las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 13

Álex, 30 años.

«Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena».

A esas alturas negar la evidencia no iba a servir de nada.

Mi reacción fue coger el Marca e irme al office. Como era habitual, Gabriel no estaba tomando café en la tercera planta —la de los dioses del olimpo corporativos— él disfrutaba más en la planta de los asalariados. Quizá era una especie de fetiche. 

Entré en el office y tiré el diario sobre la mesa. Casi volqué su taza con la fuerza con la que el periodoco golpeó contra la superficie.

—Ya sé que lo sabes. Es una especie de castigo o ¿de qué va esto? —dije con chulería (fingida).

Gabriel levantó la cabeza, pausado, con toda la calma del mundo. Y me miró de una forma tan penetrante que consiguió que toda aquella seguridad (fingida) con la que entré se esfumara de un plumazo. 

Si hubiera sido un cachorrillo hubiera huido con el rabo entre las piernas escondiéndome bajo mi mesa todo el resto del día, o de la vida. No lo supe muy bien. 

—Cuando alguien quiere saber algo lo más eficiente es preguntar —dijo, sin apartar la vista.

Yo sí lo hice. Bajé la cabeza como si fuera la alumna a la que el profesor acababa de reñir.

—¿Hay algo que quieras saber? —preguntó con ese tono de voz tan firme y sereno.

Yo solo negué con la cabeza baja y salí del office con más vergüenza que prisa.

—¡Ay, madre! —dijo la metomentodo de la oficina cuando llegué a mi mesa—. ¿Te ha echado?

—¡No, Marimar! No me ha echado. Y si no te importa levantarte de mi silla…

—¿Y qué te ha dicho?

—Que van a empezar por despedir a los que nunca están en su puesto de trabajo.

Marimar sí se fue con más prisa que vergüenza.

Marga y Lili me miraban con los ojos bien abiertos. Expectantes.

Les conté todo lo que aún teníamos pendiente sobre la primera cita con Álex. Mi aventura en el taxi, el parque y mi noche con el joven arquitecto. El colofón, como no, fue cuando les enseñé el post it que estaba sobre el diario.

—Disculpa si me hace gracia, pero es que es como una peli —dijo Marga, después de reírse en mi cara. 

—¡Aquí lo importante es que has pasado dos noches con el chavalín! —añadió Lili mientras aplaudía.

—No es un chavalín, tiene treinta años.

—¡Perdona!, si eras tú la que decía que era demasiado joven.

—Bueno, Lili. Pues después de conocerlo más…

—¡Ay, no!… ¡Te gusta! —afirmó Marga.

—¿Qué?… ¡No! —grité más alto de lo esperado.

Mi móvil vibró y Lili leyó la notificación.

—Dice el colágeno que ha sido la mejor noche de su vida y está esperando repetir hoy, pero que quizá no aguante tanto esta noche.

Las dos me miraron fijamente. Y aunque lo intenté, mi cara me delató. Una sonrisa tonta se me dibujó ante esas palabras.

—Dame eso —bufé, arrancándole el móvil de sus manos.

—¡Basta de cháchara, señoras! —se oyó detrás de nosotras. Gabriel estaba mirándonos con los brazos cruzados—. ¡Amanda, a mi despacho!

Y lo que menos me apetecía en aquel momento, por raro que parezca, era pasar la jornada laboral con él. Aquel día no.

Me ordenó qué debía hacer y me puse a ello de forma eficiente, casi sin levantar la mirada de los papeles. Él, en cambio, pasó el rato asomado a su enorme ventanal, dándome la espalda.

—¿No tienes nada que revisar? —me atreví a preguntar.

No me contestó, solo negó con la cabeza, sin girarse.

El aire del despacho era diferente. Mis nervios, mi vergüenza y mi ego herido sobrevolaban por el ambiente pero había algo más que no sabía descifrar.

Se oyó la vibración de mi teléfono que reposaba, boca abajo, sobre el escritorio.

—Nada de teléfonos, Amanda. Te avisé ayer. 

Lo dijo con un tono tan seco y cortante que escoció.

Segui mirando los informes casi sin respirar. Otra vibración. Gabriel suspiró. Una exhalación fuerte y sonora que empaño el cristal. Otra vibración más. 

—Míralo, quizá es algo importante.

Lo hice, por si acaso era del cole de mis hijos, pero no. Era Álex. Un selfie desde su despacho. ¡Qué bien le sentaba el traje! Y un mensaje quejándose de porqué no le había contestado aún a lo de esta noche.

Otra vez esa sonrisa idiota.

—Ya basta. Vuelve a tu puesto, mejor. Llevas unos días que no estás centrada en nada. 

—¿Yo? —susurré para mí.

—Quizá hay algo que no te deja descansar por las noches —bufó.

Cogí mis cosas y salí, deteniéndome bajo el marco de la puerta y girándome hacia él.

—Cuando alguien quiere saber algo lo más eficiente es preguntar.

Me di media vuelta y me fui. 

Si él me vio ayer mientras le perseguía podría ser porque quizá no estaba tan pendiente de su joven cita.

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