las citas de amanda

LAS CITAS DE AMANDA 29

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Abel, 44 años.

    «Tengo mis dos riñones intactos y las expectativas bajísimas. ¿Salimos hoy?»

    Después de la foto de Paula y el texto que la acompañaba, me mortificaba no tener noticias de Gabriel.  Pero al menos, resultaba todo más fácil. Contacto cero.

    Desde la despedida en la puerta de mi casa, no nos habíamos visto de nuevo.

    Pero, como suele ocurrir, cuando más deseas que algo no pase, más probabilidades habrá de que el universo te lleve la contraria.

    Vamos. Que si no quieres caldo, toma dos tazas porque Gabriel estuvo deambulando por la primera planta toda aquella tarde de miércoles. 

    —¿Qué le pasa a este hoy? —dije, quizá más enfadada de lo que pretendía.

    —¿Y a ti? —siguió Lili—. Porque la cita de ayer parece que no te ha sentado demasiado bien.

    Me moría por decirles que la cita que me había sentado mal en realidad era otra, pero no quería que nadie supiera nada de ese acercamiento imprevisto.

    Gabriel caminó entre las mesas hasta llegar al puesto de Marga, junto a Lili y a mí.

    —Marga, necesito que me subas los informes del último trimestre  —anunció con su habitual tono formal y aséptico—. Pero en diez minutos. Primero voy a tomar un café.

    Con mucho autocontrol conseguí no levantar la cabeza del monitor, sintiéndome orgullosa. Sí me sorprendió ver a Marga seguirle con la mirada y enarcar una ceja. 

    —Pues yo también me tomaría un café —dejó caer.

    Ni Lili, ni mucho menos yo, contestamos.

    —Amandita, amor… ¿Me vas a buscar un café?

    La miré por encima de la pantalla con mi mejor cara de oler mierda.

    —Cuando Terminator salga del office iré.

    —Pero es que lo necesito ya. Esos balances son de los que me dan migraña —suplicó, con puchero incluido— Y Gabriel y tú sois más amigos.

    Me levanté sin decir nada. Prefiriendo no aclarar el grado de amistad –o de odio– que ahora compartía con él.

    Tardé mucho más de lo necesario en llegar al office. Y en vez de entrar, opté por hacer tiempo en el pasillo, mirando el móvil.

    Al mirar la pantalla, me sorprendí al ver una notificación de la app de citas. Un SuperLike con mensaje incluido.

    Hola. ¿Eres Amanda, la del San Ignacio? Seguro que no te acuerdas de mí, pero coincidimos en un par de clases. Soy Abel.

    Más sorprendida todavía entré en la app para ver el perfil de aquel hombre. 

    Claro que me acordaba. Era el mismísimo Abel Canales. Mi amor platónico del instituto, ahora, por lo visto, convertido en un atractivo abogado.

    Guardé el teléfono y entré al office con un subidón de endorfinas. 

    Dudé si saludarle o no, pero escogí ser educada.

    —Gabriel…

    —Amanda…

    Cogí una de las tazas más grandes y preparé la cápsula, dándole la espalda a Terminator. 

    —Toma —Gabriel me tendió una botella de leche—. La acabo de abrir.

    Caminé hacia la nevera y saqué otra botella. Sin girarme a mirarlo le contesté de forma seca.

    —Vaca no, avena. Es para Marga. A mí hoy no me apetece café.

    —Amanda… La otra noche… Yo iba a contarte lo de Paula.

    Se giró hacia él.

    —No hace falta.

    —Sí la hace. Pero no quiero hablarlo aquí. ¿Podemos quedar fuera y…?

    —¿No había que mantener las distancias? —corté.

    El teléfono interno empezó a sonar en el otro extremo del office.

    Gabriel resopló.

    —Joder.

    Ninguno de los dos se movió.

    —Amanda…

    —Tengo que llevarle el café a Marga.

    Cogí la taza y salí del office antes de que pudiera añadir nada más.

    Volví a mi mesa y dejé el café delante de mi amiga.

    —Gracias, amor.

    Me senté y desbloqueé el móvil.

    La notificación de Abel seguía allí. Abel había aparecido justo ahora y, aparentemente, interesado en mí.

    Volví a pensar en Gabriel, en Paula, en la foto de Instagram. En la dichosa frasecita bajo la foto. 

    Quizá había sacado conclusiones demasiado rápido. Quizá era su hija, su hermana, su sobrina… No quería pensarlo más así que abrí la aplicación.

    Match con Abel.

    —A tomar por culo.

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