Lee los primeros capítulos de ¿Va a ser siempre así?


1.

 

7.00. Suena la alarma. Como manda mi ritual aprieto Posponer y duermo nueve minutos más. Quinientos cuarenta segundos de sueño que me saben a gloria. 

7.09. Ahora sí. Ahora empieza la carrera de cada mañana. Con los ojos pegados y los pelos alborotados me voy a la cocina. Cierro la puerta, no sea que se despierten los niños. Muelo café y pongo a calentar agua en la cafetera.

Compruebo por última vez. Me aseguro de que lleven los libros y cuadernos correctos en las mochilas del colegio y toda la ropa del día en las mochilas extra. Siempre las dejo preparadas la noche anterior, y cada mañana las reviso, por si acaso.

Me tomo el café con leche sentada en el sofá, mientras veo diez minutos las noticias. Esa es toda mi información del mundo, el resto de los momentos en los que la televisión está encendida es con programación infantil. Ya se sabe eso de que «si no sale en Clan, no me entero».

Ahora toca higiene, chapa y pintura y volver a ser persona. Recién levantada hasta los orcos de Mordor se asustarían al verme.

Traje, taconazo y a despertar fieras. 

—¡Arriba, peques! —Y como respuesta solo gruñidos—. ¡Vamos, que hay que salir ya!

Y mientras poco a poco van despertando del letargo de la noche, empieza lo de cada mañana.

—Cinco minutos más, ¡porfa mami!

La valkiria rubia de mi hija mayor es la primera en quejarse. Álex se revuelve en la cama enmarañando su larga melena. Se frota con fuerza sus grandes ojos azules, y me mira con su cara preciosa de muñeca. Es cagada a su padre.

Tiene ocho años y es puro sosiego. Desde pequeñita ha sido una niña tranquila, responsable y muy madura. Demasiado. A veces le tengo que recordar que de vez en cuando está bien hacer alguna trastada, que solo se es niño una vez en la vida.

—¡Yo no quiero levantarme! ¡Quiero que llegue el sábado!

Lucas, el pequeño terremoto de la casa. De pelo castaño alborotado y bonitos ojos verdes. Él sí ha salido más a mí.

Él, cuatro años de locura y tormento, porque a diferencia de su hermana, con Lucas no tienes ojos suficientes para vigilarlo y hay que estar siempre pendiente para que no monte ninguna gorda. 

—Vamos, que ya es viernes. ¡Arriba, dormilones! A ponerse los calcetines y los zapatos.

En unos minutos consigo que se calcen, y salimos de casa.

Y así, en pijama, despeinados y con los ojillos aún pegados, entramos en el coche para ir a casa de los benditos abuelos.

Si no fuera por mis padres conciliar se me hubiera hecho imposible. Gracias a ellos puedo compaginar mi vida. Y los quince días al mes que tengo a los niños, son mi mayor ayuda.

Aunque pueda parecer egoísta, están encantados de cuidar a sus nietos y mis hijos son felices. Y yo me alegro de que puedan disfrutar tanto de sus abuelos. Esos que deberían ser eternos, pero desgraciadamente no lo son. 

***

—Buenos días, Lucía.

Me encanta llegar al hotel y que me reciba la sonrisa de Sophia detrás del mostrador. Es una chica de veinticuatro años, espectacular. Rubia, de ojos azules, muy alta y tan guapa que parece una modelo. Además, como buena ucraniana tiene un acento de lo más gracioso que nos encanta a todos los compañeros y clientes, con su erres y eses tan marcadas

—Buenos días, Sophia. ¿Alguna novedad?

Y casi cruzo los dedos esperando que no haya incidencias graves.

—¡Todo perfecto! —Aunque suena perrrrrrfecto, en realidad—. Solo una queja de café desayuno.

—Si solo es eso, no hay de qué preocuparse.

Dejo a Sophia a mi espalda y me dirijo a los despachos situados justo detrás del mostrador de recepción. 

Nada más entrar hay un gran despacho diáfano con dos mesas. En la primera está sentado Óscar, mi segundo de a bordo. Ataviado con su corporativo traje negro y su corbata naranja, su sonrisa amplia y sincera y sus ojillos marrones achinados. Él es dos años más joven que yo, tiene treinta y siete años. Es la persona menos sutil que he conocido en la vida, te suelta lo que piensa, sin filtro. Y como amigo está bien, pero como trabajador, alguna vez ocasiona pequeños conflictos con los clientes y me toca mediar.

Se pasa la vida dando matches en Tinder para luego no quedar con nadie. Desde que lo dejó con su novio no se lanza a iniciar una nueva relación, así que nos hemos adoptado el uno al otro y somos compañeros de penas, cenas y salidas. Y los instigadores de que todos los demás se unan a nuestros planes.

Justo delante de la mesa de Óscar está la de Diana. Ella es mi mejor amiga desde el instituto. Cuando mucha gente dejaba el pueblo para irse a vivir a grandes ciudades y tener, supuestamente, mejor vida, nosotras decidimos quedarnos aquí.

Yo, porque me diplomé en Turismo, y un pueblo de playa era la zona ideal dónde encontrar trabajo. Y ella, porqué se enamoró de un americano que vino de vacaciones con sus padres cuando los dos tenían quince años y aquí siguen veinticuatro años más tarde y cuatro niños en común. Todos rubios, con ojos azules y aspecto yanqui como su padre, pero con la gracia y desparpajo de su madre.

Diana es pura extroversión, no le da vergüenza nada, no tiene inseguridades de ningún tipo y siempre se lanza a lo que venga con ilusión. Vamos, todo lo opuesto a mí.

Ya desde adolescentes nos complementamos a la perfección y allá donde va una, va la otra. Así que, al empezar a trabajar aquí, no dudé en llamarla para su puesto. Ya que además es la más competente en su trabajo.

—Buenos días, Bunny. Vaya nochecita me ha dado Pol. Debe estar creciendo y toda la noche la ha pasado con fiebre y dolor de piernas.

La verdad es que los círculos negros debajo de sus grandes ojos marrones no se pueden ocultar ni con dos kilos de corrector. 

—Sabes que odio que me llames Bunny —refunfuño.

Diana me llama así desde la época en la que empezó a salir con Matthew, el americano. Ya que el yanqui se refería a mí cómo «Your friend the Bunny», porqué le parecía una conejita de Playboy. Por aquella época yo llevaba el pelo teñido de rubio platino, y como mido más de metro setenta, y soy de pecho generoso, a él, a sus quince años, le parecí recién sacada de la mansión de Hugh Hefner.

—Te lo digo con amor, ¡tetazas! —Guiña un ojo—. Es pura envidia, mírame. He amamantado a cuatro hijos, esto ya son dos uvas pasas. Las tuyas aún están turgentes y bien puestas.

Se acaricia el pecho con cara de pena. 

—Pues ella lo niega, pero estoy seguro de que están operadas. Están muy arriba, esas tetas, para ser naturales —Óscar también tiene que dar su opinión.

—¡Qué horror, eso de tetazas! Casi prefiero lo de Bunny. Ya sabéis que todo esto es natural, y que si no fuera por el push-up, estarían igual de uvas pasas que las tuyas, como tú dices.  Que estas también han amamantado —digo mientras me sobo un poco el pechamen.

«¡Hombre! A las rodillas no me llegan, pero turgentes… Tampoco», pienso.

—¡Y una mierda! Que te he visto hacer topless y están muy bien aún. —Y mientras lo dice, Diana hace unos movimientos circulares en la zona pectoral, dando énfasis a la colocación de mis tetas.

—En fin, ¿aquí se trabaja o qué?

Corto finalmente la charla, a ver si así desvío la atención hacia otra conversación que no trate de mis senos.

—Claro. Estoy aquí peleándome con la Seguridad Social, que no hay manera de entrar en la página web hoy.  Y hay que dar unas altas y me estoy volviendo loca. ¡Me tienen hasta el potorro!

Diana, toda finura ella.

—Óscar, yo necesitar tú. —De repente Sophia irrumpe en el despacho—. Clientes querer hablar contigo.

—Mi deber me llama.

Óscar se levanta de su silla y nos deja a Diana y a mí solas en la sala. Me dirijo a mi despacho, que está detrás de la mesa de mi amiga. Empezamos con las tareas diarias, a ver cómo se presenta el día, que en agosto suele ser como una batalla.

