Marga, 47
«Amiga leal, compañera excelente. Y posiblemente, próxima desempleada».
No acababa de creerme que el nombre de mi amiga figurara en aquella carta de despido.
—¿Quieren echar a Marga? —pregunté sin apartar la vista de aquella hoja.
Gabriel asintió despacio ladeando la cabeza.
—Todavía no.
Le miré, descolocada.
—¿Cómo que todavía?
—Todavía no está firmado.
Respiré aliviada, aunque solo fuera un poco.
—¿Qué ha pasado?
Gabriel se levantó. Dio un par de pasos hasta el ventanal y permaneció unos segundos mirando las fachadas cercanas.
—La empresa va a hacer una reestructuración de plantilla.
No me gustó nada aquella palabra.
—Van a prescindir de varios puestos.
—Somos tres haciendo el mismo trabajo, ¿porque ella?
No respondió inmediatamente.
—¿Preferirías ser tú?
Sentí las puñaladas a la vez. De la que me acababa de salvar y la que parecía que yo misma acababa de darle a Marga solo con mi pensamiento.
—Pero Marga lleva aquí… —intenté mediar.
—Lo sé.
—Trabaja muy bien, Gabriel…
—Lo sé.
—Y nunca falta, ni llega tarde.
—¡Joder, Amanda! También lo sé.
Y lo miré desconcertada. Aquello que vi en su mirada… ¿era culpa?
—Entonces ¿por qué ella?
Gabriel apoyó una mano en el cristal y se desabrochó el primer botón de su camisa.
—Porque las decisiones no las toma el mismo imbécil que firma las cartas.
Aquella frase me descolocó.
Hasta ese momento siempre había pensado que Gabriel era el ser frío de todas las películas de oficina. El jefe malvado que disfruta despidiendo gente. De repente me di cuenta de que quizá también era simplemente un ser humano con corazón.
—¿Y qué quieres de mí?
Gabriel se giró por fin, mirándome a los ojos y entrelazando sus manos sobre la mesa.
—Necesitaba que conocieras una situación que puede afectarte directamente.
Negué con la cabeza.
—No. Lo que necesitas es que alguien te diga que despedir a una mujer que lleva veinte años dejándose la piel por esta empresa tiene sentido.
Silencio.
—Y siento decirte que esa no voy a ser yo.
—Amanda…
—No. Escúchame tú ahora.
Era la primera vez que lo interrumpía.
—Marga es la primera que acude cuando alguien necesita ayuda. Se queda horas extra sin protestar. Enseña a los nuevos. Cubre vacaciones. Nunca ha dado un problema.
—¿Has terminado?
Respiré hondo.
—Sí.
—Bien. Ahora escucha tú.
Cogió la carpeta.
—Todo eso que acabas de decir… ¿Puedes demostrarlo?
Me quedé callada.
—¿Hay evaluaciones?
Negué.
—¿Incidencias positivas?
Negué otra vez.
—¿Reconocimientos oficiales?
Nada.
Gabriel apoyó un dedo sobre la carta.
—Si tienes argumentos para salvarla, dámelos. Porque si existen, créeme… soy el primero al que le interesa encontrarlos.
Bajé la vista hacia la carpeta por última vez.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Unas horas. El próximo lunes empiezan los despidos.
Asentí despacio.
—Entonces voy a encontrar esos argumentos.
Gabriel sostuvo mi mirada unos segundos.
—Eso espero.
Me levanté y salí del despacho.

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