
Capítulo 1 – Llegada catastrófica
Alex aparcó en la Plaza Mayor, aunque ese nombre no se correspondía con la realidad: aquello era una plazuela enana. Miró a su alrededor. Nada. Nadie. Empezó a pensar que ese retiro auto impuesto para recuperar a sus musas no iba a ser una buena idea.
Pero ahí estaba él, Alex Rey, el último escritor de moda. El que lo había petado con su primera novela de suspense, pero ahora no era capaz de escribir una sola palabra.
Bajó del coche con la mochila colgando y el portátil temblando bajo el brazo. La lluvia fina empapaba su chaqueta mientras la vieja casa que había alquilado parecía un decorado de película de terror. La puerta crujió al abrirse y un olor a polvo y madera húmeda lo recibió como una bofetada.
La casa era vieja, muy vieja, como todo lo que había en su interior. A Alex le dio un escalofrío.
Seguro que en esta casa ha muerto alguien, pensó al ver unas fotos muy antiguas colgadas de la pared del salón.
No hacía mucho frío, pero intentó encender la chimenea para darle calidez a aquel túnel del terror. Usó papel de periódico y unas cerillas que se negaban a prender. Después de tres intentos fallidos y un poco de humo entrando por la nariz, escuchó una risa clara y contagiosa detrás de él.
—¿Necesitas ayuda o quieres que llame a los bomberos? —dijo una voz desde la puerta.
Se dio la vuelta y vio a una chica, con las manos manchadas de tierra, botas de goma y una sonrisa que le hizo sentir ridículo y molesto. Tenía un cesto de verduras colgando del brazo y los ojos brillándole entre el pelo desordenado.
—Eh… solo… estoy practicando —tartamudeó Alex, consciente de que no tenía excusa.
—Sí, claro —rio ella—. Ven, que esto se hace así.
Le mostró cómo encender la chimenea con paciencia y una mirada que decía “urbanita perdido”. Mientras él tosía un poco por el humo, ella dejó un tarro de mermelada y una hogaza de pan sobre la mesa:
—Por si mueres de hambre antes de aprender a encender un fuego. Ha sido un placer conocerte. Me llamo Nora.
Alex la miró mientras salía de la casa, sin saber si estaba más avergonzado o enfadado.
Y así, con olor a humedad, humo y mermelada casera, empezaba su retiro literario. Sin saberlo, también empezaba algo mucho más complicado: intentar sobrevivir a la vida rural.
Capítulo 2 – Lecciones de campo
Alex se despertó, por primera vez en su vida, al sonido de los gallos. Se asomó por la ventana: el sol iluminaba la plaza vacía, y en el huerto de al lado Nora ya estaba de pie, descalza en la tierra, hablando con unas calabazas como si fueran viejas amigas.
—Buenos días, urbanita —gritó ella—. ¿Te apetece aprender a plantar tomates?
Alex tragó saliva y esbozó una sonrisa de autosuficiencia.
Plantar tomates. ¡Claro! Lo que siempre soñé, pensó con sarcasmo mientras se escondía de nuevo en el salón.
Se preparó un café y se sentó delante del ordenador. Tras no escribir ni una palabra, diez minutos después, se calzaba unas botas que olían a establo para salir al huerto.
—No soy el urbanita, me llamo Alex Rey. Ese Alex Rey del que habrás oído hablar —y volvió a poner esa sonrisa de antes al repetir su nombre con arrogancia.
Nora lo miró con los ojos muy abiertos, intentando entender sus palabras.
—Pues lo siento, Alex Rey. Nunca había oído tu nombre. ¿Eres famoso?
Alex negó con la cabeza, en un movimiento suave, recomponiendo los pedazos de su ego roto.
La primera lección fue un desastre. Alex confundió las semillas y terminó enterrando más tierra que semillas. Nora lo miraba, intentando no reírse demasiado.
—Creo que tus tomates van a salir… interesantes —dijo con una sonrisa divertida.
Luego vino la lección de riego. Alex, decidido a impresionar, abrió el grifo y el agua salió con mucha fuerza de la manguera, empapando a él mismo, a las plantas y, accidentalmente, a Nora.
—¡Hey! —gritó ella, sacudiéndose el agua de la chaqueta con una carcajada—. ¡Cuidado, Alex Rey!
Se miraron, empapados y riendo, y por un instante Alex se olvidó de la lista de excusas para su bloqueo.
