Massimo, 50
«Italiano de vacaciones en España. Voi volare con me?»
La bio ya me había ganado. Un italiano de paso. Cincuenta años. Pelo canoso. Camisa blanca remangada y esa sonrisa de quien lleva toda la vida diciendo «ciao, bella» fulminando ropa interior femenina a su paso.
Acepté la cita por pura curiosidad.
Y porque después del bombero intenso, un poco de acento italiano me parecía casi obligatorio.
Llegó a mi mesa.
—Amanda…
Me cogió la mano y me dio un beso en el dorso.
—Piacere.
Ay, madre…
La cena fue una delicia. Yo solo lo oía rematar las frases con un «Bellissima» y miraba el movimiento de sus manos, casi hipnóticas.
Hubo un momento tenso en el que discutió con un camarero.
—Cazo! La carbonara non si fa con la panna.
Yo no entendía ni la mitad de lo que decía. Pero sonaba estupendamente.
Caminamos por el centro, y acabamos cerca de la playa.
Nos sentamos en un banco, mirando el mar.
—Scopiamo?
Y no supe qué significaba aquello hasta que horas más tarde lo busqué en internet. En aquel momento no me hizo falta traductor, solo ver la intensidad de su mirada.
Nos fuimos a su hotel y pasé una noche estupenda. Massimo acabó siendo el amante que aparentaba.
Y al acabar nos despedimos, como dos personas formales, sin promesas, sin intensidades extrañas ni promesas falsas.
—Adiós, Massimo. Que te vaya todo bien.
—Ciao, bella Amanda. Ci vediamo in un’altra vita.
***
Al día siguiente yo solo deseaba que acabara la jornada poniendo así fin a la semana.
—No me creo que fuera un italiano de paso. Seguro que un día te lo encuentras en el Mercadona —dijo Lili, desconfiada.
—Pues nos saludaremos como dos viejos amigos.
—¡Este hombre es insufrible! —gritó Marimar al llegar a su mesa, queriendo así ser escuchada por todo el personal de la primera planta.
—¿Problemas con Gabriel? —tanteó Marga.
—Es odioso. Es repelente… Entiendo que te alegraras por no subir más a su despacho —dijo, clavando su mirada en mí.
«¿Me alegraba?», pensé.
—Pero lo siento por tí porque quiere que subas. Parece ser que yo no lo entiendo tan bien como tú.
Y otra vez la miradita con segundas.
—Si pusieras el mismo esfuerzo en trabajar que en los chismes de oficina me juego lo que quieras a que podrías seguir en ese despacho con él —dije, susurrando, al pasar por su mesa en dirección a la tercera planta.
Cuando llegué al despacho Gabriel estaba sin americana. Había papeles repartidos por toda la mesa y se le veía en la cara que estaba realmente agobiado.
—Sé que dije que era mejor mantener las distancias. Pero este tema no quería tratarlo con Marimar. Necesito máxima discreción.
Me senté en la silla frente a él. Miré los papeles con poco disimulo pero no pude ver mucho con tanto desorden.
Entonces deslizó una carpeta hacia mí.
—Léelo.
Bajé la vista.
«Carta de despido».
Sentí un vuelco en el estómago.
Debajo del título aparecía un nombre.
Margarita Díaz Solano.
Se me heló la sangre.
—¿Marga?

Deja una respuesta