Lee los primeros capítulos de Cuando la vida nos vuelva a juntar. Parte 1


Ilustración de una pareja joven de espaldas para Cuando la vida nos vuelva a juntar
PARTE 1

«El primer amor nunca se olvida.

Porque siempre será la primera persona

que te hizo sentir diferente»

1995

Ilustración de un cuaderno con el número 95 que introduce el año 1995

«Los encuentros más importantes fueron planeados por las almas antes incluso de que los cuerpos se hayan visto»

Paulo Coelho

Abril

Ilustración de huevos de Pascua que introduce el mes de abril

1. Veinte de abril del noventa…

Sentada sobre su silla, en su pupitre verde, dibuja absorta en una de las hojas de su agenda. Ese dietario que empezó el curso siendo una libreta fina, y que a estas alturas ya ha triplicado su grosor.

Fotografías, tiras de fotomatón con sus dos mejores amigas, notitas que se pasan en clase, el envoltorio de un chicle… Cualquier chorrada es merecedora de acabar pegada en las hojas de ese dietario, que es como un libro sagrado para ella.

La clase de filosofía de hoy está siendo soporífera. Levanta la vista y se encuentra con la mirada cansada del señor Díaz de Segarra, su profesor. Por primera vez desde que empezó la clase hacen contacto visual. Ella ha estado con la mente perdida y la mano en movimiento. Siempre dibujando.

Aparta su vista del delgado y consumido profesor y la pasa a su reloj. Se siente aliviada al ver que ya solo faltan diez minutos para terminar con esa tortura.

Ainhoa, sentada en la fila de delante, les tira un pequeño papel doblado en dos. Judith, su otra mejor amiga y compañera de mesa, lo despliega y ambas leen el contenido:

«¡Menudo tostón! Menos mal que tengo buenas vistas. ¿As visto lo guapo que está hoy Miky?».

Ainhoa se gira hacia atrás sonriendo con cara de boba. Lara relee la nota, devuelve la mirada a su amiga y voltea los ojos dejándolos en blanco. Busca un boli rojo en su estuche y escribe una enorme hache al inicio de «as».

Dobla la nota y se la lanza a Ainhoa mientras susurra con burla «cateta».

—¡Buen lanzamiento, señorita Lara! Sé positivamente que Nietzsche le aburre y Zaratustra le perturba. ¿Pero sabe usted lo que decía Nietzsche? —El señor Díaz de Segarra clava sus caídos ojos en los, ahora, asustados ojos azules de ella.

Traga saliva y niega lentamente, al tiempo que desea que se la engulla la tierra.

—«¿No es la vida cien veces demasiado breve para aburrirnos?». ¿Y saben cuántas veces les digo que, si no quieren estar aquí, que dejen su plaza libre para otros candidatos? Muchos ya están en la mayoría de edad, o casi. Así que ya no son asunto de sus padres. Tomen sus propias decisiones y háganos un favor a los docentes.

El maestro amplía su mirada a todos los estudiantes y continúa:

—Y esto no solo va para la señorita Lara. Cualquiera que no quiera estar aquí, ya sabe dónde está la puerta.

Se oyen risitas por lo bajo, murmullos… Lo típico que pasa siempre que el señor Díaz de Segarra empieza con la monserga de que mejor se vayan todos a casa.

Ella piensa en esas palabras; ojalá pudiera irse y no estar en esta odiosa clase de filosofía. Pero necesita aprobar el BUP y el COU para poder ir a la universidad y estudiar Bellas Artes. Es lo único que tiene claro en esta vida. La meta más soñada en sus dieciséis años de existencia.

Su mente despega y se va lejos de ese instituto del extrarradio de Barcelona. Vuela a París, al Museo del Louvre, a su impresionante pirámide de cristal. Esa pirámide que ella dibuja en la hoja de su agenda con su boli BIC azul.

