las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 11

Álex, 30 años.

«Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena».

El móvil vibró antes incluso de que pudiera encender la cafetera.

Álex.

«¿Te has ido así, sin más?».

Segundo mensaje.

«Podríamos repetir… pero esta vez sin huidas».

Y otro.

«Me gustaría verte otra vez».

Me quedé mirando la pantalla unos segundos demasiado largos. Y sonreí. No una sonrisa grande. Más bien una de esas que salen sin querer. Vamos, cara de gili..

—Hoy tienes que ayudarme de nuevo, Amanda —dijo Gabriel, con tono seco, desde la barra, con su café en la mano. 

—Pero Astrid, de documentación, me ha pedido que le eche una mano con las bases de datos.

—Ya hablaré con ella si hace falta. Hoy necesito que estés conmigo. Acaba tu café, guarda el móvil y sube a mi despacho.

No me dio opción a réplica. Salió sin ni siquiera mirarme.

***

El despacho de Gabriel seguía igual que siempre.

Ordenado. Silencioso. Demasiado limpio. Él estaba de pie, revisando unos documentos sujetos sobre una de las tres pizarras de corcho de la estancia.

Cuando entré, no levantó la vista de inmediato.

—Necesito que revises eso —dijo, señalando el ordenador sin mirarme aún.

—Vale.

Parecía más serio que de costumbre. Me senté en la silla pero entonces se detuvo. Como si de repente hubiera olvidado qué me había pedido exactamente.

—O… esto también —añadió, mostrándome una carpeta.

Silencio. Yo miraba la pantalla. Él miraba la pizarra y, a diferencia de otros días más productivos, hoy solo movía papeles de un sitio a otro.

—¿Todo bien? —me atreví a decir al final.

—Estoy cansado, eso es todo.

Volvió a cambiar de pizarra.

—¿Has dormido poco? —pregunté, sin que se notara que yo seguía pensando en la guapa chica con la que se subió en un taxi. 

Se detuvo. Solo un segundo, aunque pareció más tiempo. Entonces giró la vista.

—¿Por qué lo dices?

Encogí un hombro.

—No sé. Es lo que se suele preguntar —dije, intimidada por su seriedad.

Silencio. Demasiado largo. Demasiado denso.

—No —respondió al final—. He dormido bien.

Pero no sonó como alguien que hubiera dormido bien. Sonó como alguien que no quería hablar del tema. Y eso, me dio más curiosidad de la que debería.

—Entonces —dijo cambiando de carpeta otra vez—, te encargarás de… 

—Gabriel…

—¿Sí?

—¿Tienes claro lo qué quieres que haga?

Y por fin me miró a los ojos.

—Estoy decidiéndolo aún —dijo.

Asentí lentamente.

—Aja.

Y justo cuando me giré hacia el ordenador, el móvil vibró varias veces seguidas sobre la mesa.

Álex.

—Guarda el móvil. Es la segunda vez que te lo digo —respondió él.

Y algo en la forma en la que me lo dijo no era administrativo.

A la hora de comer volví a mi mesa con una sensación incómoda en el pecho. El móvil volvió a vibrar. Álex otra vez.

«Hoy no dejaré que desaparezcas sin explicación».

Desde el otro lado del pasillo, noté la mirada.

Gabriel. 

No sabía si me estaba mirando a mí. O a la cara de boba que no había conseguido esconder de nuevo.

Pero algo en su mirada no era igual que días atrás.

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