***

Diana asoma su cabecita y su abundante melena rojiza rizada por una rendija de la puerta de mi despacho. Me mira con su sonrisa picarona.

—¿Pausa para el café?

Es bajita, y más a mi lado. Tiene unos kilos de más, pero tan bien repartidos que es un espectáculo de curvas. Y ella, que siempre ha sido muy consciente de su potencial, suele lucir vestidos con los que evidenciar su sinuoso cuerpo.

Ya en el instituto, ella era la que ligaba. La que llegaba a un sitio y todos la miraban. Yo, un palmo más alta que ella, me quedaba rezagada en un rincón y esperaba que nadie notara mi presencia.

He contestado mil llamadas, tengo la bandeja de entrada del mail a tope y mil cosas por acabar. Pero necesito esa pausa o me va a estallar la cabeza.

Salimos de los despachos y vamos hacia la cafetería del hotel. 

 —¡Buenas tardes, señoras! Café con leche caliente para la secre y café solo para la jefa, ¿no?

 —Eso es, gracias Sebas —digo mientras me alejo a contestar una llamada que acaba de entrar a mi móvil.

 —No soy la secre de nadie. Soy la responsable de administración del hotel. Si no fuera por mí, no cobraríais las nóminas, ¡guapo! Así que más respetito —le increpa Diana, aunque lo hace guiñándole un ojo, al pobre.

Sebas es un señor de cincuenta y ocho años, de esos de la hostelería de toda la vida. De los que no entienden que ahora se sirvan cosas tan raras y que haya que hacer un curso para ponerle espuma a un café y dibujarle gilipolleces encima, palabras textuales.

—Sebas, un cortado, por favor —Óscar se une a la pausa del café justo cuando yo vuelvo de acabar con mi llamada—. ¡Mirad mi último descubrimiento!

Nos muestra la pantalla de su móvil para que veamos su último match en Tinder.

 —Muy guapo, como todos a los que das match y con los que luego nunca quedas —dice Diana mientras le da un sorbo a su café con leche y analiza la foto con cara de hastío.

 —Pero con este sí. Con éste quedo seguro. Tiene un six pack donde dan ganas de lavar ropa. —Pone cara lasciva mientras hace ver que lame la pantalla.

Observamos la foto donde se ve al muchacho a pecho descubierto, en todo su esplendor.

—Chico, pues yo qué quieres que te diga. A mí estos tíos tan fitness, tan encantados de conocerse, con esas fotos luciendo cacha, no me llaman para nada. Que está bueno, pues sí, ¡mucho! Pero vamos… Que tanto postureo no me atrae —añado mientras miro las fotos que va deslizando Óscar en el móvil.

—¡Claro! Porque tus fotos de Instagram no llevan filtros, siempre sales sin maquillar y te las haces mientras friegas el suelo, ¡no te jode! —Óscar pone morritos imitando mis fotos de Instagram.

—¡Pues obviamente, no! —me defiendo—. Siempre pongo algún filtro. Pero de esos de brillo y luz. ¡No de los que te ponen cara de Kardashian! —exclamo muy digna.

—¡Ya, ya! ¡Pero vamos!, me dices que a ti se te pone a tiro un tío así, ¿y vas y le dices que no?

«Como si él fuera a decir que sí», pienso.

—¡Totalmente! Lucía es un poco monja de clausura para esas cosas —señala Diana, desde su más absoluto conocimiento de mi persona—. ¡A ver si espabila!

Y así es, nunca he sido de polvos de una noche. A los veintiuno empecé a salir con mi exmarido, y ni antes de eso, ni ahora soltera, que salimos por ahí de juerga, jamás me he ido a la cama con un hombre que acabara de conocer.

Yo sé que llamo la atención. Soy más alta que la media y tengo curvas por qué nunca he sido una chica excesivamente delgada. Cuido la alimentación, intento hacer deporte, así que objetivamente supongo que estoy bien. Pero ya sabemos que tendemos a vernos peor de lo que somos, y yo no iba a ser menos.

 —Bueno, ya sabéis que estoy en época de metamorfosis. Así que cualquier día me lanzo a esto de echar polvos sin compromiso. ¡Igual hasta me abro un Tinder!

Pero lo digo sabiendo que esa opción es claramente imposible.

—Ay, Bunny. ¡Tú reventarías Tinder, cariño! Pero con lo exigente que eres no te convencería ninguno.

Diana me pasa el brazo por encima y me abraza con cariño.

—Ojalá te vieras como te vemos nosotros —añade Óscar mientras me achucha—. ¡Y ojalá  este buenorro sea al fin quién  me mire cómo te mira a ti Matthew! —sonríe y le guiña un ojo a Diana.

 —¡Pon un yanqui en tu vida, que te cabalgue las noches enteras y te haga andar al día siguiente como si hubieras estado de rodeo! —exclama la muy burra.

—¿Eso es experiencia personal o un dato contrastado? Mira que me pongo a buscar americanos en Tinder —afirma Óscar con los ojos abiertos como platos y levantando y bajando las cejas.

—Esto no es ciencia empírica, no tengo datos con los que contrastar. Lo único que sé, es que mi Matthew es mucho cowboy para dos principiantes como vosotros.

Diana nos mira por encima del hombro, con sorna.

—Vamos. ¡A ver si solo follas tú aquí! —Y no sé muy bien por qué lo he dicho, siendo consciente de que la respuesta está en mi contra.

—¿Has follado mucho este año y medio que llevas divorciada? —me mira alzando las cejas—. ¿O tú desde que lo dejaste con Pablo? —repite con Óscar—. Pues aquí la Queen of fucking soy yo, amigos. Que el americano me tiene muy bien servida.

Una amplia sonrisa de satisfacción se dibuja en su cara.

—Vale, reina del folleteo. Ahora mismo tengo imágenes en mi mente que preferiría no haber tenido nunca —simulo una arcada.

—¡Uf¡ Ahora pensaré en Matthew con un pollón de medio metro, cabalgando como un jamelgo —explota Óscar riendo.

—¡Oye! —grita Diana—. ¡De eso nada!  A ver si mi yanqui va a ser ahora vuestra fantasía sexual, y por ahí no paso, ¡eh! Mi rubio es solo mío.

—Todo tuyo, todo tuyo…

Hago aspavientos con las manos en su dirección llorando de la risa.

—Que va, Dianita. El yanqui, por muy empotrador que sea, no es para nada mi tipo. Puedes estar tranquila —confiesa Óscar.

Y entre risas nos acabamos los cafés y volvemos al trabajo.

 

 

 

 

 

 

2.

 

El sábado, como cada tarde, al salir de trabajar me voy a buscar a los niños a casa de mis padres.

 —¡Mami! —grita mi pequeño terremoto mientras salta a mi cintura.

 —Lucas, mi amor. ¿Qué tal te has portado? ¿Has vuelto muy loca a la yaya?

Miro a mi madre que levanta las cejas y pone cara de exhausta. Yo sonrío. Sé mejor que nadie lo agotador que puede llegar a ser mi hijo. Esa hiperactividad suya nos trae de cabeza a todos.

 —¡Qué va, mami! ¡Me he portado súper bien! Y casi no me he enfadado hoy con Álex. Solo hemos discutido una vez por unos muñecos y ya está.

Pone cara de angelito, aunque ni con esas se le quita la cara de bicho que tiene.

—Es que el señorito no pide las cosas. Viene y me las quita. Y yo al final me enfado y le pego un sopapo. ¡A ver si me deja tranquila un rato! —La pobre damnificada de mi hija.

A veces me sabe mal porque al ser la mayor, las broncas suelen recaer en ella, cuando es más que evidente que la culpa es siempre de Lucas.

—Bueno, ya sabemos cómo es tu hermano. Ahora recoged, que nos vamos a casa. Hoy es sábado y ya sabéis lo que toca.

—¡Pizza! —grita Lucas.

 —¡Y peli con palomitas! —Álex aplaude de emoción—. ¡Y además hoy me toca a mí elegir la peli!

—Pues que sepas que si eliges una de esas de princesas, yo no la voy a ver. ¡Yo quiero la de los camiones robot! —lloriquea Lucas.

—¡De eso nada! Hoy toca la que yo quiera. Si no te gusta, te vas a dormir, ¡enano! 