Suena el timbre y toda la clase lanza un pequeño grito de alegría. El señor Díaz de Segarra recoge sus libros y sale a paso ligero del aula. Mientras, los casi cuarenta alumnos de la clase de tercero de BUP del Instituto Público Pablo Picasso guardan sus cosas en las mochilas para irse a casa. Son las dos del mediodía y muchos se lamentan por estar hambrientos.

Ainhoa mete sus cosas en la mochila a toda velocidad. Habla con sus amigas con la vista puesta en las filas de asientos que están junto a los ventanales.

—¡Corre, Lara! ¡Que se me va a ir Miky! Que si se adelanta mucho, ya no lo pillo.

—¡Ostia, tía, que ya voy! ¡No sé para qué tanta prisa!, si luego él va hablando con Manu y pasa de tu cara.

—Ya —susurra apenada—. Pero Manu se queda dos calles antes y hasta mi casa vamos Miky y yo solos.

—Y se pasa dos calles hablándote de lo guapa que es Esther —sentencia Judith.

Ainhoa gira la cabeza al otro extremo del aula y le lanza una mirada de odio a la susodicha Esther, que habla tranquilamente con sus amigas, mientras se lee de forma clara la palabra «zorra» susurrada en sus labios.

Lara acaba de meterlo todo en la mochila y las tres salen escopeteadas de la clase, corriendo por los blancos y azules pasillos del instituto hasta que alcanzan a Miky y Manu en la puerta principal.

—¿Qué ha pasado, Lara? Te han pillado, ¿eh? —se burla Manu.

—Lara siempre con sus manos dibujantes. Más en los mundos de Yupi que aquí —añade Ainhoa, cachondeándose de su amiga.

Lara resopla intentando hacer una sonrisa y se gira hacia su amiga con mirada retadora.

—¡Por cierto, Miky! —grita Lara alzando sus cejas a Ainhoa, que palidece tres tonos.

—¿Digamelón? —añade él al tiempo que se gira bailoteando.

—¿Hoy no llevas pipas?

Ainhoa suelta el aire que estaba conteniendo por si Lara era capaz de confesar que a ella le encanta Miky. Lara la mira con sorna; jamás le haría eso a su amiga.

—No, pero ahora que lo dices, me ha entrado un antojazo… Vamos al quiosco y así, me compro también un piti.

—¡Yo tengo tabaco! —exclama una sonriente Ainhoa, mostrando un paquete de Fortuna al grupo.

Lara y Judith la miran sorprendidas.

—Y esta, ¿por qué tiene tabaco? —pregunta en voz baja Judith a Lara, que sube los hombros mostrando incredulidad.

—Pero ¡qué mala, Ainhoita! Que tu mamá te va a castigar como vea el paquete de tabaco —se mofa Manu.

—¿Qué, Miky? ¿Quieres un cigarro o no? —cuestiona Ainhoa, chulesca.

Él asiente y se acerca a ella, que no es capaz ni de quitarle el envoltorio al paquete. Miky se lo roba de las manos y con los dientes desliza el pequeño plástico. Lo escupe al suelo, arranca el papel protector y toma un cigarro. Saca un bonito Zippo de su bolsillo y lo prende.

Da una larga calada al cigarrillo y le tira el humo a la cara a Ainhoa, que tose al respirarlo.

—¡Vaya fumadora estás tú hecha! —se mofa Miky.

Lara y Judith ríen ante la escena.

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Andan por la calle los cinco, charlando, riendo, comiendo pipas, cargando sus abultadas mochilas.

Judith es la primera en desviarse de la ruta conjunta para llegar a casa.

Lara es la segunda. Deja a sus amigos atrás y toma el estrecho callejón que la lleva a su edificio.

Rebusca en el bolsillo pequeño las llaves que tintinean al sacarlas. Abre el portal y sube las escaleras. Detesta vivir en un edificio sin ascensor. Todos sus amigos residen en pisos más nuevos, y no en fincas tan antiguas como esta.

