las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 12

Álex, 30 años.

«Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena».

Salimos de la oficina las tres juntas. Lili propuso ir a cenar algo rápido a una pizzería cercana.

—Lo siento. He quedado, chicas. 

—¿En serio? No nos has podido contar nada hoy del chaval y ahora te vas y ¿nos dejas así? —se quejó Marga.

—Déjala que disfrute, así podrá darnos envidia mañana —dijo Lili.

—Vaya, vaya. No va a ser la única que disfrute hoy. Alguien más también repite —Marga levantó su barbilla hacia la acera de enfrente.

Allí estaba otra vez la chica joven y guapa de ayer. Y allí estaba otra vez Gabriel acercándose a ella. Cruzando el paso de cebra y quitándose las gafas de sol. Iniciando una sonrisa amplia (y preciosa) de las que no dejaba ver en la oficina.

La chica correspondió a ese gesto dándole un gran abrazo cuando llegó junto a ella. 

Pararon un taxi.

No pensé. Juro que no racionalicé para nada mi conducta y fue un acto espontáneo, pero paré un taxi que pasó poco después. Casi ni me despedí de las chicas y subí.

—Sigue a ese taxi —ordené al conductor.

—¡No jodas! Siempre he querido que me pasara esto —dijo el hombre, emocionado—. ¿Quién es? ¿Su marido? No, no… ¿Un amante?

—Mi jefe. Es algo estrictamente profesional —mentí.

—¡Vaya! —añadió decepcionado.

Pararon poco después, frente a la entrada de un parque. El más grande de la ciudad, nuestro pequeño pulmón verde. 

Los perseguí a una distancia prudencial. Me recogí el pelo y me coloqué las gafas de sol. Para hacerme con el kit completo, compré un diario en el quiosco. 

Estaba yo bonita haciendo ver que me leía el Marca en un banco…

La chica se descalzó y comenzaron a pasear por la hierba. Gabriel se quitó la americana y se desabrochó el primer botón de su camisa. Reía, reía todo el tiempo. Y cada sonrisa de él conseguía que más tonta me sintiera yo. 

¿¡Qué leches estaba haciendo allí viendo como él y su joven y guapa novia paseaban por un parque!?

Mi móvil vibró.

«Ayer, cerveza. Hoy, cata de vermut. Si en cinco minutos no me has contestado me autodestruiré en cinco, cuatro…».

Otra vez esa cara de lerda. Tiré el Marca a una papelera y llamé a Álex. 

Quedamos cerca de donde estaba, así que decidí darme una caminata.

Probamos varios vermuts. Hablamos de nuestros años de estudiantes, de nuestras fiestas. Y confirmé que daban igual los años de diferencia. La juventud y el pavo es igual para todos, nazcas antes o después.

Cenamos algo rápido en una food truck con la urgencia de llegar a su casa. Y sí, me dieron igual las camisetas tiradas sobre el sofá. Los vasos en el fregadero. La única urgencia fue quitarnos la ropa y recorrer el cuerpo del otro. Álex me hacía sentir poderosa, una diosa cabalgando un caballo desbocado. Y aunque suene a novela rancia, así era. 

Volvimos a comer algo. Volvimos a besarnos y a empezar de nuevo. Nunca había tenido una noche así. 

Me quedé dormida sobre su pecho, exhausta de energía y cargada de autoestima. Álex era el tío más estupendo que había conocido en mucho tiempo. Y no, no es que me pillara o pensara que de ahí iba a salir algo. Creo que el bajarle mucho a las expectativas fue precisamente lo que hizo que entre Álex y yo las cosas fluyeran. 

Por primera vez en la vida entendía eso de tener una persona con la que desfogarse, sin esperar nada más.

Por la mañana me preparó café y tostadas. Nos besamos de nuevo, con temor a no poder parar y repetir una vez más. 

Pasé por mi casa a darme una ducha y cambiarme de ropa y salí corriendo a la oficina. Tenía tanto que contarles a Lili y Marga que fui haciéndome un esquema mental para no olvidar ningún detalle.

Llegué a mi puesto y dejé el bolso en la silla. Cuando fui a encender el ordenador me fijé en algo que había sobre mi mesa. La edición del Marca de aquel día con un post it.

«Como veo que te gusta la prensa deportiva, hoy te lo compro yo. 

G.».

Me cago en mi put* vida. Había perseguido a Gabriel por media ciudad… y él lo sabía desde el minuto uno.

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