Después llegó la cabra. Alex intentó ordeñarla, pero resultó que era macho. La cabra lo miró con ojos de reproche mientras él retrocedía, las manos llenas de estiércol y ese ego que antes había recompuesto, ahí volvía a estar hecho trizas.
—Bienvenido al mundo rural —dijo Nora, riendo a carcajadas y señalando al animal—. Pobre Raymon, no sabía de dónde ibas a ordeñar.
Capítulo 3 – Mercado y vecinos cotillas
El sol brillaba alto y la plaza del pueblo vecino, mucho más grande que la de su nuevo hogar, se llenaba de olor a pan recién horneado y hierbas secas. Alex arrastraba las últimas cajas mientras que Nora le indicaba dónde colocarlas en su puesto de verduras.
—Bienvenido al mercado —dijo ella, señalando un improvisado mostrador—. Hoy aprendes a vender sin parecer un urbanita perdido.
Alex asintió, con su sonrisa de “soy Alex Rey, el famoso”, aunque en su interior se debatía entre la ansiedad y el pánico.
No tardaron en aparecer los primeros vecinos. Un señor mayor, con bigote y mirada de abuelo sabio, les observó detenidamente.
—¿Hoy vienes acompañada, Eleonora? ¿Es tu novio? —preguntó, señalando a Alex.
Él tragó saliva y, sin pensar, respondió:
—Eh… no… somos socios en… horticultura estratégica.
Nora lo miró con los ojos muy abiertos y empezó a reír, cubriéndose la boca. Alex sintió cómo el calor subía a sus mejillas.
Luego llegó la señora de la panadería:
—¡Míralo! —gritó—. El nuevo del pueblo vecino… ¿Es verdad que eres famoso en la ciudad?
Alex negó con la cabeza, un poco avergonzado.
—No te preocupes, urbanita, di que sí —Nora le dio un codazo juguetón—. Y tu libro es realmente bueno, Alex Reyes —susurró a su oído.
Alex se quedó sorprendido: ¿Nora sabía quién era? ¿Lo habría sabido siempre?
El resto de la mañana fue un no parar de risas y situaciones incómodas: Alex no distinguiendo entre calabacines y pepinos, errores con las ventas y vecinos que le pedían autógrafos, aunque ni supieran porque era famoso… y Nora, a su lado, le guiaba.
Al final, se sentaron en un banco, exhaustos y cubiertos de polvo y sol. Nora le ofreció una pera recién recogida.
—Has sobrevivido a tu primera mañana de mercado —dijo con picardía.
Alex mordió la fruta, sorprendido por el sabor, y se encontró mirando a Nora con una mezcla de admiración y diversión.
—¿Has leído mi libro? Pensaba que no sabías quién soy
—¿Y tú sabes que en esta inhóspita tierra también llega internet? Tan fácil como buscar Alex Reyes y pum…
Aquella tarde, cuando Alex se sentó frente a la pantalla en blanco del ordenador, no tuvo problemas en arrancar a escribir.
Por primera vez, pensó que aquel retiro rural podía ser más atractivo de lo que había imaginado… especialmente si Nora estaba cerca.
Capítulo 4 – El ataque de las gallinas ninja
Alex se despertó al oír al gallo, se vistió rápido, convencido de que, sin la ayuda de Nora, sería capaz de alimentar a las gallinas y recoger los huevos. ¿Qué podía salir mal?
Se puso las viejas botas de goma y caminó decidido al gallinero con un cubo de pienso en la mano.
—Buenos días, damas —saludó con tono afectado—. Hoy seré yo, Alex Rey, quien os servirá el desayuno.
Las gallinas lo miraron con una mezcla de curiosidad y sospecha. Alex volcó demasiado pienso de golpe y una nube de polvo y grano se levantó como confeti. Aquello fue la señal: en cuestión de segundos, las aves se abalanzaron sobre él en un frenesí de alas y picos.
—¡Eh, eh, tranquilidad! —gritaba, intentando mantener el equilibrio mientras esquivaba picotazos—. ¡Que soy el proveedor, no el menú!
En su huida tropezó con un cubo y acabó sentado en el suelo, rodeado de plumas y cacareos indignados. Una gallina especialmente corpulenta, con cresta torcida, se le subió al brazo y lo miró fijamente como una jefa de clan.
—Vale… tú ganas —murmuró Alex, levantando las manos—. Me rindo.
