Álex, 30 años.
«Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena».
Me levanté antes que él. Preparé café, corté fruta y cociné unos huevos. Cuando Álex entró en la cocina el pan saltó del tostador. Perfect timing.
—Huele muy bien —me dijo, dejando un beso en mi mejilla.
—Tú mejor —confesé al oler mi gel de ducha en su cuello.
Me arrastró por el pasillo cogiéndome con suavidad del pijama. Y allí se quedaron los huevos, las tostadas, el café… y la fruta.
***
Me alegré al ver que sobre mi mesa no había sorpresas.
Cuando Lili y Marga llegaron unos minutos después, yo ya estaba sentada y concentrada en mi trabajo.
—Te iba a preguntar qué tal anoche, pero con esa cara que traes no hace falta —dijo Lili.
—¿No? —tanteé con la mejor de mis sonrisas.
—¡Qué asco das!
—La envidia nos corroe, amiga —confesó Marga—. A este paso no los tendrás que presentar.
Iba a contestar que no había ninguna prisa, pero en ese momento llegó Gabriel.
—Amanda, por favor. Cuando puedas sube a la tercera planta y espérame en mi despacho. Yo subiré enseguida.
—¿Tienes claro lo qué debo hacer hoy? —dije, retadora.
—Tengo unos papeles para ti.
Tragué saliva. Noté como Lili y Marga dejaban de respirar y como Marimar, sentada donde no tocaba, emitía un soplido bajo.
—Ahora sí que te vas a la calle —susurró la metomentodo cuando Gabriel se alejó por el pasillo entre los cubículos.
Tardé varios minutos en atreverme a levantarme. Crucé el pasillo y cogí las escaleras en lugar del ascensor. Si fumara, me hubiera escondido en uno de los huecos de esas mismas escaleras donde sé que algún compañero fuma algún cigarrillo furtivo.
Subí hasta la tercera planta. Cuando entré en el vestíbulo, la recepcionista me miró con una sonrisa, pero no me pareció una sonrisa como las habituales. ¿Sabía ella algo que yo no?
La paranoia me estaba comiendo por dentro. Mi teléfono vibró y lo mire con disimulo antes de entrar en el despacho.
«Hola Mandi. Esta noche no voy a poder quedar. Cumple con amigos. Pero mañana no te librarás de mí».
Casi que agradecí ese mensaje de Álex. No me hubiera apetecido nada contarle que me acababa de quedar sin trabajo.
Al entrar él ya estaba sentado en su mesa. Mesa sobre la que reposaba una carpeta de papel verde, con el logo de la empresa y un bolígrafo colocado encima: recto, simétrico, muy Gabriel.
—Siéntate —ordenó con esa calma y temple tan suyas y exasperantes.
Tenía mil frases en la retaguardia: si mi despido era por seguirle la otra tarde; si le molestó mi sonrisa al mirar el móvil y atender a los mensajes de Álex; si la culpa era, quizá, de esa joven chica con la que sale; si le gustaba sentirse superior y jugar conmigo a su antojo…
Pero no me salió ninguna. Solo me senté y baje mi cabeza, fijando la vista en el bolígrafo sobre la carpeta verde, esperando sus palabras.
Palabras que no llegaron por lo que levanté la vista inquieta.
—¿Y bien? —dije—. ¿Firmo ya?
Gabriel levantó una ceja.
—Firmar, ¿el qué?
—Mi despido —aseguré con firmeza señalando la carpeta.
—¿De donde sacas eso? —y lanzó una sonrisa amplia y sincera, como la que le vi en el parque.
Ahora fui yo la que fruncía el ceño.
—Amanda, nadie va a despedirte. Esto es… algo de arriba —dijo sin más, apartando la carpeta—. Hoy te necesito de nuevo y temo que vamos a tener que quedarnos hasta tarde.
Yo respiré, aliviada.
—Lo digo por si ya tenías planes y los tienes que anular —recalcó.
—No, no tengo planes.
Gabriel volvió a sonreír de esa manera y … ¡Joder! Yo empezaba a odiar que me gustara tanto verlo sonreír.

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