Álex, 30 años.
«Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena».
La frase de Gabriel se me quedó rondando por la mente como un post-it mal colocado.
«Tienes pinta de estar intentando volver a divertirte».
¿Divertirme?
Lo repetí mentalmente unas veinte veces mientras intentaba trabajar. Luego otras veinte mientras fingía revisar un Excel. Y otras diez mientras respondía un correo. Porque claro, una cosa es que un jefe te diga algo aparentemente inocente. Y otra muy distinta es que tu cerebro decida convertirlo en un ensayo sobre si ese hombre te está observando más de lo necesario.
—Estás rara —dijo Marga a media tarde.
—Estoy normal.
—No. Estás en modo me niego a echar un polvo con el yogurín y que me parta por la mitad.
—Calla, gilipollas…— reí, tirándole un clip a la cara.
Cuando salimos de la oficina ya era tarde.
El aire fuera estaba fresco, de esos que te despejan… o te empeoran la cabeza.
—Mira —dijo Lili.
Y entonces lo vi. Gabriel estaba en la acera, hablando por teléfono. Serio, como siempre. Chaqueta abierta. Postura tranquila. Pero no estaba solo. Una chica. Joven. Demasiado guapa y dura comparada con las tres abuelas cebolletas que la mirábamos desde la puerta.
Cabello perfecto. Sonrisa alineada. Cerca de él, como si no hubiera espacio entre los dos.
Y entonces pasó. Gabriel colgó. Ella se acercó sonriendo y subieron juntos a un taxi.
—¡Ah! —dijo Marga.
—¡Obvio! —añadió Lili.
Yo no dije nada.
Porque mi cerebro estaba demasiado ocupado haciendo una interpretación absolutamente innecesaria de la escena.
—Bueno —dijo Lili al fin—. Me ha fallado el radar. Este no era para ti.
—Por lo que parece no es para nadie con más de treinta —añadió Marga.
Asentí. Demasiado rápido. Demasiado seco.
—Hasta mañana, chicas. Me voy a casa —dije.
Mentira. No fui a casa. Di match a Álex. Sin pensar demasiado entré al chat.
«¿Puedes quedar hoy o los centennials tenéis la agenda muy llena?».
Respondió en dos minutos.
«Tengo un hueco. ¿Cerveza?».
Y acepté. Porque a veces uno no toma decisiones. A veces simplemente reacciona.
***
Álex era exactamente lo que había visto en las fotos. Demasiado joven, demasiado guapo y seguro de su cuerpo. Yo, sin embargo, me atormentaba pensando qué ropa interior había escogido esa mañana.
—Tienes cara de cabreo bonito —me dijo al saludarme.
—¿Eso existe?
—Claro. Es cuando alguien está enfadado pero sigue siendo interesante.
No supe si era un piropo o una puya, pero decidí no analizarlo.
Fuimos a una feria de cervezas artesanales. La conversación fluyó rápido tanto como la cerveza. Y luego vino el segundo sitio. Y después la mano en mi cintura al cruzar la calle.
Y por último… yo dejando de pensar.
El piso de Álex era pequeño y desordenado de forma encantadora. No pude evitar doblar una camiseta que yacía sobre el respaldo del sofá.
—Perdón… Debo parecerme a tu madre —respondí sin pensar en lo que acababa de decir.
Eso le hizo reír.
—Ni de coña. Mi madre no me pone nada.
Y reí también.
No hubo grandes discursos. No hubo promesas. No hubo nada que pudiera estropearse con palabras. Solo dos personas dejándose llevar.
Cuando desperté, el sol entraba por una persiana mal cerrada. Cogí mi ropa y mis zapatos y me vestí junto a la puerta, por la que salí unos minutos más tarde. Sin ruido, solo la respiración de Álex al dormir.
En la oficina, un rato después, Marga me miró antes incluso de que dejara el bolso.
—¿Qué tienes que contar? ¿Dónde cenaste ayer?
—Por ahí.
—No has dormido en tu casa. Te recuerdo que puedo ver tu localización por el móvil.
—¿Si lo sabes para qué preguntas?
Lili levantó la ceja.
—¿Con el del skate?
No respondí. Fijé mi vista a la puerta del ascensor. Allí estaba él. Gabriel. Hablando con alguien. Serio. Correcto. Inalcanzable como siempre.
Entró en el office. ¿Por qué esa costumbre de venir aquí si en la tercera planta deben tener café con oro? No le di más vueltas y fui a por un café.

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