—¡Mamá!

Empieza el llanto de Lucas.

Matizo.

Empiezan los gritos de Lucas.

Nos despedimos de mis padres y nos metemos en el coche.

Poco a poco me he ido acostumbrando a la situación. He aprendido a sobrellevar la diferencia entre los quince días de custodia compartida y los quince días que estoy sin niños. 

Pero las primeras semanas que mis hijos se fueron con su padre y yo me quedé completamente sola, me las pasé llorando.

Después de dieciocho años de relación —los últimos ocho ya con hijos—, el silencio sepulcral hacía que la casa se me cayera encima.

Yo, que tanto presumo de que me gusta la soledad, cuando me vi sola en casa, tener que afrontar dos semanas con ese panorama, se me hizo aterrador. Una cosa es el ratito de soledad cuando consigues que marido e hijos te dejen un respirito, que es de lo mejor para tu salud mental. Y otra muy diferente es estar sola. Pero sola, sola, dos semanas. Sin un solo ruido, sin nadie con quien hablar, después de llevar casi veinte años viviendo acompañada.

Nunca llevé mal el divorcio. Después de descubrir que Raúl llevaba más de dos años pegándomela con otra, solo sentí rabia y asco.

Además, con todo el follón de la custodia de los niños e intentar hacerlo todo lo menos traumático para ellos, me dejé todas las energías. Por ello casi no tuve tiempo a pasar el duelo de la separación. Hasta esos quince días de cada mes, en los que me fustigaba sin pausa.

Pero no estuve mal por la ruptura de la pareja, en realidad, lo que no podía soportar era la ruptura de la familia. Echaba de menos a mis hijos de una forma sobrehumana. Era tal punzada de dolor la que sentía al pensar que ahora solo los podía tener medio mes, y el otro medio no sabía qué hacían, que pensaba que al final iba a caer en una depresión. Fue horrible todo el proceso de admitir que la vida tal y como la conocía había cambiado y que la familia pasaba a ser diferente. 

Decidí vender la casa familiar que tanto había querido quedarme y por la que Raúl no luchó en absoluto, y me mudé a casa de mis padres. Algo temporal hasta que mi situación económica me permitiera poder tener una casa para mis hijos y para mí. Un nuevo lugar donde empezar de cero.

Pero suerte que, como dicen, cuando una puerta se cierra se abre una ventana.

Llevaba años trabajando en el mismo hotel, así que cuando me ofrecieron un puesto de directora en un hotel de nueva inauguración y con unas muy buenas condiciones económicas, no me pude resistir.

Gracias a eso pude dejar la casa de mis padres y alquilar un apartamento. De esos que las inmobiliarias anuncian como coquetos, o lo que es lo mismo: un piso pequeñito, pero bien distribuido y por el que cobran más de lo que en realidad cuesta. Y así es, en lo pequeño y bien distribuido. Pero por suerte el precio no es exorbitado. Y aunque se me queda pequeño los quince días que tengo a los niños, los otros quince, me sobra medio piso.

Fue verlo y enamorarme. Justo en primera línea de playa, con unas vistas preciosas sobre el mar. No pude resistirme y firmé el contrato ese mismo día.

 

Llegamos al garaje, aparco el coche en nuestra plaza y nos encaminamos al ascensor. El edificio es bastante viejo, así que el dichoso ascensor a veces hace unos ruidos que nos asustan un poco. Es el típico edificio de apartamentos playeros que se construyó en el boom del turismo de los años sesenta en la costa. Y entrar en él es como retroceder en el tiempo. Aunque por suerte al entrar a casa la cosa cambia, ya que el piso está completamente reformado y te devuelve a este siglo.

—Mami, ¿tú vas a tener novio algún día?

Álex me mira interrogante. Miro mi reflejo en el espejo del angosto ascensor, me cuesta aguantar la risa ante la pregunta.

—No sé, cariño. Pues igual algún día. Y si no, pues no pasa nada.

No quiero que mi hija piense que la única meta en la vida es tener pareja, así que intento desviar la conversación.

—Os tengo a vosotros, que os quedaréis conmigo hasta que sea muy vieja y me tengáis que limpiar el culo. Como yo he hecho con vosotros —arrugo el ceño simulando ser una ancianita mientras encorvo la espalda.

—¡No! Yo no pienso limpiarte el culo. ¡Qué asco! —Álex llora de la risa.

—¡Uf! Si yo aún ni he aprendido a limpiarme el mío, como para limpiar el tuyo. ¡Qué encima es gordo y blando! —Lucas me mira muy serio mientras me lo dice.

—Pues más gordo y blando será cuando sea una vieja y no me aguante ni los pedos.

—¡Mamá!, en serio. ¡No quiero limpiarte nunca el culo! Además, como yo seré astronauta y viviré en Saturno, no podré venir a cuidar de viejas terrícolas.

El ascensor llega al cuarto piso y salimos riendo.

Mientras abro la puerta Álex me pone cara de gatito de Shrek, mirándome a los ojos con su cabecita hacia arriba.

—En serio, mamá. No me gusta que te quedes sola cuando nos vamos con papá.

¡Por favor! Se me encoge el corazón viéndole la carita y oyendo esas palabras de su boca. Yo soy la que tiene que sufrir por ellos, no a la inversa.

—¡Mi amor! —La abrazo ya una vez dentro de casa—. A mí también me da mucha pena cuando os vais, pero me encanta estar sola. Me quedo muy tranquila sin oír gritos —le guiño un ojo—. Ya sabéis que tiene que ser así. Unos días con mamá y otros con papá. 

—Lo sé, y nos encanta. Pero papá tiene a Eva, y cuando nosotros volvemos contigo, ellos se quedan juntos. 

Eva es la compañera de trabajo con la que me estuvo engañando Raúl durante dos años, hasta que tuvo valor a confesarlo. Y yo, ingenua o imbécil, ni me lo olía.

—Y de aquí a poco se quedarán los tres.

Mi hija me mira fijamente estudiando mi reacción.

—¿Qué tres? ¿Van a adoptar a un perro, a un gato, a un cerdo? —hago el gruñido del cerdo—. ¿Un tigre, un oso, un velociraptor?

Los empiezo a perseguir por el pasillo de casa mientras encojo los brazos pegándolos a mis costillas haciendo el arrullo del temido dinosaurio.

—¡No, mami!

Lucas ríe mientras intenta escapar de mis garras.

Pasados unos minutos de carreras, risas y gritos, al fin los atrapo en el salón y los empujo contra el sofá donde caemos los tres entre carcajadas.

Dejamos pasar un tiempo para bajar nuestras pulsaciones y nos quedamos tumbados en el asiento mirando al techo.

—Eva va a tener un bebé en unos meses. Nos lo dijo papá cuando nos tocó con él la última vez. Vamos a tener un medio hermano.

Álex me lo dice casi en un susurro. Como para amortiguar la sacudida que ella piensa que me puede dar con esa nueva información.

—¡Qué buena noticia! —afirmo con total sinceridad—. Pero no digas eso de medio hermano, cariño. Ese bebé va a ser vuestro hermano entero. ¡Hermano, hermano! —enfatizo. 

***

Barro los restos de palomitas que hay bajo el sofá. Ya he conseguido que se vayan a la cama. Hemos visto Brave, por millonésima vez. Es la película preferida de Álex. Creo que a causa de mi machaque cuando era más pequeña, diciéndole siempre que Mérida es la mejor princesa, la más independiente y guerrera. Hasta Lucas la ha estado viendo calladito, y es que le encanta la parte en que los pequeños diablillos de los hermanos de Mérida se convierten en osos y hacen mil travesuras. ¿Por qué será?

Es casi medianoche. Ya en la cama veo mis redes sociales en el móvil. Abro WhatsApp y busco a Diana. Veo que su última conexión ha sido hace muy poco. Escribo.

 

Flowercilla, ¿fieras dormidas? 

 

Pasan unos minutos, y no me contesta.

 

Imagino que Matthew te estará dando

lo tuyo. Bueno… Mejor no me lo

imagino. (Emoticono vomitando)

 

De repente aparece en línea.

 

¡¡Qué va!! (emoticono llorando), ojalá.

Pero en vez de eso estaba con María.

No puede dormir con los nervios

de mañana.

