las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 14

Álex, 30 años.

«Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena».

Estaba cabreada. No sé si con razón o no, pero lo estaba. 

No estuvo bien que lo persiguiera. Y lo del Marca… pues casi era como una broma entre colegas. Pero esa actitud agresivo–pasiva en su despacho… 

Me entraron ganas de decirle: «mira chico, si tu cita no acabó bien no lo pagues conmigo». 

Porque yo había llegado de muy buen humor a la oficina y ese engreído me había arruinado la mañana.

A la hora de comer Lili nos enseñaba su extenso carrito de la compra en una web asiática y Marga comentaba los artículos. Yo asentía sin prestarles demasiada atención mientras intercambiaba mensajes con Álex.

—Yo sí le hubiera sacado el tema de la chica joven que le espera a la salida de la oficina por las tardes —dijo Lili, antes de meterse una cucharada de flan en la boca—. Total si te han pillado con el carrito del helado…

—Pero es que fue una tontería, no sé ni porqué lo hice… —me defendí.

—No sé… quizá porque Gabriel es un tío alto, tremendamente atractivo. De esos a los que te entran ganas de arrancarles el traje a mordiscos y atarlos al cabezal de tu cama para siempre —siguió Marga.

Las dos la miramos con los ojos abiertos.

—¿A ver si ahora voy a ser yo la única que lo ha pensado?

Lili y yo nos miramos y acabamos asintiendo, derrotadas, ante la contundente verdad que había dicho nuestra amiga.

—Es un hombre interesante —matizó Lili.

—Es un hombre que se beneficia de su poder —refuté—. Voy a preguntar a recursos humanos si yo puedo ausentarme de mi puesto cada vez que a él le de por ahí.

—Amanda, cariño… Gabriel es recursos humanos… —afirmó Lili.

Mierda.

 ***

Al salir de la oficina no quería pensar más en Gabriel. En su cita ni en el Marca

Llevé a Álex a uno de esos bares de barrio que no son nada Instagrameables. De esos que ya casi no quedan, de los que tienen una barra marmolada con un reposa pies de metal que la recorre de punta a punta y muchas servilletas por todo el suelo. 

—Es un auténtico bar de yayos —soltó.

—No sé si reirme o darte con el bastón —le dije, fingiendo ofenderme.

Él solo rió y me besó de tal manera que consiguió que olvidara mi año de nacimiento.

Pedimos hasta no poder más: calamares, torreznos, bravas, bombas… y mucha cerveza.

Reímos, reímos tanto que se me hizo extraño estar tan a gusto con alguien que no fueran mis amigas. Pero es que con Álex todo era siempre sencillo.

—Tenemos un problema —confesé después de muchas copas—- Me meo viva. Pero el baño… —imité una arcada.

—Pues mi casa está bastante lejos —se lamentó.

Pero la mía no… Aunque solo lo pensé. 

Y dudé. Porque puede parecer una tontería pero me resultaba más fácil ir a su casa, a un hotel… donde fuera, antes de dejar a alguien entrar en mi casa. Mi refugio, mi paz. 

—Vamos a tomar café a otro sitio y aprovechas allí —yo asentí.

Al salir a la calle hacía frío. Álex me prestó su chaqueta y yo me embriagué oliendo los restos de perfume que aún conservaba la tela.

Y sin esperarlo me cogió de la cintura y me llevó a un portal. En la penumbra empezó a besarme.

—No aguantaba más. Te deseo tanto.

Y mis dudas se disiparon. A tomar viento los miedos.

Y sintiéndome esa mujer poderosa que él siempre conseguía que yo fuera, susurré:

—Vivo a dos calles.

Llegamos sin saber muy bien cómo. Besándonos en cada portal, riéndonos entre jadeos y tropezando más de una vez. En el ascensor perdí la camisa, pero gané toda la confianza que me faltaba.

Metí la llave en la cerradura sin dejar de besarlo.

Y aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, abrí la puerta de mi casa… sin sentir que estaba dejando entrar a un desconocido.

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