Marcos, 50 años.
«Trabajo por mi cuenta. Me gusta cocinar, salir a cenar y descubrir sitios nuevos. Valoro la tranquilidad, las conversaciones que fluyen y las personas que saben estar».
—Por fin vamos a dejar de verte entrar en la oficina con cara de viuda victoriana —dijo Marga en cuanto le conté que había vuelto a quedar con Marcos.
—¡Y ya van tres! —matizó Lili—. Si un tío repite tres veces después de los cuarenta, ya cuenta como relación estable.
No les faltaba razón.
La tercera cita con Marcos fue fácil. Tan fácil que casi me incomodaba.
Fuimos a cenar a un pequeño restaurante japonés cerca del puerto. Nada pretencioso. Solo buena comida, vino y conversación agradable.
Marcos seguía siendo exactamente igual que en las primeras citas: atento sin resultar intenso, divertido sin esforzarse demasiado y con esa tranquilidad rara que empezaba a relajarme.
—¿Qué? —preguntó al verme sonreír sola.
—Nada… que me estaba dando cuenta de que eres normal.
Se rió.
—Gracias, supongo.
—No, en serio. No sabes el mérito que tiene eso ahora mismo.
Aquella noche no hubo beso de película ni confesiones trascendentales. Solo un paseo tranquilo hasta mi coche y un beso lento antes de despedirnos.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me descubrí esperando volver a verlo.
***
La cuarta cita llegó pocos días después.
Esta vez en su casa.
—¿Seguro? —pregunté al entrar, más nerviosa de lo que quería admitir.
—Amanda, solo es una cena. No voy a sacrificarte en ningún ritual extraño.
—Bueno, vienes de Tinder. Nunca se sabe.
Marcos cocinó mientras yo fingía ayudarlo cortando verduras de forma completamente inútil. Había música baja, copas de vino y esa sensación cómoda que aparece después de mucho más tiempo.
La conversación fue bajando el ritmo poco a poco. O quizá fuimos nosotros quienes dejamos de hablar.
Me besó en la cocina mientras apartaba un mechón de pelo de mi cara y yo me dejé llevar. Sinceramente, a esas alturas Marga y Lili habrían estado orgullosas de mí.
No fue una noche espectacular de película erótica ni una experiencia mística digna de un podcast sobre sexualidad. Fue mucho mejor. Natural. Cómoda. Pero sobre todo, real.
Cuando desperté a la mañana siguiente, desorientada entre sábanas ajenas, tardé unos segundos en recordar dónde estaba. Marcos seguía dormido a mi lado. Respiré hondo y sonreí.
Porque, después de tantos meses sintiéndome fuera de lugar en mi propia vida, aquello se parecía mucho a estar bien.
***
El lunes entré en la oficina con diez minutos de retraso y una sonrisa de felicidad más que evidente.
—Mírala —susurró Lili nada más verme aparecer—. Esta mujer ya ha conocido el amor carnal.
—Por fin —añadió Marga—. Pensaba que tendríamos que pagarte un profesional.
—Sois repugnantes —contesté, dejando el bolso en la silla mientras intentaba no reírme.
—¿Has hecho arroz sí o no? —preguntó Lili directamente.
Abrí la boca para responder, pero una voz me interrumpió antes.
—Amanda.
Me giré de inmediato.
Gabriel estaba al otro lado de la oficina.
Camisa oscura. Manga remangada. Carpeta en una mano. Expresión tensa.
—¿Sí?
—¿Puedes venir un momento a mi despacho?
Marga abrió mucho los ojos. Lili dejó lentamente la taza de café sobre la mesa. La metomentodo, que no estaba en su mesa y sí en la de Lili, emitió un silbido bajo.
Y yo sentí cómo toda mi recién recuperada paz espiritual se iba directa a la mierda.

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