las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 28

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José Luis, 45 años

«El pescado que cocino es el mejor del mundo… si te animas a probarlo no te arrepentirás».

En ocasiones normales, esa bio me habría hecho descartar ese perfil de inmediato, pero mira… Después de lo atravesada que se me había quedado la lubina en la barraca de Tonet, necesitaba que una cita me entretuviera un rato. Y lo del pescado me pareció casi una premonición del desastre. Pero de perdidos al río.

Llevaba todo el martes cabreada por no haber visto a Gabriel en todo el día. Así que me pasé el rato chateando con José Luis. 

Me citó en su casa. Obvio… ¿dónde sino iba a cocinar? 

Como siempre que tenía una cita, compartí mi localización con Lili y Marga y prometí irlas avisando a cada rato.

Llegué a su casa a la hora acordada. Por si acaso, pregunté al conductor de Uber si ante una emergencia podría llamarle para recogerme y el pobre hombre, bendito, me dijo que sí.

Llamé al timbre, el portal se abrió sin que contestara nadie. Subí en ascensor. José Luis vivía en el ático, que era un undécimo piso. 

Al llegar a su planta me estaba esperando bajo el umbral de la puerta. Me alegró ver que al natural me pareció más interesante que en foto, y desde luego, el olor que salía del interior hacía presagiar que, al menos la cena, iba a estar exquisita.

José Luis resultó ser un anfitrión perfecto. No perdía detalle de nada. Me rellenaba la copa, me ofrecía aperitivos, todos sabrosos y muy bien presentados. Tras un largo piscolabis en la barra, que separaba la cocina del resto del piso, sirvió la cena en la mesa del salón. Dorada en su punto, más guarnición. 

José Luis me miraba. No era nada incómodo, pero era inquietante. Solo estaba preocupado en saber si me parecía que la comida estaba buena, sin embargo, no había ninguna interacción típica de cita. 

«¿Te gustan las crudités? ¿Quieres más vino? ¿Prefieres albariño o verdejo? ¿Qué te parece la cocción del pescado? ¿Te sirvo más zanahorias torneadas? He hecho tres postres diferentes porque no sabía cuál te iba a gustar más».

Y era cierto. Llegó con tres platos: uno con una porción de tiramisú, otro con un coulant de chocolate blanco y helado de pistacho y un tercero con un trozo de brownie y helado de vainilla. 

Cogió la cuchara y me hizo probar los tres. Regalo de los dioses. La mano en la cocina de ese hombre era un don. 

Pero seguía con esa mirada perturbadora. Como si disfrutara viéndome comer. 

Terminé los tres postres yo sola. Me excusé diciendo que tenía que ir al baño. Por un momento pensé en avisar a Lili y pedirle que me llamara con alguna excusa con la que poder salir corriendo de allí, pero bien pensado, no hacía falta.

Una vez acabada la cena y viendo que la única intención de José Luis era ofrecerme más comida, le dije que me iba a mi casa. 

Y la verdad es que no le importó demasiado.

***

Al día siguiente en la oficina aún se respiraba un aire diferente. Después de los despidos  de dos días atrás, aún se conservaba una especie de aura tensa.

—Esa gente tiene un nombre, pero ahora no lo recuerdo —dijo Lili.

—¿Qué les pone palote ver comer? —preguntó Marga.

—Sí. Es una especie de fetiche. Como al que le pone ver pies, o le gusta el sado —aclaró Lili.

Yo seguía con la vista fija en el ordenador, dándome cuenta de lo equivocada que había estado por pensar que otra cita haría que olvidara la cena en la barraca.

Porque era imposible. Mi mente volvía una y otra vez a aquella noche. A la charla animada con Gabriel, a sus anécdotas de niño, a verlo feliz en aquella cabaña, en un lugar que significaba sus orígenes. 

Me fui al office. No sabía muy bien si necesitaba cafeína, azúcar o que la casualidad se aliara conmigo haciendo que Gabriel se presentara en la primera planta.

Me preparé un café y me senté en uno de los taburetes. Abrí Instagram, y como una broma del destino vi una publicación de una chica que me resultaba familiar. Joven. Guapa. 

Paula.

En la foto, ella miraba a cámara, sonreía y rodeaba con sus brazos el cuello de un hombre moreno, de ojos marrones y largas pestañas. Él, sin mirar al objetivo, tenía sus brazos alrededor de su cintura. Era un hombre más mayor que ella y tremendamente atractivo. 

Gabriel.

Aquella imagen me escoció tanto, que el sabor de la lubina se me repitió en la garganta, cuatro días después. 

Leí el texto bajo la foto por puro masoquismo.

«Con el único hombre de mi vida». 

Tiré el café y volví a mi ordenador rogando que la casualidad se aliara conmigo haciendo que Gabriel no se presentara en la primera planta nunca más.

Comments

Una respuesta a «LAS CITAS DE AMANDA 28»

  1. Avatar de Lidón Pascual
    Lidón Pascual

    Guau!

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