Óscar, 46 años.
«Divorciado hace unos años. Me gusta cocinar, salir a cenar y descubrir restaurantes nuevos. También valoro mucho poder desconectar y tener momentos de calma».
Esta vez fue Lili quien escogió. La verdad es que el perfil era bastante normal, algo a agradecer.
Óscar había propuesto quedar en un café nuevo del centro. «Moderno, tranquilo, buen ambiente», y tenía razón en todo.
El sitio era de esos en los que todo parece pensado para salir bien en Instagram.
Óscar ya estaba allí cuando llegué. Se levantó al verme. Alto, guapo, sonrisa bonita, camisa bien planchada, aspecto cuidado sin parecer que lo había intentado demasiado.
—Amanda, ¿no?
—Sí —respondí—. Óscar, supongo.
Se rió. Bien. Punto positivo.
Nos sentamos junto a una ventana. Pedimos dos cafés y algo para acompañar.
La conversación fluyó sin esfuerzo. Óscar hablaba de su trabajo sin que sonara a queja, mencionó a sus hijos con naturalidad, preguntó por mí sin interrogar, y en general tenía ese equilibrio exacto entre interés y tranquilidad que no se fuerza.
Y entonces ocurrió.
Óscar se llevó la mano a la oreja de forma casi automática, como quien se recoloca las gafas o se rasca sin pensar. Solo que, al apartarse la mano, lo vi.
Un pequeño… algo. No era dramático. Pero estaba ahí.
Un pelito rebelde, más largo que el resto, saliendo de la parte superior de la oreja, ligeramente curvado, como si hubiera decidido independizarse del conjunto.
Mi cerebro lo registró en bucle.
Pelo. Oreja. Movimiento. Pelo.
Intenté seguir escuchando lo que decía, pero ya era tarde. Cada vez que Óscar gesticulaba, aquel pelo parecía cobrar vida propia, balanceándose con una autonomía inquietante.
—¿Estás bien? —me preguntó, al notar mi leve desconexión.
—Sí, sí… perdona, me he quedado pensando en… —hice una pausa demasiado larga— el café.
Mentí mal. Muy mal. A partir de ese momento, no pude dejar de mirarlo.
Óscar seguía hablando, completamente ajeno a que su oreja había pasado a ser el centro de mi universo. Yo asentía, sonreía, incluso reía en los momentos adecuados… pero por dentro estaba atrapada en una lucha absurda entre la educación y la fijación visual.
—Amanda —dijo al final, apoyando los codos en la mesa—. Me ha gustado conocerte.
Tragué saliva.
—Sí… a mí también.
Y era cierto.
Pero mientras él sonreía con normalidad, yo solo podía pensar en que, si aquello avanzaba, en algún momento tendría que acostumbrarme a convivir con… eso.
Salí del café con decepción.
Esta vez no había habido icebergs, ni pedos. Solo un pelito.
Y, por alguna razón, eso había sido suficiente.
Bloqueé el contacto más tarde, ya en casa.
«Definitivamente, esto de las citas no está hecho para personas observadoras», pensé.
Y, aun así, volví a abrir la app. Porque una nunca aprende a la primera.

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