las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 17

Álex, 30 años.

    “Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena”.

    Terminamos de trabajar cerca de las once.

    Cuando cerré la última carpeta tenía la sensación de haber envejecido tres años entre aquellas sobrias paredes.

    —¡Ya está! —anunció Gabriel mientras apagaba el ordenador.

    Salimos juntos del edificio. La calle estaba casi vacía y el aire de la noche olía a frescor de primavera.

    Miré alrededor buscando un taxi.

    —¿Quieres que te lleve? —preguntó. Yo dudé unos segundos.

    —¿Dónde tienes el coche?

    Gabriel señaló unos metros más allá. Seguí la dirección de su mano y me quedé mirándola como si fuera un espejismo. 

    —No puede ser tuya. 

    —¿Por?

    —Porque es una Indian Scout Bobber. Y la gente que ordena los cubiertos por simetría suele conducir un Volvo familiar, no una moto como esta.

    Soltó una carcajada. Una de verdad.

    —¿Un Volvo?

    —¡Sí! Gris. Familiar. Aburrido.

    Y no tuve claro si hablaba del coche… o de él.

    Negó con la cabeza mientras me tendía un casco.

    —Te decepcionaría saber la cantidad de cosas que das por hechas sobre mí.

    El viaje fue mucho menos tranquilo de lo que imaginaba.

    Empecé por no saber en dónde poner las manos. Y sujetarme del asa trasera me pareció lo más elegante.

    Duré exactamente dos semáforos. En la primera aceleración casi salgo despedida hacia atrás.

    Gabriel soltó una risa que el casco apenas consiguió amortiguar.

    —Puedes agarrarte.

    Lo hice. Solo lo justo para no caerme.

    Paró delante de mi portal.

    —Gracias por traerme.

    —De nada.

    Hubo un silencio corto. De esos en los que ninguno parece tener prisa por irse.

    —Buenas noches, Amanda. Que pases un buen fin de semana.

    —Buenas noches, Gabriel.

    Esperé a que arrancara antes de entrar.

    Y no entendía por qué.

    ***

    El sábado quedé con Álex.

    Llevábamos riéndonos media tarde. Comimos, paseamos y terminamos tomando algo en una terraza.

    Todo seguía siendo fácil. Cómodo y relajado, como siempre.

    Hasta que dejó su vaso sobre la mesa.

    —Mandi, tenemos que hablar.

    Ahí fue cuando se activó mi alarma. Nunca sale nada bueno después de un «tenemos que hablar».

    —Dime —fingí una sonrisa de tranquilidad.

    Respiró hondo.

    —Me gustas mucho.

    Sonreí, ahora sin fingir. Pero él no había terminado.

    —Y sé que dijimos que sin complicaciones… pero yo ya no estoy ahí.

    Sentí un pequeño vuelco en el estómago.

    —Álex…

    —No te estoy pidiendo nada ahora mismo. Solo… quería que lo supieras.

    Se quedó callado. Esperando.

    Y yo descubrí que no sabía qué responder.

    Porque Álex me gustaba. Muchísimo. Me hacía reír. Me hacía sentir deseada y había despertado sensaciones en mí que ni yo misma recordaba.

    Pero…

    Cuando imaginaba mi vida… él no estaba allí.

    Y eso me dolió.

    Porque, por primera vez desde que me divorcié, el hombre que quería algo serio no era el mismo con el que yo podía imaginar un futuro.

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