Álex, 30 años.
«Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena».
—¡Treinta años! —repetí mirando el móvil—. ¡Treinta!
—Amanda, cariño, tampoco te ha escrito un estudiante noruego de Erasmus —dijo Lili mientras reponía la cesta del café.
—No, pero ese chico aún iba en pañales cuando nosotras ya estábamos dando nuestros primeros morreos —añadió Marga.
Estábamos las tres en el office, apoyadas junto a la cafetera, observando el perfil de Álex como si analizáramos una prueba forense.
Y lo peor era que el tío era insultantemente guapo.
Sonrisa bonita. Barba de tres días perfectamente calculada. Camisa blanca en una foto, camiseta negra en otra y ninguna en una tercera foto patinando.
—No voy a devolverle el match. Míralo, ¡va en monopatín! —dije, dejando el móvil boca abajo sobre la encimera.
—¿Monopatín? ¡Abuela… se llama skate! Y sí. Sí vas a hacerlo —respondió Lili.
—¿Pero qué voy a hacer yo con un yogurín catorce años menor?
Lili abrió mucho los ojos.
—¡Pues vivir, Amanda! ¡Vivir! ¡Viva el colágeno!
—Además —añadió Marga—, después del ghosting de Marcos el universo te debe unos abdominales bien definidos.
—No todo en la vida son abdominales —bufé.
—No, claro. También están los muslos. Y los brazos… —contestó Lili.
Solté una risa pese a mí misma. Volví a mirar la pantalla.
Álex tenía pinta de oler bien. Y de hacer deporte, mucho. Y seguramente escuchaba podcasts sobre productividad mientras hacía cosas insoportablemente saludables.
—¡Uff! —resoplé—. Demasiado joven. Demasiado guapo. Demasiado todo. Seguro que luego habla usando palabras como bro y me renta—murmuré.
—Pues tú le enseñas palabras de castellano clásico, como pizpireta o ajamonada —se mofó Lili, mientras yo la miraba con cara de asesina.
En ese momento escuchamos un ruido desde la puerta del office. Marga levantó la vista un segundo. Gabriel acababa de aparecer.
—Uy —dijo, sonando de todo menos sorprendido.
Entró tranquilo. Después, de forma deliberada, fingió interesarse muchísimo por la máquina de agua que había junto a la entrada.
Lili me miró con una sonrisa peligrosísima.
—Nosotras nos vamos.
—¿Qué? No, perdona… —susurré, con las palmas de mis manos unidas.
Demasiado tarde.
Las dos desaparecieron dejándome sola con mi móvil, mi café… y un hombre fingiendo leer instrucciones de una máquina que llevaba toda la vida en la oficina.
Gabriel tardó unos segundos en acercarse.
—Bueno, veo que no se te han quitado las ganas de escalar —comentó mientras cogía un vaso de agua.
Lo miré horrorizada.
—¿Cuánto has escuchado?
—Lo suficiente.
—Genial. Ahora pensarás que soy una señora desesperada.
Gabriel apoyó el vaso en la encimera.
—No tienes pinta de desesperada.
Yo lo miré abriendo mucho los ojos. Él negó suavemente con la cabeza.
—Tienes pinta de estar intentando volver a divertirte. Que no es lo mismo.
La frase me pilló completamente desprevenida. Porque otra persona habría soltado una broma. O un comentario sobre el chico joven. O alguna tontería fácil sobre Tinder.
Pero Gabriel no.
Y eso empezaba a resultar un problema. Uno demasiado atractivo, además.

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