las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 8

Amanda, 44 años.

«Me cago en la madre que parió a todos los desgraciados que echáis un polvo y desaparecéis».

Esa sería la bio que me dieron ganas de cambiarme en la app de los…

Después de cuatro citas, una cena, buen sexo y hasta un desayuno con café y porras, decidió desaparecer de la faz de la Tierra.

Ghosting. Así, sin más.

Ni mensajes. Ni memes. Ni un triste «perdona, Amanda, pero me he dado cuenta de que emocionalmente sigo siendo un adolescente. Una ameba con testosterona alta e inteligencia escasa».

Al tercer día sin noticias, Lili ya estaba indignada.

—Pero hubo desayuno después de f*llar, ¿no?

—¡Sí!

—Entonces es delito. Si hay desayuno ya hay vínculo legal— Marga negó con la cabeza mientras removía el café.

—Los hombres divorciados de cincuenta años son como los gatos callejeros. Cuando ven demasiado cariño, se asustan y salen corriendo —espetó Lili.

—Gracias por vuestro apoyo, chicas —murmuré con sarcasmo.

La verdad era que estaba enfadada. Mucho más de lo que quería admitir. No porque estuviera enamorada de Marcos. ¡Aj! No lo estaba.

Pero había algo especialmente humillante en dejar que alguien volviera a entrar en tu vida, para descubrir que podía salir de ella sin ni siquiera molestarse en cerrar la puerta.

Por suerte —o por desgracia—, aquella semana apenas tuve tiempo para recrearme en mi miseria sentimental.

La visita al despacho de Gabriel resultó ser para pedirme ayuda con la reorganización interna del personal administrativo de la empresa, no para despedirme.

Al parecer, alguien llevaba años archivando contratos temporales donde no tocaba, duplicando datos de vacaciones y generando errores en los informes de productividad trimestrales.

Yo no entendía exactamente qué significaba aquello. Gabriel sí. Mucho. Pero necesitaba dos ojos más que le ayudaran a buscar errores.

—Si este Excel estuviera un poco más desordenado, cobraría vida y empezaría a reírse de nosotros —dijo una mañana mientras revisábamos tablas interminables en su despacho.

Lo miré por primera vez con algo parecido a la sorpresa.

Hasta ese momento, Gabriel me había parecido exactamente lo que aparentaba: tosco, serio, ordenado y asquerosamente eficiente. El tipo de hombre que seguramente doblaba los calzoncillos de forma simétrica y los ordenaba por colores.

Pero durante aquellos días encerrados revisando informes descubrí otra cosa.

Tenía humor. Muy seco. Muy escondido. Pero ahí estaba.

También aprendí que tomaba el café sin azúcar, que se aflojaba la corbata cuando llevaba muchas horas trabajando y que tenía la costumbre de golpear de forma suave la mesa con el bolígrafo cuando pensaba.

Detalles absurdos que mi cerebro no tenía ninguna necesidad de memorizar.

El jueves por la tarde yo estaba agotada de todo: de Marcos, de archivadores, del Excel maldito, de las parejas felices que salían en nuestra página web corporativa cada vez que abría una pestaña nueva. 

Y de mí misma por seguir abriendo Tinder como quien rasca una herida para comprobar si sigue doliendo.

Gabriel seguía revisando documentos frente a mí mientras yo fingía concentración.

—¿Te pasa algo? —preguntó de repente, sin levantar demasiado la vista.

—No.

—Amanda…

Suspiré.

—Solo es que… Bueno… estoy descubriendo que las citas después de los cuarenta son como un deporte de riesgo.

Eso consiguió que levantara la vista.

—Una mala escalada la tiene cualquiera. No por eso hay que dejar de intentarlo.

Me apoyé en la silla.

—Por supuesto. Pero me parece una guarrada que alguien esté ahí pico y pala preparando la escalada, y que cuando llegue a la cima, se pire sin decir ni Pamplona.

Gabriel mantuvo el gesto tranquilo. Pero noté como se aguantaba la risa.

—Eso dice más de él que de ti.

La respuesta llegó tan rápida que me descolocó un poco.

—Bueno, igual soy inaguantable y nadie se atreve a decírmelo.

Ahí sí que una mínima sonrisa apareció en la comisura de su boca.

—No pareces una persona inaguantable, Amanda.

Y no sabía qué fue peor: si la frase o la forma tranquila y sincera en que la dijo.

Porque no sonó a ligoteo, ni a cumplido ensayado. Ni a frase desesperada de Tinder intentando conseguir un polvo rápido.

Sonó simplemente… honesto.

Y quizá por eso me afectó mucho más de lo que debería.

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