   Normal, ya sabes cómo se ponen

 siempre con los cumpleaños.

Es su día, su fiesta.

Ya. Pero la que lleva un mes

organizando su día y su fiesta

soy yo. (emoticono rojo enfadado)

Jajajajaja, es tu deber de madre.

No te quejes. Cuando de mayor salga

por ahí y ya no te necesite para

prepararle las fiestas, te quejarás.

¡De mayor no saldrá de casa! Por

experiencia propia puedo asegurar

que ninguno saldrá de noche hasta 

los treinta, por lo menos.

¡Eso no te lo crees ni tú!

(emoticono llorando de risa)

Tengo pavor a ser abuela joven. Imagina

que me preñan a las niñas, o ellos preñan

a alguna chica…

¡Estás fatal de la cabeza!

Pero ya que sacas el tema,

la que está preñada es Eva.

Joder, lo sueltas así. Sin anestesia.

Así me lo ha soltado Álex a mí.

¿Y?

Bien. Me alegro por ellos, de verdad.

                                                                                                            Sabes que ya he pasado página. 

Mierda, María se ha despertado. Voy a ver si

consigo que duerma otra vez. Espero

no tardar. Ahora seguimos.

Tranquila, no creo que siga

aquí luego. Estoy muerta.

 

Deja de estar en línea y yo me pongo lo primero que encuentro en Netflix. Espero dormirme en unos minutos.

Mañana es el octavo cumpleaños de María y va a ser un día agotador.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3. 

 

Domingo. Once de la mañana. Cuarenta grados de temperatura. Y aquí, en el aparcamiento de un hipermercado, estamos Óscar y yo esperando a que una tal Marta nos entregue la tarta para la fiesta de cumpleaños de María. Diana encargó una tarta de fondant en forma de unicornio, deseo expreso de la niña, y encontró a Marta por Facebook. Me ofrecí a venir a buscarla para ahorrarle el viaje, con todo el follón que tiene hoy. Y al final acabé liando a Óscar a que viniera conmigo y se quedara en la fiesta.

—Me suda el bigote. Me están cayendo gotas por la espalda. ¡Tengo empapados hasta los huevos! No sé cómo me he dejado convencer para esto.

Óscar se abanica con un papel.

—Pues por qué hay barbacoa y bebida gratis —le recuerdo guiñándole el ojo—. ¡Es que no hay ni una sombra!

Me abanico con la mano sin ningún efecto.

—Más le vale al yanqui hacer chuletones de buey, ¡que esto no está pagado!

Un coche azul pitufo aparece a lo lejos, debe ser la tal Marta. Para a nuestro lado. Una chica morena, muy pequeñita y delgada, baja con una caja enorme.

«Es nuestra chica y nuestra tarta», pienso aliviada. Por fin podemos irnos de este secarral.

***

Matthew y Diana viven en un adosado esquinero, con su pequeño jardín y piscina. La fiesta es todo un éxito. Unos quince niños chapotean en el agua, gritan y corren por el césped alrededor de la piscina. Todo está perfectamente decorado en tonos rosas, turquesas y blancos. Todo lleno de banderines con unicornios. Todas las bandejas de aperitivos llevan unos identificadores de unicornios. Todos los vasos son rosas, turquesas y blancos y tienen una etiqueta de unicornio. Todo el jardín está lleno de globos de… Cómo no. ¡Unicornios! Y un globo gigante rosa de un ocho preside una mesa llena de comida que, claramente, Diana no ha preparado. Conozco de sobra las nulas cualidades de mi amiga en los fogones.

Hay música infantil de fondo, aunque con los gritos ni se oye.

El calor sigue siendo insoportable.

María está encantada. Los nervios de la noche anterior han dado paso a una felicidad máxima. Ha gritado de emoción al ver el jardín decorado, al ver a sus primos y amigos y se le ha escapado alguna lagrimilla y todo.

Los adultos estamos bajo unos toldos, rosas turquesas y blancos, como no podía ser de otro modo. Óscar y yo estamos más apartados del resto, bebiendo cerveza y riéndonos de Diana, que no deja de sacar bandejas con la comida que ha encargado para la ocasión. Se pasea por el jardín como si fuera la camarera de un catering. Matthew está con los preparativos de la barbacoa, muerto de calor.

—Nunca imaginé que un cumpleaños infantil era casi como una boda. ¡Por Dios! ¡Qué despliegue!

Óscar no está puesto en estos aspectos del mundo infantil.

—Es la lucha del postureo máximo. A ver quién hace la mejor fiesta de toda la clase. Y luego estoy yo, que los llevo al parque de bolas, que allí te lo hacen todo y no pego ni chapa.

Sonrío pensando en las tonterías que tenemos los padres.

—¡Chica lista, amiga! —Diana llega por detrás sosteniendo una bandeja con tortilla de patata—. Yo esto, es el último año que lo hago. Y encima cuatro veces que me toca hacerlo, y cada niño con su temática y su decoración. —Me roba la cerveza y le da un trago.

—Eso hace años que lo oigo y cada año el resultado es más exagerado que el anterior, ¡guapa!

Cojo uno de los palillos con un pincho de tortilla.

—Perdona, pero ayer me quedé dormida en la cama de María y ya no te contesté.

Diana me abre otra cerveza, se ha bebido la mía entera.

—Yo me dormí nada más contestarte, la verdad.

Tomo la botella que me ofrece y le doy un sorbo.

—Vaya bomba me soltaste, ¡nena! —abre los ojos como platos y ladea la cabeza.

—¿What? ¿Qué bomba? —Óscar no sabe de qué va la conversación.

—Eva. La Eva de su Raúl. Raúl, su ex, ¡está embarazada! —aclara Diana mientras come tortilla.

—Ya sé quién son todos —se burla Óscar con retintín achinando sus afilados ojillos—. ¿Y cómo te ha sentado? ¿Te lo ha dicho él?

—No. Me lo dijo Álex ayer por la tarde. Estoy bien. ¡De verdad! Hace tiempo que ya no me afectan demasido las cosas relacionadas con Raúl.

Doy otro trago a mi botellín de cerveza y continúo.

—Los niños también lo llevan bien y les hace ilusión eso de tener un hermano, así que… ¡Todo perfecto!  

Me alejo un poco de mis amigos y enciendo un cigarro, ya que ninguno de ellos fuma. De repente recuerdo la conversación de ayer con mis hijos.

—Ahora parece ser que están preocupados, porque quieren que me eche un novio para no quedarme sola los días que se van con su padre.

Sonrío pensando en las tonterías que tienen mis pequeños. 

—¡Qué monos! Pues yo lo veo de lo más normal. Si ven que su padre rehace su vida es lógico que quieran lo mismo para ti —afirma Diana mientras me vuelve a robar la cerveza.

—¿Ves? Hasta tus hijos te están diciendo que necesitas mandanga. —Óscar hace movimientos lascivos con la lengua.

—Mis hijos no saben que es la mandanga, ¡burro! Y mi vida está perfectamente hecha. Odio el término rehacer la vida, como si por separase uno se quedara desecho y solo se pudiera arreglar estando en pareja.

Justo en ese momento llega María con su hermana pequeña Sara y mi hija Álex. 

—Lucía, ¿puede Álex quedarse a dormir? —me preguntan a coro las hermanas. 

—No, cariños. Álex tiene que irse a casa de su padre esta tarde. Otro día que estén Lucas y ella conmigo, se quedará a dormir, ¿vale? —Las pequeñas hacen pucheros—. En serio, de aquí a dos semanas lo organizamos mamá y yo, y hacemos una fiesta de pijamas. ¿Qué os parece?

—Mamá, ¿has oído a Lucía? ¡Vamos a hacer una fiesta de pijamas! —grita María mientras vuelven a la piscina—. ¡Hoy es el mejor día de mi vida!

Y las tres niñas saltan al agua en bomba, cogidas de la mano.

En ese momento llega Matthew haciendo una especie de reverencia.

—¿Queréis americano tostado? Pues aquí me tenéis. Es insoportable el calor de la barbacoa.

El pobre está rojo como una gamba, porque además del calor del fuego, se ha roto la sombrilla que colocan en la barbacoa y lleva un buen rato al sol.

Lleva más de veinte años en España y no ha perdido esa capacidad tan guiri de pasar del blanco al rojo y después otra vez al blanco. Su piel no conoce el tono bronceado.

