Javier, 49 años.
«Divorciado. Vivo entre el trabajo y mis perras, pero saco tiempo para mí: crossfit, algo de lectura y viajar cuando se puede. No busco prisas, prefiero ir con calma».
Con Javier no hubo drama. Y quizá por eso, tampoco hubo historia.
Quedamos el viernes en un bar tranquilo cerca de la oficina, para hacer un tardeo. Llegó puntual. Vestía una camisa clara que combinada con su gesto amable. Mantuvimos una conversación correcta. Hablamos de trabajo, de libros, de rutinas que se repiten entre semana y planes que nunca terminan de concretarse.
—Es difícil sacar tiempo para todo —dijo él.
Asentí.
No hubo silencios incómodos ni momentos brillantes. Tampoco chispas, ni tensión, ni esa sensación de que algo inesperado pudiera ocurrir en cualquier segundo.
Vamos, que ni fu ni fa. Al menos agradecí que no hubiera ventosidades ni vellos rebeldes.
Pagamos a medias, nos despedimos con dos besos educados y cada uno por su lado.
Salí con la sensación de haber asistido a una reunión más que a una cita.
Y, por alguna razón, eso me dejó más inquieta que los desastres anteriores.
***
El lunes la oficina olía a café recién hecho y a inicio de semana. Mis amigas ya estaban en su sitio cuando llegué.
—Necesito café —dije sin saludar.
—Necesitamos café —puntualizó Marga—. Pero sobre todo necesitas una vida amorosa. Así dejarías de traer esa cara de sota cada lunes.
—Cinco citas y ni un triste beso. Empiezo a pensar que el problema eres tú —matizó Lili.
No tuve tiempo de responder.
Desde el pasillo, un pequeño murmullo distinto al habitual anunciaba movimiento. Un par de personas hablaban en voz más baja de lo normal. El ambiente era tenso.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Marga hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta de cristal.
—Ha entrado el nuevo jefe de la planta tres, ¿lo recuerdas?
¿Estaba de broma? Cómo olvidarlo.
Entonces lo vi otra vez. De pie, junto a una mesa, hablando con alguien del equipo con naturalidad. Traje impecable, postura relajada, gesto atento.
Era extraño cómo siendo tan imponente, no imponía. No necesitaba hacerlo. Simplemente ocupaba el espacio con una calma que llamaba la atención sin pedirla.
Fui al office a buscar un café. Mientras se calentaba la cafetera aproveché para ordenar la mesa auxiliar: reponer una de las cestas con más cápsulas, y de paso rellené otra con azúcar y sacarina.
—¿Café? —preguntó una voz detrás de mí.
Me giré. El jefe guapo estaba junto a la Nespresso. De cerca, quizá sí imponía un poco.
—Sí… gracias —respondí.
Asintió, colocó dos tazas y presionó el botón. Yo me quede a su lado con una de las cestas en las manos. En ese momento vino a mi mente la frase: «He traído una sandía». Porque me sentía igual de alelada que Baby frente a Johnny Castle.
—Amanda, ¿no? —preguntó.
—Sí —y aluciné al comprobar que sabía mi nombre.
—Gabriel, encantado.
Me tendió la mano, y yo se la estreché con poca gracia.
—Bienvenido a la empresa —añadí, por decir algo.
—Gracias —respondió.
Cogió su vaso. Yo el mío. Y ahí quedó todo. Solo dos personas compartiendo una máquina de café y una conversación de cortesía.
Cuando volví a mi mesa, Marga me miró con interés inmediato.
—¿Y?
—Sabe mi nombre —dije, emocionada.
—Pues quizá deberías preocuparte —interrumpió la metomentodo de la oficina, que como era habitual, estaba en una mesa que no era la suya—. No sé si sabéis que es el nuevo jefe de recursos humanos y se avecinan despidos.
Y por culpa de ese comentario, no dejé de pensar que mi próxima cita quizá sería en la cola del paro.

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