Gabriel, 49 años.
«Obcecado, hijo de pescadores y el hombre capaz de lograr que Amanda olvide su propio nombre con una mirada».
La lubina estaba espectacular, pero yo apenas podía concentrarme en los sabores. Mi mente seguía atrapada en bucle en sus últimas tres palabras: «Pues qué pena…».
Mi cabeza era como una turbina. Qué pena, ¿qué? Que yo fuera desordenada. Qué pena no poder venir a mi casa. Qué pena tener novia. Qué pena, ¿qué?
Tonet y Senteta iban y venían, trayendo más comida, vino y una calidez que consiguió que aquella cena fuera como una reunión familiar.
Me encantó ver que con ellos, Gabriel no era un robot. Se reía con ganas, hablaba del mar, recordaba anécdotas de su infancia y ayudaba a recoger los platos vacíos.
—Hacía tiempo que no lo veía sonreír así —me susurró Senteta al oído mientras retiraba la fuente de la lubina—. Siempre he pensado que este chico trabaja demasiado y ahora Paula lo lleva un poco loco. Me alegro de que tú le entretengas, Amanda.
Me quedé de piedra. Quise aclararle que yo solo era la administrativa que le ordenaba los Excels y le espiaba en los parques, a él y a esa Paula, por lo que veía.
Y yo… ¿le entretenía? Lástima que Senteta desapareció detrás de la cortina.
Nos quedamos a solas con las copas de vino. La luz del faro seguía barriendo la playa a lo lejos, a través de la ventana.
—¿En qué piensas? —preguntó Gabriel, apoyando los codos en la mesa y mirándome fijamente de nuevo.
«En Paula. En que soy un entretenimiento para ti». Pero no me atreví a verbalizarlo.
—En que tenías razón cuando me dijiste que daba por hecho muchas cosas sobre ti —confesé, dando un sorbo para ganar valor—. Me ha gustado conocer hoy a este Gabriel. «Aunque sea un cabrón que juega a dos bandas», pensé.
Él bajó la vista hacia su copa, haciéndola girar despacio.
—En la oficina tengo que ser Terminator, Amanda. Si dejo que vean al hijo del pescador, se me comen vivo.
Pensé en la carta de despido de mi amiga de nuevo.
—¿Por qué me pediste ayuda con lo de Marga?
Levantó la cabeza. Sus ojos oscuros volvían a tener esa intensidad que me hacía olvidar cómo se respiraba y cada vez me daba más rabia ese poder que ejercía sobre mí.
—Te pedí ayuda porque eres la única persona en ese edificio que no me mira como si fuera un monstruo. Y porque… —hizo una pausa corta, humedeciéndose los labios.
El corazón me dio un vuelco tan violento que creí que Tonet lo escucharía desde la cocina. Por un momento imaginé cómo podría continuar esa frase.
—…Marimar no es tan rápida como tú.
—Ya… —susurré, de repente, decepcionada.
—¿No querréis un licorcito de arroz o un orujito de hierbas? —se oyó la voz de Tonet por detrás de la cortina.
—No, gracias —dije, y miré mi reloj de forma instintiva.
—Es tarde —dijo Gabriel levantándose y haciendo un ruido brutal al arrastrar la silla de madera con él.
Y me cagué en mi estampa por haberme mirado la muñeca. Yo no quería que esta cena acabara todavía. ¿O sí? Me estaba volviendo loca, de remate.
Nos despedimos de Tonet y Senteta. Ambos abrazaron a Gabriel.
—No tardes tanto en volver —dijo Tonet.
—Y ojalá vengas con Paula, mejorando lo presente —aclaró Senteta.
Otra vez la dichosa Paula. La novia joven y risueña. Cogí aire abriendo las aletas de la nariz.
Salimos de la barraca cerca de la medianoche. El frío del exterior me golpeó, pero no tanto como oír ese nombre de nuevo.
Paula, Paula, Paula.
Gabriel arrancó la moto y me tendió el casco. Me subí detrás y me resistí a pasar los brazos alrededor de su cintura. Intenté ir lo más separada posible de él durante todo el trayecto.
Le guié hasta mi portal. Apagó el motor. El silencio de la calle era total.
Me bajé de la moto aún con las dudas sobre mi cabeza.
Gabriel se aclaró la garganta, y vi cómo recolocaba de forma milimétrica la correa del casco sobre el manillar. Inquieto.
—Hasta mañana, Gabriel. —Le devolví el casco y me giré. Dejando claro que la noche acababa en aquel momento.
—Espera —alzó un poco la voz sobre la quietud de la madrugada—. Sé que tienes una vida, Amanda. Y sé que tu teléfono no para de vibrar. Pero la tarde del parque… la chica con la que iba es…
—¿La tal Paula? —corté y él asintió—. Mira, Gabriel, es mejor que lo que ha pasado en la barraca se quede en la barraca. Ya sabes cómo funciona esto. Tú mismo lo dijiste. La gente habla, y no queremos chismes de oficina.
Apreté los dientes y los puños.
Entrecerró los ojos por un segundo, de nuevo, como si no me entendiera. Pero volvió a su mirada habitual, la de la oficina. La de Terminator.
—Por supuesto. Un jefe y una administrativa no cenan lubina en una playa. No se volverá a repetir. Buenas noches, Amanda.
Entré en mi portal sin mirar atrás, escuchando el rugido de la moto alejarse.
Saqué el móvil del bolso. Tenía dos notificaciones de Tinder. Lo ideal para conseguir distancia. Tú tan Terminator y yo tan Samantha Jones.
Siempre odié a Carrie, aunque esa noche lloré como ella.

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