—¿Qué os pasa? ¿De qué guarrada estáis hablando ya?

—Pues te equivocas, Matt. Solo estamos hablando de Lucía y de que ya es hora de que vuelva al mercado. Que la vida sigue para todos y ella no puede ser menos —sentencia Óscar. 

—Consejos vendo…—canturreo con sorna.

—Bueno, Bunny. Ya sabemos que eres un poco especial para estas cosas. Con eso de que no necesitas a ningún hombre para estar completa. Nadie te parece lo suficientemente bueno nunca. Y cuando conoces a alguien, empiezas con tu manía de darle vueltas a las cosas y analizarlo todo. —Matthew pone los ojos en blanco—. Esta conversación ya la hemos tenido antes y no vamos a sacar nada en claro —añade derrotado—. O aparece Míster Perfecto a lomos de un corcel o…

—¡Por mí como si viene en burro! —Me cruzo de brazos harta de tener esta conversación—. Yo no estoy cerrada a nada, pero tampoco lo busco. Que aparece, ¡bien! Y si no, pues nada. Yo no tengo problemas en no tener pareja.

Me levanto y muy seria, en plan muy intensa, improviso mi discurso:

—No es que yo sea exigente. Es que hemos crecido pensando que el amor es como en las pelis de Disney y en las americanadas ñoñas. Así que yo quiero mi peli…

«¿Ni Diana se da cuenta que estoy de coña?», pienso y continuo.

—…Estoy esperando a un amor a primera vista. A que llegue esa persona que cuando la vea, el mundo vaya a cámara lenta. Que se oiga «Just the way you are» de Bruno Mars de fondo cuando se crucen nuestras miradas. Que cuando nos rocemos las manos una descarga nos electrice los dedos…

«¡Dios, piensa más tópicos que me quedo sin!».

—…Que al darnos el primer beso se me levante la pierna así para arriba —levanto el pie hacia atrás, como en las pelis—. Que sea el Quarterback del equipo de fútbol, y que me lleve al baile de graduación. —Ya me está costando aguantar la risa—. Que cuando…

—¡Ya lo hemos pillado! —grita Óscar—. Pero un buen pollazo tampoco te iba a ir mal.

—Lucía romántica, eso sería una novedad —señala Matthew. 

—Pues yo estoy con Óscar. Necesitas un buen meneo, Bunny. —Diana se sienta en las piernas de su marido—. Por primera vez en tu vida, conoce a un tío y déjate llevar. Necesitas a alguien que no vayas a ver nunca más, para pasar la noche de sexo salvaje de tu vida.

—Qué obsesión tenéis con la noche de sexo. ¡Que no! —Doy un trago a mi cerveza—. Que si no tengo todo eso que os he dicho, moriré sola —guiño un ojo y saco la lengua siguiendo con la broma.

***

La fiesta se alarga hasta tarde. Diana ha pedido tanta comida que no ha hecho falta preparar nada para la cena. Ya queda muy poca gente, los pocos compañeros de clase de María hace rato que se han ido. Es lo que tiene cumplir años en agosto, que del colegio viene poca gente a tus cumples. Queda solo la familia, Óscar y yo, que no tardamos mucho en irnos. Tengo que llevar a mi amigo a su casa y a los niños a casa de Raúl.

***

Aparco en la puerta aprovechando el vado. La casa de Raúl está en una de las muchas urbanizaciones que hay a las afueras del pueblo. Su casa es grande y tiene un terreno enorme alrededor con piscina, jacuzzi y hasta columpios.  Yo no sé cómo mis hijos no cogen una depresión cada vez que dejan esta fantástica casa y se meten en mi piso.

Es ya casi la una de la noche. Llamo a Raúl al móvil para avisarle de que ya hemos llegado, no quiero llamar al timbre por si Eva duerme. Los niños bajan del coche y van cogiendo sus mochilas del maletero. Raúl abre el portón de entrada.

 —¡Buenas noches! Hoy caerán rápido, ¿no? Si hasta estas horas no han parado.

Como siempre no sabemos si darnos un beso, dos, la mano… Así que no hacemos nada y cada uno se queda dónde está.

—Seguro. Oye, gracias por esperarnos hasta tan tarde. Pero no querían irse de la fiesta. Ya sabes…  

—Tranquila. Mañana empiezo las vacaciones. No tengo que levantarme temprano.

Raúl se pasa la mano por el pelo, una costumbre muy suya cuando está incómodo.

—No sabía que ya teníais vacaciones. Los niños no me han dicho nada de que vayáis a ningún sitio. 

—No, tranquila. No vamos a hacer nada, solo yo tengo vacaciones. Eva trabaja todo el agosto. Así que aprovecharé para hacer unas cosas en casa. Hay que reformar una de las habitaciones.

Desvía la mirada hacia abajo, como esquivándome.

—Lo sé. Me lo ha dicho Álex. —Entonces vuelve a mirarme examinado mi cara—. ¡Enhorabuena a los dos! —sonrío con total sinceridad.

—Gracias, Lucía. —Su cara se relaja—. Es muy importante para mí que tú y yo nos llevemos bien, ¿sabes? Me alegro de que lo hayamos superado y ahora podamos vernos y hablarnos con normalidad. —Hace el signo de comillas al decir normalidad—. Y ahora espero que Álex y Lucas lleven bien todo el tema del bebé, que no se sientan apartados.

Ellos aparecen arrastrando sus mochilas.

—Son muy inteligentes y buenos, y están muy felices con todo esto. No creo que tengas motivos para preocuparte.

Aprovecho para darles el último abrazo antes de volver a verlos en quince días.

—¡A la cama en cuanto entréis, que ya no podéis más!

Los estrujo fuerte y les doy muchos besos antes de montarme en el coche para irme a casa.

Realmente me alegro de que Raúl siga con Eva, y también de que vayan a ser padres.  Ya no les guardo rencor. He superado el pasado y no quiero estar odiando a nadie el resto de mi vida. Mi relación con Raúl es correcta y formal, que es lo que debe ser por el bien de los niños. Y Eva, aunque hemos tratado muy poco mutuamente, es una mujer amable. Mis hijos la adoran. En verdad, es con quien más tiempo pasan los días que les toca estar con su padre. Y ella les trata con mucho amor. Y aunque hubo una época en la que oírlos hablar maravillas sobre ella, me dolía como si me estuvieran atravesando el corazón con un cuchillo, acabé por aceptar que lo mejor que les podía pasar a mis hijos es que ella los quisiera y los tratara con cariño.

 

 

 

 

 

4. 

 

—Sí, soy Lucía Herrera, del Hotel Suites del Mar. Con Antonio, por favor…

Teléfono en mano espero a que me pasen con uno de los directores comerciales de un tour operador con el que trabajamos a menudo, a ver si cerramos unos temas de cara a octubre.

Son las cuatro de la tarde y ya es jueves. Esta semana se me está haciendo eterna.

Aprovechando que no tengo a los niños, estos días hemos hecho varias salidas. La mejor la del martes.

El motivo fue algo nunca visto. Óscar tuvo una cita con el del six pack de Tinder, y eso había que verlo in situ.

Mi amigo tenía miedo que finalmente su match resultara ser un fake, de esos que hay en este tipo de aplicaciones, que ponen fotos de otros. O que simplemente no le gustara en persona y deseara salir corriendo de allí. Así que junto con Diana y Shopia, fuimos de apoyo moral a la misión.

Llegamos a la terraza y nos sentamos a unos metros de la mesa de Óscar.

Nosotras nos retrasamos veinte minutos sobre la hora de encuentro y no nos gustó nada ver a Óscar esperando.

Estaba guapísimo con su pelo moreno engominado hacia atrás.

Ya estaba a punto de levantarme y decirle que nos fuéramos cuando lo vimos llegar. ¡Madre mía! No había duda de que era él. Vestía una camisa blanca con varios botones abiertos, que acentuaban sus pectorales completamente definidos y bajo la cual reposaban los perfectos abdominales que habíamos visto días antes en foto. 

Óscar me buscó con la mirada disimuladamente y lanzó un suspiro. Se levantó cuando el atractivo moreno, de nombre Mario, llegó a la mesa. Se dieron dos besos y empezaron a hablar, bastante nerviosos los dos.