Sube tres plantas y llega a su rellano. Al abrir la puerta un hedor le da una bofetada en la cara.

—¡Joder, mamá! ¡Coliflor! ¿En serio?

—Perdone, su majestad, si la comida no es de su agrado —canturrea su madre desde la cocina, con su habitual tono suave y cariñoso.

Lara entra en su habitación y arroja la mochila sobre la cama. Se quita las deportivas sin desabrocharse los cordones, tirando de ellas por los talones con las puntas de sus dedos. Las lanza al otro extremo del cuarto. De esa pequeña habitación de paredes rosas. Aunque no se vean por todos los dibujos que tiene clavados con chinchetas sobre ellas. Lienzos pintados con acuarelas, retratos a carboncillo, paisajes en óleo. La pasión desmedida de Lara con el dibujo viene desde su niñez, heredada de su padre.

La rubia cabeza de su madre se asoma por la puerta.

—Pulga, recoge un poco. Que está la habitación hecha unos zorros.

—Mamá, no me llames pulga, que no tengo cuatro años —bufa.

—Pulga no, por tu nombre tampoco… ¿Ya me dirás tú cómo te digo?

Pero Lara no contesta, solo emite un quejido sordo, y sale disparada de su cuarto golpeando a su madre en el hombro con el suyo. Entra al baño dando un portazo.

—¡Uh! ¡Cómo estamos hoy! Te voy a hacer una infusión de milenrama. ¡Hormonas desatadas!

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Lara no ha tenido opción y se ha tenido que comer el plato de coliflor con patata cocida. Sentada en una banqueta, se está acabando un plátano sobre la mesita de la pequeña cocina. Observa a su madre fregar los platos. Su larga cabellera rubia, de abundante pelo fosco, recogida en una gruesa trenza medio deshecha. De pequeña estatura, no llega al metro sesenta. Y de cuerpo menudo. Si la ves de espaldas, no parece una madre de treinta y seis años, sino una niña. Podría ser la misma Lara, si no fuera porque ella no tiene el pelo encrespado. Su rubia melena es lacia y lisa, siendo la envidia de sus amigas.

Mira cómo baila mientras seca un vaso con un trapo. No se parece en nada a otras madres. Quizá porque ella lo fue con dieciocho años. Con quince se escapó de casa de sus padres, a unas pocas calles de este piso, y acabó viviendo en una comuna hippy en Ibiza. Allí conoció a su padre, y vivieron los tres hasta que Lara tuvo seis años y fue obligatorio escolarizarla. Fue entonces cuando ella y su madre dejaron la comuna para mudarse al antiguo piso de su bisabuela materna. Y ese fue el preciso momento en el que Lara empezó a odiar a su madre por separarla de su padre.

—Me voy, que he quedado —dice Lara al tiempo que se levanta de la silla.

—Hija, si no hace ni dos horas que has llegado. ¿Vendrás muy tarde?

—¿No me vas a poner toque de queda?

—Ven cuando tú quieras.

—Vendré a las ocho, que es a la hora que tienen que volver Ainho y Jud.

—Vale, pulguita. Pásalo bien.

Si estuvieran aquí Ainhoa y Judith, le dirían lo afortunada que es. Que su madre es una pasada. No como sus padres, que solo hacen que machacarlas con que estudien y saquen buenas notas. Siempre controlando sus horas de llegada, y con quién van o vienen. Sin embargo, a Lara, nadie le dice que tiene que estudiar y sacarse una carrera para ser una mujer de provecho. Nadie le obliga a volver a las ocho. Nadie le aconseja que no debería hablar con extraños, ni ir sola por la calle.

Como dicen ellas mismas, Ainhoa y Judith tienen generales espartanos como padres y Lara tiene a un ser de luz Happyflower.

2. La familia que uno elige

El suelo bajo sus pies está casi cubierto por las grises cáscaras de pipas. Las tres amigas llevan media tarde sentadas en el banco del parque.

