Amanda, 44
«Sin palabras».
Gabriel conducía con maestría mientras me sujetaba a su cintura. Notaba la dureza de su abdomen bajo mis manos. Y más de una vez tuve que centrarme en el recorrido para devolver mis pensamientos a la carretera y no a mis manos recorriendo su cuerpo.
Dejamos la ciudad atrás y tomamos la carretera de la costa. Empecé a preguntarme a dónde me estaba llevando. Era invierno y hacía frío; no tenía mucho sentido ir hacia la playa ahora.
Pero, siendo sincera, me daba igual. En mi cabeza sonaba Homewrecker de Sombr, como si fuera la banda sonora de una peli. Como si una cámara nos grabara desde un lateral, yo abrazando a Gabriel, con la felicidad en el estómago después de haber conseguido que Marga conservara su puesto de trabajo.
Porque así estaba. Feliz por mi amiga y sobre todo feliz por esa especie de equipo que habíamos formado Gabriel y yo.
La moto se detuvo, haciendo que mi peli se acabara en aquel instante.
—Ya estamos. —Yo miré alrededor y no vi nada más que oscuridad y una pequeña casucha, una especie de cabaña iluminada, pegada a la arena—. Espero que te guste el pescado.
—¿Vamos a cenar ahí? —dije, más aterrada de lo que quería demostrar.
Gabriel sonrió. Y esa sonrisa… Joder.
Comenzó a caminar y yo le seguí. Entró con total seguridad mientras yo temía por nuestra integridad. Un hombre mayor, de unos setenta años, con el pelo blanco y la piel muy morena y arrugada, se abrazó a él cuando lo vio.
—¡Hombre! El pequeño Biel… Cuánto tiempo sin verte, chaval —dijo con una enorme y cariñosa sonrisa—. Te veo estupendo. ¿Qué tienes ahora, treinta?
—¡Ay! Tonet. Y casi veinte más —rió Gabriel—. ¿Como lo tienes para cenar dos más?
—Bielet… Para ti siempre hay sitio en la barraca.
El señor nos llevó a la única mesa, en un rincón junto a la ventana, desde la que veíamos la playa en oscuridad, solo rota por la luz del faro que giraba a lo lejos. Demasiado bonito todo.
—¿Qué es este sitio? —conseguí decir después de observar todo, asombrada.
—La barraca del Tonet.
—No tiene pinta de restaurante —confesé.
Una mujer salió detrás de una cortina de tela opaca y vino de forma rápida hacia nosotros.
—Gabriel, cariño —le dio varios besos en las mejillas y él sonreía. Lo hacía con tanta emoción que hasta a mí me pareció que podría tener no treinta, sino ocho o nueve años—. Qué ilusión que hayas venido.
—Sí, Senteta. Hace mucho tiempo que no venía.
—Ahora mismo os pongo la mesa y os traigo algo de cenar. Hoy tenemos lubina fresquita, fresquita. ¡Eh, Tonet!
Yo seguía la escena con incredulidad. Cuando Senteta y Tonet desaparecieron por la cortina, miré a Gabriel esperando su explicación.
—No es un restaurante. Es una barraca de pescadores. Es la casa de Antonio y Vicenta, o vamos… de Tonet y Senteta que es como yo los he llamado siempre.
—¿Quiénes son?
—Tonet era amigo de mi padre y ambos trabajaron toda la vida en la barca de mi abuelo. La Manoleta, se llamaba. Como mi bisabuela.
—Espera, espera… ¿Tu familia son pescadores? —pregunté, totalmente sorprendida. Gabriel me miró confuso, como si hubiera dicho algo rarísimo—. Es que… no me lo hubiera imaginado nunca.
—¿No? ¿Pensabas que venía de una estirpe de jefes de Recursos Humanos horribles y despiadados?
Me quedé con la boca abierta. Si bien no era cierto que pensara en esa estirpe, tampoco me hubiera imaginado unos orígenes tan humildes como una familia de pescadores.
Senteta llegó con unas servilletas, vasos y cubiertos. Ella lo dejó todo sobre la mesa y Gabriel se encargó de colocar las cosas. Lo dejé hacer solo por ver si fuera de la oficina también necesitaba acomodar los cubiertos con total perfección. Reí al ver que, al sentirse escudriñado por mi mirada, no se sintió intimidado y colocó los cubiertos de forma simétrica.
Levantó la cabeza y su mirada cambió. No me miraba igual que en la oficina. Era más oscura, más intensa y yo empecé a sentirme intimidada.
—A veces dudo si no eres un robot. Empiezo a pensar que lo de Terminator igual si es un poco cierto —dije para romper el momento, señalando los cubiertos.
—Soy obcecado —contestó sin dejar de mirarme—. Y no lo veo como un defecto. Me molesta el desorden.
—Pues no vengas nunca a mi casa —solté, sin pensarlo demasiado, solo nerviosa.
—Pues qué pena… —susurró.
Mi temperatura corporal subió varios grados en ese momento. Por suerte, Senteta llegó con una enorme fuente humeante. La lubina, las patatas, todo olía como si estuviéramos en el mismo cielo.
Y puede que quizá sí lo estuviera.

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