—Aún no me creo que estemos viviendo este momento. Es como presenciar algo histórico —añadió Diana emocionada—. ¿Cómo ha querido quedar al final? Si él nunca se atrevía a dar ese paso. Desde lo de Pablo, es la primera vez que tiene una cita.

—Pues porque después de que Mario le diera match a él también, empezaron a chatear. Ayer hablaron durante todo el día, ya sabes: música, libros, cine…  Y según Óscar coinciden en todo. A los dos les han dejado hace poco y parece que tienen muchas aficiones en común.

Aunque omití el detalle de que, en verdad, Mario le había dicho de salir a correr y Óscar se inventó estar convaleciente de la rodilla y tener el deporte un poco apartado desde hacía unos meses.

«A correr, ¡sí hombre! ¡Ni que fuéramos liebres! Se queda en una terracita a tomar algo, ¡como Dios manda!». Me dijo antes de contestarle.

—Eso, y pacto entre dos —matizó Sophia.

—¿Qué pacto? —preguntó Diana confusa.

—Pacto Lucía y Óscar. Él quedar, porque ella antes de acabar verano, noche loca. 

 —¿De qué va esto, Bunny?

Diana me miraba divertida sin entender nada.

—Una chorrada. Yo quería que él tuviera esta cita con Mario, y le prometí que, si venía esta tarde, yo antes de acabar el verano tendría la noche loca esa que todos estáis deseando que tenga. 

—¿Cómo? Esto es muy fuerte. ¿En serio? Bueno, bueno, bueno… —Iba frotando sus manitas—. Vamos a hacer inspección, a ver qué género tenemos esta noche aquí.

—Allí, mesa fondo, chico rubio muy guapo. Y mirar mucho a mesa nuestra.

Sophia coqueteaba claramente con el rubio.

—Ese ya ha elegido, ¡cariño! —sentenció Diana dándole un codazo y guiñándole un ojo—. Además, es de tu quinta, te recuerdo que nosotras somos unos quince años más mayores que tú.

—Bueno, tampoco tiene que ser hoy. Aún queda un mes hasta que llegue el otoño —corté intentando bajar la emoción a Diana.

—¡Ya, ya! Pero estas dos semanas estás sola. En cuanto vuelvan tus hijos ya no podrán haber noches locas, ya lo sabes.  Tienes solo quince días para encontrar a tu candidato ideal. ¡Mira ese!

Movió la cabeza señalando a un chico moreno en la barra, bastante mono.

—Es muy bajito —dije sin prestarle mucha atención.

—Ya estamos —resopló Diana—. ¡Hija! Es que para ti todos son bajos. Ya podías ser de estatura más normal. Encima, mírate: llevas diez centímetros de tacón, ni más ni menos. ¿Cuánto es entonces? ¿Más de metro ochenta lo que debes medir ahora? Vamos, que o viene Pau Gasol o te apañas con uno que te llegue a la altura del ombligo.

—Así ser perfecto para comer almendra —Sophia levantaba una ceja.

—¡Almeja, Sophia! No sé qué coméis en Rusia, pero aquí se come almeja —la corrigió Diana riendo.

—Yo no rusa, yo ucraniana. Y dar igual que él comer, si él comer bien.

—¡Claro que sí! ¡Sabiduría soviética total! —añadí llorando de la risa—. Haya calma, chicas. Como dice Amaral… Aún quedan días de verano.

—Amaral decía que no, ¡torpe! No quedan días de verano —me increpó Diana haciendo énfasis en el no, mientras canturreaba el estribillo de la canción.

—Bueno, lo que sea. Ya se verá. Además, hay que estar a lo que hay que estar. Mirad, Mario se ha levantado.

Aprovechando que el de los abdominales esculpidos se dirigía al baño, tomé el móvil para llamar a Óscar.  

—¿Cómo vais? Te vemos bien, ¿no?

Yo sujetaba el móvil mientras Diana gritaba al aparato, no supe para qué lo usamos, seguro que Óscar nos podía oír desde su mesa.

—Muy bien, ¡es monísimo! —colocó los ojos en blanco—. Con la de gente rara que hay por ahí, he debido encontrar al más normal de Tinder. 

—Noche loca, Óscar, no importar más —añadió Sophia, mientras miraba fijamente al rubio de la otra mesa.

—Bueno, bueno… Ya veremos. De momento estamos teniendo la noche tranquila. ¡Ya viene! Colgó la llamada guardando el teléfono en su bolsillo.

—Señoras, yo marchar. Rubio seguro que querer almendra esta noche.

Sophia cogió su bolso y se dio media vuelta en dirección a la mesa del rubio. 

—¿Ves? —exclamó Diana poniendo las manos en alto—. Así se hacen las cosas.

Sophia se acercó a la mesa del rubio y sus amigos, y en menos de dos minutos los dos salían del bar.

***

—Gracias Antonio, ya te mando un mail y vamos ultimando los detalles de todo el paquete. 

La espera ha merecido la pena. Si todo va bien acabo de asegurar un sesenta por ciento de ocupación para los tres meses de otoño, con unos paquetes combinados que se van a vender en el mercado belga de aquí a unos días.

Desde mi despacho veo a Óscar en su mesa, lleva todo el día pegado al teléfono. Según él, la cita fue todo un éxito, y más aún, todo lo que la siguió después. Pero la verdad es que desde que salió de casa de Mario a la mañana siguiente, no ha vuelto a saber nada más de él. Es como si se lo hubiera tragado la tierra: ni chats, ni mensajes, ni llamadas. Nada. 

Son las cinco. Me apetece un café, pero tengo el estómago muy revuelto y decido no tomarlo. Es lo de cada mes. Días antes de que me baje la regla estoy con el estómago fatal y hoy ya he empezado con cólicos. Es cuestión de días recibir la odiosa visita.

—¡Me ha bloqueado! ¡El cabrón me ha bloqueado!

Óscar entra en mi despacho claramente enfadado.

—A ver, ¿por qué? —pienso que seguro que eso no es lo qué ha pasado.

—Mira. Le mando mensajes y nada, no se pone nunca el doble check azul. Y en Tinder ni me aparece su perfil. Eso es porque me ha bloqueado. ¡Seré gilipollas! Y yo pensando que era diferente. Que éste no quería solo un polvo y ya está. ¡Joder! Que a nuestra edad estas cosas se hablan. Se dejan las cosas claras desde el principio y ya está. —Se sienta abatido en la silla frente a mi mesa—. Es que, si me lo dice, pues yo no me hubiera estado haciendo ilusiones.

—Bueno, al menos piensa en lo que te has llevado. La noche del martes pasará a los anales de la historia, ¿no?

Intento quitar hierro a la situación.

—Pues la verdad, es que sí. Estuvo muy bien —se aguanta una risilla nerviosa—. Tiene su punto, esto de la noche loca. Pero bueno, ¡ya me dirás! Te recuerdo que tú tienes pendiente la tuya. Hoy salimos, ¿no?

Hace una especie de baile con los hombros.

—¡Uf! No sé yo. Estoy pre-regla y no me apetece nada. Hoy quiero sofá y tele de tranquis.

Pongo cara de pena.

—¡De eso nada! Las dos semanas sin niños son para aprovecharlas. Y más en agosto. Que luego llega otoño y esto es como Florida, solo quedan jubilados. 

—Igual un madurito rico es la solución a mis problemas. —Subo y bajo las cejas—. Un buen braguetazo y a vivir.

—¡Qué asco, por favor! Solo te lo perdonaría si el madurito fuera igual que Sean Connery, ¡Dios lo tenga en su gloria! —Junta las manos a modo de plegaría—. Pues yo, ahora que he descubierto las bondades divinas del sexo sin compromiso, no pienso parar. ¿Sabes lo que decía una de las más grandes, no?… Yo soy como la Pantoja, polla que veo, polla que se me antoja.

—No me creo que uno de tus referentes vitales sea Carmen de Mairena. —Lloro de la risa. 

—¿Café? —Diana asoma la cabeza por la puerta—. ¿De qué os reís?

—Yo tengo mucho glamour porque me ambiento el coño con Ambipur —me sumo a Óscar en esto de las frases célebres de Carmen. 

—Pues yo tengo mucho talante, tanto detrás como delante —contesta Óscar casi sin poder hablar de la risa.

Diana nos mira sin entender nada.

