Si en cada visita puedo besarte, espero que queden un montón —respondió él.
Se quedaron así, con el café frío y los huevos revueltos en medio, pero algo distinto flotaba en el aire. Por primera vez en mucho tiempo, parecía que podían volver a hablar sin lanzarse cuchillos.
—¿Hacemos un bizcocho de verdad para la próxima? —propuso ella.
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