Cuando Nora apareció por la puerta ya con su gorra y su cesta de verduras, la escena la dejó sin aire de la risa.
—¿Qué haces? —preguntó entre carcajadas.
—Solo quería unos huevos —respondió él con dignidad, sacudiéndose plumas del pelo—. Había pensado hacerte el desayuno.
Ella le ayudó a levantarse, todavía sonriendo:
—Primera lección de campo: las gallinas comen primero, el urbanita después.
Alex respiró hondo, recuperando un poco de su ego.
—Lo apuntaré en mi diario rural —dijo con tono solemne—: “Día 4. Sobreviví a las gallinas ninja”.
Nora se inclinó para recoger un huevo, se lo puso en la mano y le guiñó un ojo:
—Enhorabuena. Tu primer huevo de campo.
Alex lo miró como si fuera un trofeo.
—No será eso, ¿no? ¿No estarás escribiendo un diario rural? —preguntó Nora.
—¡No! —rio Alex—. No es mi género. Pero me sirve para inspirarme. Estoy escribiendo un thriller rural en el que una pedante urbanita llega a un pequeño pueblo. Nadie sospecha que, en realidad, es un asesino en serie que tiene atemorizada a la comarca. Será una joven y guapa vecina del pueblo quien descubra la verdad.
Nora lo miraba completamente fascinada.
—Ella y su gallina ninja serán las encargadas de la investigación —Alex acabó estallando en una carcajada.
—¡Idiota! Me lo estaba creyendo… —se quejó Nora.
Los dos se quedaron mirando, con un aura extraña entre los dos. Una comodidad que ahora daba paso a una tensión rara. Una tensión que nacía en sus estómagos y se extendía por todas sus terminaciones nerviosas.
—¿Y ese desayuno que vas a hacerme? —Nora rompió el silencio haciendo a los dos volver a ese gallinero.
Capítulo 5 – La noche de las estrellas fugaces
El cielo era tan oscuro que las estrellas parecían lámparas colgadas de un techo invisible. Alex salió al patio con una manta y dos vasos de vino. Llevaba días dándole vueltas a cómo agradecerle a Nora su compañía y, de paso, atreverse a decirle lo que sentía por ella.
Ella estaba allí, descalza sobre la hierba, mirando el firmamento.
—¿Has visto? Esta noche hay lluvia de estrellas —dijo, sin apartar la vista del cielo.
Alex se sentó a su lado, torpe como siempre.
—En la ciudad nunca se ve nada. Aquí hasta el silencio suena distinto —murmuró.
Nora sonrió. Aquel estirado que llegó semanas atrás y que no sabía diferenciar una col de una ortiga, ahora era, casi, todo un chico de campo. Y había aprendido a llevar esa vida lenta que a ella tanto le gustaba.
—Te estás volviendo un ruralita —bromeó—. ¿Te ha ido bien venir aquí?
—Mucho —dijo, bebiendo de su copa—. Llegué hace dos meses incapaz de escribir una sola palabra, completamente bloqueado. Y ahora, ya casi he acabado la novela.
—Me alegro de que la gallina ninja vaya a ser tu próximo best seller —le guiñó un ojo y él le sonrió de una forma que la hizo estremecer.
Se quedaron callados un momento, cada uno en su silla, mirando el cielo. El patio estaba impregnado de olor a jazmín. De pronto, una estrella cruzó el cielo. Nora cerró los ojos para pedir un deseo.
—¿Qué has pedido? —preguntó Alex.
—Si te lo digo, no se cumple. Pero tiene que ver con tomates que crecen rectos y gallinas menos salvajes —respondió riendo.
Él sacó valor:
—Yo he pedido poder seguir escribiendo aquí… y que me sigas enseñando a plantar tomates.
Nora lo miró, encantada con su respuesta, y por primera vez no hubo ni chiste ni carcajada. Solo esa tensión cálida que venía creciendo desde hacía semanas.
—Contigo mis musas han vuelto —dijo Alex, bajando la vista, avergonzado.
Nora alargó la mano y le quitó una pluma de gallina que aún tenía pegada al jersey.
—Porque a veces no hay que buscarlas, solo quedarse en el sitio correcto para que te encuentren —susurró.
Se quedaron así, hombro con hombro, mirando cómo otra estrella fugaz dibujaba una línea blanca en el cielo.
Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, los dos sabían que acababan de desear lo mismo: que aquella noche solo fuera la primera de muchas noches juntos.
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