las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 19

Mario, 47 años.

«Amigo del cuñado de Marga. Divorciado. Funcionario. Y ya sabéis lo que significa cuando un cuñado describe a un hombre como muy majo»

—No sé por qué he aceptado esto —murmuré mientras veía a mis hijos desaparecer hacia la piscina con el monitor.

Me senté en la terraza del bar del polideportivo.

Cinco minutos después apareció Mario. Y detrás de él…el cuñado de Marga.

Un señor de unos cincuenta y cinco años con polo metido por dentro del pantalón, llavero colgando del cinturón y unas gafas de sol apoyadas sobre la cabeza como si estuviera a punto de inaugurar una rotonda.

—¡Hombreee! —saludó antes incluso de llegar a la mesa—. ¡La famosa Amanda!

Empezamos bien.

Nos dimos dos besos. Mario sonreía con cierta timidez, aunque bien podría haber sido por vergüenza ajena.

El cuñado, en cambio, parecía estar encantado de conocerse.

—Bueno, yo os dejo solos… —dijo.

Suspiré aliviada.

—…pero primero me tomo una cañita con el Mario y la chica guapa. Es guapa, ¿eh? Mírala. Está muy bien…

¿Por qué ese imbécil hablaba de mí como si yo no estuviera presente?

Pidió una cerveza, luego otra y decidió convertirse en representante oficial de Mario.

—Es un tío de puta madre.

Mario sonrió con una clara cara de vergüenza ajena, ahora no tenía ninguna duda.

—Tiene plaza fija y no tiene vicios.

Asentimiento forzado.

—No fuma. No bebe… Y no folla… Bueno, hoy igual sí, ¿eh? —me guiñó un ojo—. Que para eso estamos aquí.

Lanzó una sonora carcajada. Lo triste es que el chiste solo le hizo gracia a él.

Yo alternaba la mirada entre el cuñado y Mario esperando que, en algún momento, alguien me viniera a avisar de que alguno de mis vástagos estaba apunto de ahogarse. No porque deseara ningún mal a mis hijos. Solo necesitaba una excusa para salir corriendo de allí.

Pero no ocurrió.

—¿Y tú qué a qué te dedicas, Amanda? —preguntó por fin Mario.

Abrí la boca.

—Trabaja en una empresa muy importante —respondió el cuñado por mí.

Lo miré. Él me guiñó un ojo con una leve sonrisa de complicidad. Eso me gustó.

Intenté recuperar la conversación.

—¿Y a ti qué te gusta hacer, Mario?

Y antes de que pudiera contestar…

—Juega al pádel los martes y los jueves —intervino otra vez el cuñado—. Aunque ahora menos porque hace poco se hizo un esguince en el ligamento cruzado.

Silencio.

—Y seguro que hace unas lentejas… —me burlé mirando al cuñado.

—Buenísimas —remató.

Respiré hondo.

—¿Hay alguna pregunta que pueda responder él solo?

Mario soltó una carcajada.

Por suerte, sonó el teléfono del cuñado.

—Bueno, me voy, que mi mujer ya me reclama.

¡Aleluya!

Cuando desapareció, Mario se pasó una mano por la cara.

—Perdón.

No pude evitar reír.

—No pasa nada.

Y curiosamente…

Ahora sí. Ahí apareció Mario, y resultó ser un hombre amable, educado, con gran conversación y hasta con sentido del humor.

Y mientras lo escuchaba entendí algo. 

Estaba a gusto, sí. Pero no era él.

Nos despedimos con dos besos y los dos supimos que nunca volveríamos a quedar.

***

El viernes llegué a la oficina convencida de que mi vida sentimental había vuelto a aquello de «que pase el siguiente».

Marimar apareció a los cinco minutos con esa sonrisa de quien trae información no solicitada.

—¿Sabéis quién ha subido al despacho de Gabriel esta mañana?

—No —contestó Marga.

—Yo.

Levanté la vista. Seguía sonriendo. Demasiado, sobre todo porque Marimar no era sonriente. 

—Me ha pedido unos documentos.

—¡Qué bien! —conteste por educación.

—He estado arriba casi media hora. ¿No es raro que me haya llamado a mí y no a ti?

No moví mi mirada de la pantalla y asentí de forma mecánica. Ella parecía decepcionada por mi absoluta falta de interés.

—Es que en la tercera planta se trabaja de otra manera…

—Marimar. —La interrumpí—. Sé perfectamente cómo se trabaja en la tercera planta. Si ya has acabado de vanagloriarte por haber ido a hacer fotocopias, queremos seguir trabajando…

Marga tuvo que girarse para esconder la risa.

Marimar resopló y volvió a su mesa.

Cinco minutos después, la puerta de la oficina volvió a abrirse.

Entró una chica joven. La chica joven. 

Iba en vaqueros y sudadera. Una mochila colgada del hombro. Y una sonrisa enorme.

—Perdón… ¿Gabriel está arriba? —preguntó al hombre de la recepción y este asintió.

Subió corriendo por las escaleras.

Lili levantó una ceja.

Yo fingí seguir escribiendo.

***

A la hora de salir, Lili, Marga y yo hablábamos junto a la puerta.

Gabriel y la chica salieron de la oficina. Ella cotorreaba sin parar. Él la escuchaba con esa sonrisa que ya conocía demasiado bien. Sonrisa sin contacto, ni manos, ni besos.

Solo complicidad.

Pasaron por delante de nosotras y Gabriel ni siquiera giró la cara.

—Hasta el lunes, chicas —dijo con la vista al frente.

—¡Hasta el lunes! —respondieron Marga y Lili, yo preferí no contestar.

Desaparecieron juntos por la avenida principal.

Lili esperó exactamente tres segundos.

—¿La novia del otro día?

—La misma —sentenció Marga.

Yo desbloqueé el móvil.

—Pues espero que sea muy feliz con ella —farfullé.

Y, por alguna razón completamente absurda, abrí Tinder.

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