Amanda, 44
«Desde hoy, investigadora privada especializada en salvar a amigas del departamento de Recursos Humanos».
Unas horas. Solo eso para demostrar que Marga merecía seguir allí.
—¿Te pasa algo? —preguntó Lili nada más verme llegar a mi mesa.
—¿A mí? Nada.
—Pues tienes la misma cara que cuando viste llegar a mi cuñado con tu cita del polideportivo.
Marga siguió sin levantar la vista del ordenador.
—¿Qué ha pasado hoy con el insufrible y bello dios romano de Gabriel?
Yo sonreí por compromiso. Si ellas supieran…
Aquella misma mañana empecé a hacer preguntas. Cuanto antes mejor.
Fui tanteando a varios compañeros con mucho cuidado.
—Oye, Paco… ¿Quién te enseñó a usar el programa cuando entraste?
—Marga.
Lo apunté.
Cinco minutos después.
—Sandra… ¿Quién organizó la mudanza de la segunda planta?
—Marga, claro.
Otra anotación.
Casi antes de irnos.
—Javi… ¿Quién cubrió tu baja el año pasado?
—Marga.
A la hora del almuerzo tenía una hoja llena y una conclusión desesperante. Todo el mundo sabía que Marga era imprescindible.
Pero no sabía cómo demostrarlo con números, que era lo único que sabía entender aquella gente de la tercera planta.
***
Cuando muchos compañeros ya paraban para hacer la pausa de la comida sonó el teléfono interno.
—Amanda, ¿necesito que subas antes de irte a comer?
Noté cómo Marimar levantaba la cabeza por encima del monitor.
Sonreí para mis adentros.
Cinco.
Cuatro.
Tres…
—¿Otra vez? A ver qué es lo que pasa aquí, ¿eh?
La tiparraca era tan previsible.
Subí sin contestarle, a ver si encima me iban a echar a mí también por alentar rumores tontos.
Cuando entré, Gabriel seguía de pie junto al ventanal.
Le tendí mi hoja y la leyó despacio. Exasperantemente despacio.
—Todo eso es cierto —le dije
—Lo sé.
Dejó el papel sobre la mesa.
—Pero no me sirve.
Noté cómo toda la ilusión que había acumulado durante la mañana se desinflaba de golpe.
—Yo he hecho la investigación de campo. Ahora eres tú el que debe transformar eso en los datos que necesitan tus amiguitos de esta planta.
Silencio. Resoplé.
—Qué injusto es todo esto.
Gabriel tardó unos segundos en contestar.
—Bienvenida a mi mundo. El apasionante departamento de Recursos Humanos.
Por primera vez no sonó arrogante, sonó cansado.
—Pues vaya mierda tu mundo.
Cuando iba a salir, me detuve con la mano en el pomo.
—¿Dónde buscarías tú?
Gabriel levantó la vista.
No respondió enseguida.
—Piensa quién nota de verdad cuando alguien hace mal su trabajo.
Fruncí el ceño y me quedé bajo el marco de la puerta dándole vueltas: clientes, dirección, compañeros…
Negué con la cabeza.
Si alguien podía medir el trabajo de una persona…era quien medía el dinero.
Me giré de golpe de nuevo hacia él.
—¡Finanzas!
Gabriel asintió una vez.
—Ahora sí estás pensando.
Bajé las escaleras casi corriendo. Entré en la segunda planta sintiendo que quizá todavía no era demasiado tarde.

Deja una respuesta