—¡Anda, vamos a tomar café! —Óscar abraza a Diana que aún no entiende de qué estamos riendo—. Venga, que tengo que hablar con Sophia y los de la cafetería a ver qué organizamos esta noche.

—Ahora iré, pero no me pidáis nada. Que no estoy muy fina.

Antes de salir a la pausa con mis amigos, contesto un par de mails que me acaban de llegar. Suena el teléfono fijo del despacho. Me llaman desde la extensión de la cafetería.

—¡Levanta el culo y ven ahora mismo! —susurra Óscar con urgencia.

—¿Qué pasa?

Y pienso que debe ser un problema gordo. Algún follón con algún cliente y por eso me habla así de bajito.

—Dios del Olimpo. Adonis. Apuesto. Imponente. Hermoso. Es que debería estar prohibido que esto saliera a la calle —ahora habla un poco más alto.

Diana toma el relevo al teléfono.

—Impresionante, de verdad… ¡Corre! ¡Corre, que esto no te lo puedes perder!

Cuelgan. Dejo lo que estoy haciendo y salgo hacia la cafetería a ver quién es el causante de tanto revuelo.

Entro y veo a Óscar y Diana al final de la barra hablando con Carlos, otro de los camareros. A unos metros hay un montón de maletas junto a un grupo de cinco hombres saludándose y hablando entre ellos.

—¡Oh! Un grupo de chicos. ¡Qué novedad! —finjo sorpresa en voz baja poniendo cara de no entender nada—. Estáis un poco salidas las dos, ¡eh!

—Anda calla, que desde ahí no puedes ver la obra de arte, porque eso debería estar en un museo —susurra Óscar mientras me coloca entre Carlos y él, donde parece ser que hay mejor perspectiva.

—No lo veo para tanto.

Añade Carlos con un soplido fijando la mirada en Óscar.

—Pues hijo. ¡Qué gusto más atrofiado tienes entonces! —Óscar no aparta la mirada del grupo—. A mí me gustan dos, por lo menos. —Los observa achinando aún más sus ojos, analizando todo lo que ve.

—Bueno, a veces hay que ver más allá. Fijarse más en lo cotidiano, en lo que se tiene delante cada día. Quizá deberías probar y dejar de buscar por internet a Don Tinder —Carlos se cruza de brazos—. No sabes las oportunidades que uno se pierde por no estar atento a las señales.

Y yo en medio de los dos sin creerme que Carlos le esté tirando la caña a Óscar, que sigue ensimismado mirando al grupo sin enterarse de nada.

Y yo que siempre creí que a Carlos le gustaba Sophia.

«Que mal me funciona el radar», pienso.

Vuelvo a mirar hacia el grupo. Cuatro hombres están de pie hablando con un quinto que está sentado en uno de los taburetes de la barra. Todos deben rondar los cuarenta. A los que están de pie los veo, pero me tapan al que está sentado, que además me da la espalda. Uno de ellos dice algo que hace que todos se rían del que está sentado y le dan collejas. Este se queja y los aparta a manotazos mientras los otros le increpan riendo. Se nota que hay confianza y se están divirtiendo.

Entre los que están de pie hay de todo. Hay un moreno muy mono, con pelo cortito, que parece bastante alto y lleva unos vaqueros que le marcan buen culo. Al lado hay otro chico, con la cabeza completamente afeitada, vestido en ropa de deporte y con unos brazos como Chris Hemsworth, que dan miedo. El otro es un chico más gordito, rubio y bastante guapo. Y el último que puedo ver es un chico con pelo rapado, vestido en pantalón corto y camiseta, pero al que tampoco le veo bien la cara, y por lo que parece es el gracioso del grupo.

Este último dice algo que hace que todos estallen en carcajadas y de repente el que estaba sentado se levanta del taburete. Y aunque lo sigo teniendo de espaldas, entiendo el revuelo de mis amigos.

Pelo castaño claro peinado hacia un lado, con los laterales más cortos. Si el del buen culo me parecía alto, este le saca dos cabezas. Lleva pantalones de traje gris, y también se aprecia que le quedan muy bien y lo marcan todo de manera perfecta. Perfectísima. La camisa blanca enmarca una espalda ancha y fuerte, lleva las mangas dobladas hacia arriba y se ven unos antebrazos bronceados y torneados. Me fijo que tiene la americana y la corbata colgando de otro de los taburetes. 

—Mira, mira. ¡Ni habla!

Óscar y Diana cuchichean mientras observan el escaneo que le voy haciendo a aquel hombre.

Pero ni me giro a contestar, la visión que tengo delante es demasiado tentadora como para perderla por mirar a estos dos, que ya los tengo muy vistos.

Sigo a lo mío, perdida en el escrutinio a ese cuerpo perfecto. Entonces ladea la cabeza y veo que lleva barba, no muy larga, bien cuidada. Vuelvo a centrar mi atención en su espalda y bajo hasta el culo, disfrutándolo. Por su movimiento de piernas intuyo que se empieza a girar. Oigo a sus amigos reír, alguno ha debido decirle que le estoy mirando como una obsesa.

Me paralizo. Joder. ¿Y ahora qué? Mi mente va a mil por hora. Si ahora giro la cara voy a quedar muy mal. Me han pillado, no merece la pena disimular. Mantengo una conversación conmigo misma en mi cabeza.

«Vale. Míralo», me digo. «Levanta la vista y míralo. Le estabas mirando el culo, ¿y qué? No serás la primera. Seguro que hoy le han pegado un buen repaso unas diez mil mujeres antes, no tengo duda. ¡Vamos! ¡Arriba esa mirada!».

Y lo veo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5. 

 

—«When I see your face there’s not a thing that I would change, ‘cause you’re amazing just the way you are…».

«¿Es posible que esté oyendo la canción de Bruno Mars de fondo?», pienso. Pero mi cabeza sigue a lo suyo.

«Idiota. Sobre todo, no pongas cara de idiota». Es lo único en lo que puedo pensar ahora mismo.

«Aguanta. Por favor, ahora aguanta. Estás apoyada en la barra así que no te vas a caer».

Tiene los ojos más azules que he visto nunca y sus pupilas se clavan en las mías. Creo que empiezo a sudar, tengo mucho calor. Me cuesta hasta respirar de la presión que ejerce esa mirada sobre mí.  Intento grabar en mi mente cada detalle de su cara.  Pestañas larguísimas, nariz recta y estrecha, orejas pequeñas. 

No hay nada más, parece que todo se ha evaporado y solo estamos él y yo.

Me cuesta seguir con el contacto visual, la profundidad de su mirada me oprime el pecho.

Y sonríe. 

—«…And when you smile the whole world stops and stares for a while, ‘cause girl you’re amazing just the way you are…».

¡Dios! Debe tener un padre dentista, esa sonrisa es tan perfecta que no es normal. 

«Tú no sonrías, que tienes las paletas mal colocadas», me recrimino. 

Entonces baja la mirada para coger algo de su americana y yo aprovecho para girarme rápidamente y darle la espalda.

Y respiro.

—¡Apaga eso, imbécil!

Le susurro molesta a Óscar, que había puesto la cancioncita de Bruno Mars en el hilo musical del hotel desde el Spotify de su móvil.

—Joder, ¿lo has notado? —Diana da pequeños saltitos—. Ha sido como decías. ¡De peli Disney! —Y empieza a dar palmitas con las manos sin sonido.

—¡Zorra! Yo solo le estaba poniendo la banda sonora al momentazo —añade Óscar ofendido—. Y ahora me dirás que no. Que no te ha parecido que el mundo giraba a cámara lenta. Te has quedado ahí, hipnotizada completamente. Sí que ha sido de película. —Da un giro sobre sí mismo.

—Sí. Pero de película de terror. —Tengo la cara compungida—.  Me lo he quedado mirando, ahí, en plan babosa. Fijo que ha pensado que soy gilipollas.

Me siento tan avergonzada que finjo llorar.

—Pues ahora es él el que te está pegando un buen repaso —dice Óscar ladeando la cabeza y guiñándome un ojo.

Doy un respingo. «Ostras, ¿me está mirando el culo?», pienso.

Y aliso mi vestido negro ajustado disimuladamente.

