Marcos, 50 años.
«Trabajo por mi cuenta. Me gusta cocinar, salir a cenar y descubrir sitios nuevos. Valoro la tranquilidad, las conversaciones que fluyen y las personas que saben estar».
No me hizo falta que Marga o Lili deslizaran el dedo esta vez.
Con Marcos fui yo quien decidió darle a «me gusta». Solo una bio sencilla, de esas que no prometen demasiado… y quizá por eso mismo, me pareció interesante.
El match llegó rápido.
«Hola, Amanda. ¿Te apetece tomar algo esta semana? », ese fue su primer mensaje.
Directo. Sin rodeos ni emojis innecesarios.
Acepté.
La primera cita fue en un pequeño restaurante italiano que él mismo propuso. Nada moderno, nada excesivamente Pinterest. Llegué unos minutos antes y él ya estaba allí.
Se levantó al verme con una sonrisa tranquila. Hicimos contacto visual sostenido sin resultar invasivo.
—Amanda —dijo, como si ya nos conociéramos de antes—. Me alegro de que hayas venido.
—Yo también —respondí, y esta vez no sonó a protocolo.
La conversación fluyó desde el primer momento.
No hubo silencios incómodos. No hubo monólogos interminables. No hubo necesidad de rellenar huecos porque Marcos escuchaba de verdad, sin mirar el móvil, sin interrumpir, sin esa prisa que tienen algunas personas por terminar la conversación antes de empezarla.
Pedimos vino. Compartimos postres. Reímos varias veces sin que fuera forzado.
Y, por primera vez desde que empecé con todo esto, no estuve deseando salir corriendo.
La segunda cita llegó dos días después.
Esta vez no hubo tanteo.
—¿Te apetece cenar conmigo otra vez? —preguntó él.
—Sí —respondí, sin dudar.
Quedamos en un sitio distinto, más informal. Una taberna moderna, de esas en las que te recomiendan platos con nombres extraños y tú haces como que entiendes todo.
La dinámica se repitió… pero mejor.
Había más confianza, más ritmo, menos necesidad de impresionar. Marcos tenía esa forma de estar que te hacía sentir cómoda sin que tengas que explicarlo.
—Contigo es fácil hablar —le dije en un momento dado.
—Y contigo también —respondió.
No añadió nada más. No hacía falta.
Al terminar, salimos a la calle. La noche era suave, sin ruido excesivo, con esa calma que a veces aparece sin avisar.
Caminamos unos metros en silencio, uno al lado del otro. Antes de despedirnos, Marcos se detuvo.
—Me ha gustado verte otra vez —dijo.
—A mí también.
Hubo una pausa breve. Algo natural. Sin tensión rara.
Se acercó despacio, dejando espacio para que yo pudiera decidir. Y lo hice. Nos besamos.
No fue largo. No fue espectacular. No fue de película. Fue… correcto.
Cuando nos separamos, ambos sonreímos.
Y esta vez, mientras caminaba hacia casa, no había dudas, ni análisis, ni comparaciones.
Solo una sensación tranquila de que, por fin, algo había encajado.
***
Al día siguiente, en la oficina, todo parecía igual. Pero había algo distinto en mí.
—Tienes cara de emoticono feliz —dijo Marga nada más verme.
—Puede ser —respondí.
No quise dar demasiados detalles en aquel momento. Las iba a dejar que sufrieran un rato.
Dejé el bolso en la silla y me dirigí al office para prepararme un café.
Y entonces, desde el pasillo, escuché su voz. Gabriel.
Solo una conversación breve, profesional, con alguien del equipo.
Levanté la vista un segundo, sin buscarlo. Y lo vi de perfil, hablando con naturalidad, sin darse cuenta de que lo observaba desde el office.
No me vio. Ni yo hice nada para que me viera.
Y, por alguna razón, en ese instante pensé en Marcos. Y me resultó suficiente para recordar que, por fin, había una cosa que parecía que me iba a salir bien… Lo cual, viendo mis antecedentes, ya era bastante.

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