las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 18

Álex, 30 años.

“Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena”.

Cuando Álex me escribió para quedar aquella tarde, ya sabía de qué quería hablar. Le debía una respuesta. Una a la que llevaba varios días dándole vueltas.

Nos vimos en el mismo bar donde tomamos vermut la primera vez. Esta vez pedimos café.

—¿Cómo estás? —preguntó él.

—Bien.

Los dos sonreímos. Y supe que ambos sabíamos que aquella conversación no iba a durar demasiado. Álex fue quien habló primero.

—Creo que me he pillado demasiado, Mandi —Me dolió que no intentara hacerlo rimbombante o dramático. Fue simplemente sincero y yo, incapaz de hablar, me defendí bajando la vista hacia mi taza—. Y tú no.

Negué despacio.

—No pasa nada.

¡Buf! Eso me dolió aún más.

—Sí pasa. ¡Joder, Álex!… Eres el mejor chico que he conocido nunca y me siento fatal por esto.

—Amanda… —sonrió con esa seguridad que tanto me gustaba.

—No puedo obligarte a sentir algo porque yo lo sienta.

Noté un nudo en la garganta.

—Estoy muy a gusto contigo. Para mí eso ya era suficiente… —confesé.

—Lo sé.

—Contigo he vuelto a…

No encontré la palabra pero él la encontró por mí.

—… vivir.

—Un poco sí…

Álex apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Pues quédate con eso.

Nos quedamos un rato hablando de temas más banales. De arquitectura. De música. De aquella primera vez que se rió de mí por decir monopatín o cuando lo llamé yogurín sin querer.

Y cuando nos despedimos, me abrazó fuerte. Un abrazo largo sin dramas ni promesas.

—Ha sido un placer conocerte, Mandi.

Sonreí con aquella pena, como cuando sabes que has perdido un tesoro que justo acabas de encontrar.

—El placer ha sido mío.

Lo vi alejarse calle abajo. Y pensé que ojalá todas las historias que terminan pudieran hacerlo así.

***

La semana pasó bastante tranquila. Por suerte —o por desgracia— no tuve que ir al despacho de Gabriel. Y él, estuvo todas las mañanas sin aparecer por el office de mi planta.

El jueves, mientras yo guardaba unos papeles, Lili empezó a sonreír de esa forma que siempre presagia un desastre.

—Hemos tenido una idea —Negué con insistencia—. Ni la has oído, Amanda.

—Ni falta que me hace. Ideas de bombero… ¡no gracias!

Marga ya estaba entrando en el juego.

—Habíamos pensado que mientras tus niños estén en natación… nosotras podemos tomarnos un vino. Y casualmente…

Las miré. Las dos tenían esa expresión. La de las ideas de bombero.

Volví a negar, esta vez con chasquido incluido y movimiento de dedo índice.

—Mi cuñado juega al pádel con un tío muy majo.

—No.

—Está divorciado.

—No.

—No tiene hijos.

—No.

—Y tiene pelo.

Las volví a mirar, horrorizada.

—¿Ese es el listón que tenéis para mí? 

Las dos rompieron a reír pero sonó el teléfono interno.

—Amanda, ¿puedes subir un momento?

Resoplé. Recogí algo de mi mesa  y subí. Cuando entré, él no levantó la cabeza del teclado.

—Buenos días, Gabriel.

—Buenos días —Me señaló la silla de siempre—. Va a ser solo un momento.

Mientras explicaba unas incidencias, me di cuenta de algo. Ya no me intimidaba tanto estar en aquel despacho.

—Quería pedirte una cosa.

Esperé.

—Últimamente estamos pasando bastante tiempo trabajando juntos.

Asentí.

—Y ya sabes cómo funcionan las oficinas.

Mi sonrisa desapareció poco a poco.

—La gente habla.

Miré al suelo. Y entonces entendí las miraditas raras de Marimar durante toda esta semana.

—No quiero que nadie piense que tienes un trato diferente al del resto del equipo.

Su tono era frío y profesional. Demasiado seco. Como si la cena en la sala de juntas o el viaje en moto nunca hubieran ocurrido. Y eso me escoció.

—Prefiero que mantengamos cierta distancia.

Tardé un segundo en responder.

—Claro.

De pronto sentí la imperiosa necesidad de salir de allí. Cogí una carpeta que me pidió revisar y la apreté contra mi pecho, como un escudo. 

—¿Algo más?

Él negó despacio.

Salí del despacho con una sensación extraña. No era enfado, ni tristeza. Solo ese pinchazo en el pecho que te deja alguien cuando, sin haber prometido nada, parece empeñado en recordarte que nunca hubo nada que prometer.

Y mientras bajaba las escaleras, decidí que Lili y Marga podían presentarme al funcionario.

Total… ¿Qué podría salir mal? 

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