las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 24

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Marga, 47

    «Amiga leal, compañera excelente. Y, por suerte, todavía empleada».

    El lunes llegué a la oficina con una carpeta llena de notas, tres correos impresos y la sensación de haber hecho un máster acelerado en Finanzas durante el viernes por la tarde.

    Había conseguido algo.

    No sabía si sería suficiente, pero me había dejado la piel en ello.

    A las nueve y cinco sonó el teléfono interno.

    —Amanda, sube.

    Inhalé profundamente, sabiendo que estaba a punto de quemar el último cartucho. Cogí la carpeta y subí a tercera planta.

    Gabriel estaba de pie junto al ventanal. Esta vez llevaba la americana puesta y la corbata perfectamente anudada. Solo había una diferencia respecto al hombre impecable de siempre. Parecía realmente agotado.

    —He hablado con Finanzas —dije nada más entrar.

    —Ya lo sé.

    Fruncí el ceño.

    —¿Cómo que ya lo sabes?

    —Porque el viernes me llamó su directora. No fuiste del todo sutil, por lo que parece. —Tiró sobre la mesa un informe. Y a mí, todo el entusiasmo con el que había llegado, se me bajó a los pies—. Pero gracias a eso tuvimos una charla interesante que cambia bastante las cosas. Mira…

    Me acerqué y abrí la carpeta, con cautela. Había números. Muchos.

    —¿Esto qué es?

    —Las incidencias que Marga ha detectado durante los últimos doce meses. Errores de facturación, contratos mal tramitados, modificaciones que no se habían registrado…

    Pasé las páginas.

    —¿Y todo esto lo hace ella?

    —Según Finanzas, sí.

    Sonreí.

    —Te lo dije. Marga es la que más controla.

    Gabriel levantó una ceja.

    —No exactamente. Esto es mejor —añadió.

    Y señaló una cifra al final del informe.

    —El ahorro estimado supera varias veces el coste de su puesto.

    Mi sonrisa se hizo enorme.

    —¿Eso significa que no se va?

    Gabriel no sonrió. O no del todo.

    —Eso significa que tenemos argumentos para conseguir que se quede.

    —¿Y no es lo mismo?

    —En Recursos Humanos, nunca.

    Me apoyé en la mesa.

    —¿Si la salvas a ella? Lili o yo seremos las siguientes, ¿no?

    Gabriel me sostuvo la mirada durante unos segundos.

    —Voy a intentar que no.

    ***

    A las once empezaron los despidos. Primero fue alguien de la segunda planta.

    Después uno de los comerciales.

    Luego Pili, de operaciones, bajó llorando por las escaleras y recogió su mesa, a dos metros de nosotras. 

    La oficina se llenó de gente que fingía trabajar mientras miraba de reojo hacia el pasillo.

    Y, por supuesto, de insultos.

    —Gabriel es un hijo de puta —dijo Lili en voz baja cuando uno de los compañeros despedidos pasó junto a nosotras.

    Yo no dije nada porque sabía que llevaba desde las nueve entrando y saliendo de despachos. Sabía que había defendido el puesto de Marga. Pero no podía decirlo.

    —¿Tú no vas a decir nada? —me preguntó Lili.

    —¿Qué quieres que diga?

    —Que es un cabrón.

    Miré a Marga. Ella seguía con la vista clavada en la pantalla.

    —No sé si lo es —respondí casi en un susurro.

    —¿En serio? —se asombró—. Ya lo entiendo. Todas esas visitas a su despacho… Te has salvado el culo, ¿verdad? 

    —¿En serio, Lili? —grité, dolida, sin poder evitarlo.

    —¿Qué quieres que piense? Últimamente estás muy rarita con Gabriel.

    En ese momento Marga levantó la vista.

    —Déjala. Es por lo mío, ¿no?

    Tragué saliva.

    —¿El qué? —disimulé.

    —Mi despido —dijo, con voz cansada—. Amanda, llevo muchos años aquí. Me entero de todo antes que nadie.

    —Marga… he hecho todo lo que he podido y Gabriel lo está intentando con todas sus fuerzas.

    Marga sonrió, agradecida. La muy capulla lo sabía todo. Lili nos miró con cara de no entender nada.

    Hubo barullo en la otra punta de la primera planta. Alguien dijo algo en la mesa de recepción y en menos de cinco segundos nos llegó el mensaje.

    —Han acabado los despidos —notificó alguien de Marketing.

    —Pues gracias, porque parece que alguien ha hecho muy bien su trabajo —me dijo Marga.

    No pude evitar sonreír.

    ***

    A las seis la gente empezó a irse a casa. A las siete la oficina quedó casi vacía pero yo seguía trabajando, o calentando la silla hasta que  fuera el momento.

    A las ocho menos cuarto fui a la máquina de café. Preparé dos vasos. Subí las escaleras.

    La tercera planta estaba prácticamente a oscuras. Solo había luz en su despacho.

    Golpeé suavemente el marco de la puerta.

    —Adelante.

    Gabriel seguía sentado frente al ordenador. Se había quitado la americana y tenía la corbata ligeramente aflojada.

    No pude dejar de ver cómo, por primera vez, el bolígrafo de la mesa no estaba perfectamente colocado. Esa imagen hizo ciertas mis sospechas de que Gabriel había tenido un día de mierda.

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