—Se van a alojar en el hotel. Han ido llegando durante la tarde. El rubio más bajito se casa y vienen de despedida de soltero todo el fin de semana —nos aclara Carlos, quien, como buen camarero, ya está al corriente de todos los clientes que pasan por allí—. Me lo ha explicado todo el novio, que ha sido el primero en llegar. 

—Todo el finde. Así que de hoy jueves al domingo vamos a tener a este apuesto caballero por aquí. —Diana junta las puntitas de sus dedos en el aire—. Interesante —añade con cara pícara.

—¿Me cobras?

Una voz grave y aterciopelada suena detrás de nosotros. Es una voz de esas que te follan al oírla.

«¿Será él?», pienso.

«Pero ¿qué me pasa?», me ruborizo con mis propios pensamientos.

—Claro, ahora mismo. —Carlos va hacia la caja.

Aprovecho que oigo como el grupo coge las maletas y sale de la cafetería para girarme con aparente tranquilidad, ahora que imagino que ya no están. 

Pero él sigue allí, recogiendo el cambio y guardando la cartera en su americana. Sin lugar a duda era su voz. Siento calor otra vez.

Volvemos a cruzar las miradas. Traga saliva y eleva ligeramente las comisuras de sus apetecibles labios.

—Ya nos veremos— añade con esa voz grave tan sensual.

Me dedica una sonrisa seductora antes de girarse para ir al encuentro del resto del grupo. 

Y yo acabo de morir de gusto.

Vuelvo a girarme para dejarlos a mi espalda. No muevo un músculo hasta que estoy segura de que los cinco han salido de la cafetería. Mantengo la compostura tal y como hago de costumbre. O lo que es lo mismo en mí, como si llevara un palo metido por el culo todo el tiempo.

Inhalo aire profundamente, en un intento de relajación.

—¡Joder! —dejo salir el aire—. ¡Gracias por avisarme! Ha sido de lo mejor que he visto en meses. ¡Qué coño en meses! ¡Creo que es el tío más bueno que he visto nunca! En serio.

Me dejo caer en uno de los taburetes de la barra.

—Pues parece que a él también le has causado buena impresión, Bunny. —Diana me golpea con el codo—. Se ha ido girando todo el camino hasta la puerta.

—Bueno, ¡paren las máquinas! —Pongo las manos en alto—. No sabemos nada de él. Puede ser un hombre felizmente casado, que solo está aquí celebrando que se casa uno de sus amigos.

—O puede ser soltero, separado… —Canturrea Óscar.

—¿Qué más da? —exclama Diana—. Si te va a tirar la caña, a ti te la debería pelar. ¿No lo ves? —Nos mira extrañada sin entender que nadie haya caído en su misma conclusión—. ¡Es perfecto!

Óscar y yo la miramos confundidos.

—En serio. ¿Qué más da su estado civil? Es un tío guapo, que ha venido al hotel a pasar unos días.  Así que seguramente sea de fuera. ¿Me pillas?

Diana me observa con los ojos muy abiertos.

—¡Claro! —Parece que Óscar también cae en la evidencia—. ¡Tú noche loca! —me coge del brazo moviéndolo sin parar—. ¡Es ideal! Un buenorro con el que pasar una noche de sexo salvaje, y que de aquí a tres días se vuelve a su casa.  ¡Y chimpún! —Da un pequeño brinco.

—Eso digo yo. ¡Chimpun! —Me levanto de un salto del taburete—. Me voy a currar.

Salgo en dirección a mi despacho dejando a mis amigos y a sus divagaciones tras de mí.

Al pasar por delante de la recepción el grupo está haciendo el registro de entrada. Se están peleando por ver quién duerme con quién en el reparto de habitaciones. 

—¡Este cabrón seguro que quiere una para él sólo! —el gracioso del grupo señala al causante de mi turbación.

—¡Pero para compartir! Ya sabéis que David no duerme nunca sólo —matiza el futuro novio guiñándole un ojo.

Y todos estallan en carcajadas.

Acelero el paso. Sin apenas mirarlos entro en mi despacho.

«David, el que no duerme nunca solo», pienso.

Así que, de todas las posibilidades, la que finalmente ha resultado ser, es la de ser un donjuán, un ligón, un picaflor. Recuerdo las palabras de Óscar días atrás. «Si se te pone a tiro un hombre así quién es la tonta que se le resiste».

«Pues yo», suena una vocecita en mi interior.

Sé que no estoy preparada para la noche loca.

«Cállate. Déjate llevar y fluye», pienso en un intento de autoconvencimiento.

***

—¡Esta noche hay una… Fiesta! —Óscar entra a mi despacho versionando el clásico de La Década—. ¡Y tú vas a venir a… Ella! —Sigue bailando—. Ya he montado el plan. Vamos a ir a cenar al restaurante nuevo que ha abierto el hijo de Tomás y luego nos tomaremos algo en el Sunset. Hemos quedado ya unos cuantos. Los de cafetería vendrán directamente a las copas.

 —¿Vendrá Carlos? —pregunto con cara sonriente.

—Pues supongo —añade sin ninguna emoción. 

—Es mono, ¿no? —inspecciono su cara. Pero me mira sin saber de quién hablo—. ¡Carlos! —Extiendo las palmas de las manos mientras encojo los hombros. 

Mi amigo me mira como si estuviera loca. 

—Hombre, feo no es. Pero vamos… Nunca me he fijado en él en esos términos. ¿No le gusta Sophia?

Y me doy cuenta de que a él le funciona el radar peor que a mí todavía. 

—Creo que no, Osquitar… Creo que no— me digo.

***

Después de llegar a casa y ducharme he hablado con mis hijos. Están súper emocionados por qué Raúl les deja elegir el color de las paredes de la habitación del bebé, así que se están peleando a ver qué color pueden elegir. Lo único que tienen claro es que tiene que haber un mural enorme de Disney, aunque para Álex eso signifique princesas y para Lucas Los Vengadores. Pobre Raúl, para qué pregunta.

Suena una notificación de WhatsApp en mi teléfono.

 

Pásalo bien esta noche Bunny.

Los niños quieren quedarse a

dormir con los primos que han

llegado hoy de Boston (palmas)

Así que Matt y yo nos vamos a aprovechar para

tener una cenita de pareja (cara con corazones)

Pasadlo bien. Y cena fuerte, 

que luego toca Rodeo (guiño)

Lo mismo te digo, no sea que te encuentres

al David ese por ahí (berenjena)

Ese encontrará plan,

 no te preocupes.

Ya me ha contado Óscar lo que has oído.

Y si es así, ¿qué  mejor que un tío como él

para hacerte pasar una noche de lujuria?

Que tonta eres a veces, chica.

Olvida ya tanto remilgo (diablo lila)

 Justo ahora me estoy planchando 

el hábito para ponérmelo

esta noche (emoticono con aura)

Ja, ja. Porqué te conozco como si te

hubiera parido y sé que te encanta lucir cacha.

Si no, no me sorprendería.

Te dejo, que me voy a taller:

chapa y pintura, hermana (beso)

Amén. Y disfruta (beso)

Tu más (guiño)

 

Hoy no tengo muchas ganas de arreglarme, sigo bastante revuelta de estómago. Así que la cosa va rápida. Corrector y un poco de polvos. Aprovechando que estoy morena no necesito más. Y mi sempiterno maquillaje: eyeliner, mucha máscara de pestañas y labial rojo. 

Lo de peinarme lo dejo por imposible. Vivir en la playa es un tormento. Me haga lo que me haga, en diez minutos mi pelo estará encrespado. Pienso en dejarlo suelto secado al aire, ahora que me llega hasta el pecho se me hacen unas ondas naturales bastante logradas, pero al final lo recojo en una coleta baja, hace demasiado calor.

Estoy bastante hinchada así que hoy no pienso ponerme nada ajustado. Me pongo una minifalda vaquera negra, una camiseta blanca básica oversize con un hombro caído y dudo entre calzarme unas sandalias de tacón o unas Vans negras. 

Meto cuatro cosas en un clutch y me dispongo a salir de casa. Pero antes un pipí. Si algo me inculcó bien mi madre, es a salir siempre meada de casa.

Y allí, sentada en la taza, me cago en todos los antepasados de todas las mujeres del mundo.

Me ha bajado la regla.

«Pues sí que estoy yo para noches locas», pienso, mientras me ato el nudo de las Vans.

 

 


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