las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 20

Sergio, 48

«Bombero. Apago fuegos y enciendo corazones».

La bio ya se las prometía. No creo que haga falta describir la foto de perfil, os la podéis imaginar. Marcando bien la manguera.

Pero para lo que yo quería en ese momento, era perfecto. Le propuse vernos en un hotel. Toda una declaración de intenciones.

Lo ví llegar a lo lejos. En su espalda podría cobijarse una familia de cuatro. Puro músculo.

—Hola, preciosa —me dió dos besos más lentos de lo correcto.

—Hola.

—¿Subimos?

Sin cerveza. Sin paseo. Sin preámbulos. Y eso me gustó.  

La cita estuvo bien. Disfruté, sí. Muchísimo. Pero no fue como con Álex. 

Me vestí nada más acabar y me fui a mi casa. Yo no estaba para cariñitos.

Fue a la mañana siguiente cuando le vi las orejas al lobo.

«¿Cómo estás hoy, princesa?… ¿Ya desayunaste?… Abrigate que hace frío… ¿Has llegado bien al trabajo?… ¿Qué tal te va la mañana?».

Y así hasta veinte mensajes en menos de una hora.

Llegué a la oficina bastante agobiada. 

—Pues yo dejaría que me apagara el fuego toda la noche —dijo Marga—. Espero que quedes con él de nuevo.

—No sé. Mirad —mostré el chat con todos sus mensajes sin responder—, esto es demasiado, ¿no?

—Un chico que se preocupa, sin más —dijo Lili.

***

Le di otra oportunidad y quedamos aquella tarde de nuevo. El mismo hotel. La misma habitación. Otro polvo fantástico.

Mientras me subía la cremallera de las botas Sergio se colocó a mi espalda, besándome el hombro.

—¿Por qué tanta prisa? La habitación está pagada hasta mañana.

Sonreí sin girarme.

—Porque mañana trabajo.

—Puedes entrar un poco más tarde —Me abrazó por la cintura.

—No puedo.

—Pues pide el día. Que nos suban el desayuno aquí. Luego damos un paseo, comemos juntos…

Empecé a notar esa presión en el pecho que aparece cuando alguien empieza a planear tu día sin haberte preguntado a ti antes.

—Sergio…

—O mejor. Vente esta noche a mi casa. Tengo una terraza increíble. Hacemos una barbacoa. Mañana desayunamos allí y ya te vas a trabajar.

Me giré despacio.

—Me conociste ayer.

Él sonrió con una ternura desarmante, que hizo que se me erizara la piel. 

—Cuando algo merece la pena, ¿para qué esperar?

Ahí estaba el problema. Yo había ido buscando un polvo y él me estaba organizando la vida.

Salí despavorida de aquella habitación y lo bloqueé.

***

Al día siguiente les conté a las chicas toda la escena. 

—¡Pero cómo ha cambiado el cuento!… —canturreó Marga—. De la Amanda que buscaba el amor, a esta pecadora en búsqueda de placer sin complicaciones. Muy bien, pequeño saltamontes.

—Calla, boba —reí, tirándole un boli a la cara—. Me voy a por un café, ¿quereis algo?

Al llegar el office estaba vacío. Mientras se preparaba el café, aproveché para rellenar las cestas de azúcar y edulcorante.

Me tomé el café mirando el móvil, estaba viendo un video de perritos, de esos que miras con cara de lela.

No lo oí llegar.

—Amanda.

Di un respingo. 

Gabriel estaba frente a mí, apoyado en la barra.

—Necesito el informe que te he pedido por correo. 

Asentí.

—Envíamelo en menos de media hora.

—Claro…

Se dio media vuelta y cuando ya estaba saliendo del office lo oí murmurar, casi para sí mismo:

—Siempre igual… ¡Puto móvil, hostia!

 Y me quedé con más cara de lela aún.

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