—Vamos al campo de fútbol que casi es la hora —ordena Ainhoa levantándose de golpe.

—¿Hoy también? —se queja Judith.

—¡Claro! Lunes, miércoles y viernes. El lunes no pudimos ir porque llovía. Así que hoy no puedo faltar.

—Pero si Miky ni te mira mientras entrena —añade Lara para picarla.

—De eso nada. Además, ¿sabéis qué me ha dicho hoy? —pregunta Ainhoa, pletórica.

Lara y Judith la miran con los ojos abiertos.

—¡Alucina, vecina! Que le cae mal Esther. Le ha ido a pedir unos apuntes y le ha dicho que no.

—Normal. Porque ella es una tía con dos dedos de frente y Miky, un jeta que no hace ni el huevo en clase y siempre se aprovecha de los demás. Principalmente de ti.

—Mira, Lara. No sé por qué te aguanto, tía. Eres más borde…

—Bueno, Ainho. Ahí le doy la razón a Lara. Que Miky es el repetidor, el guapito de clase y tú pierdes la cabeza con él —dice Judith.

—Y él conmigo, aunque aún no lo sepa —añade convencida.

—¡Anda! Vamos al campo, que ya deliras —se mofa Lara.

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Miky marca un gol y estira un brazo en dirección a la grada donde las chicas están sentadas y que excepto Ainhoa, pasan olímpicamente del entreno.

Lara y Judith miran con pitorreo a su amiga dando saltitos y vitoreando a Miky en plan animadora.

—El viernes tráete los pompones, Kimberly —se cachondea Judith.

—¡Pues no! Que no venimos. Nos vamos a mi chalé, ¿no os acordáis?

—¡El chalé! —canturrean las otras dos a coro a modo de burla.

—Ósea, espera. Que me tendré que poner el Lacoste y atarme un suetercito de punto al cuello para ir, ¿no? —se burla Judith.

—Te lo juro por Snoopy. Si no, no entras en la urbanización —contesta Lara hablando con las eses marcadas y poniendo morritos.

—Pitita, Presley y Gunilla —añade Lara mientras señala a las tres.

—¡Qué gilipollas sois! Que es una casa normal en una urbanización corriente —se defiende Ainhoa.

Lo normal para ella, no para el resto. Lara no hace nada los festivos ni las vacaciones. Y Judith, lo máximo que viaja es al pueblo de su padre, cerca de Cáceres.

—Va a estar guay, ¡eh! —suspira Ainhoa.

De repente el balón se ha desviado hacia ellas en un mal tiro. La pelota llega a los pies de Ainhoa.

Miky viene corriendo desde el campo, levanta su camiseta dejando ver sus abdominales, y se seca el sudor con la tela. Ainhoa sigue embobada la escena.

—Ainho, ¿me la pasas?

Ella para el balón con el pie y lo coloca. Lo golpea con el empeine con toda la fuerza y la chulería que puede y consigue un pase perfecto que hace que la bola llegue a los pies de Miky. Él sonríe y coge la pelota, saliendo nuevamente al campo.

Ainhoa se gira henchida de orgullo.

—Lo habéis oído, ¿no? Me ha dicho Ainho. ¿Le gusto o no le gusto? —pregunta ilusionada.

—Ven aquí, Ainhoita. Que nos vamos a hacer una foto. La titularemos: el día que Ainhoa se transformó en Maradona —se mofa Judith mientras saca una pequeña cámara de fotos de su mochila.

—Mira a ver si has corrido el carrete, ¡que siempre te pasa lo mismo! —exclama Lara.

Y las tres amigas se colocan sobre la grada y capturan la instantánea al grito de «Gol».

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Vuelven a casa los cuatro juntos, las tres amigas y Miky, repitiendo la ruta de siempre. Paseando por las calles que tantas veces los han visto caminar.

Judith es la primera en abandonar. Después Lara, que le guiña un ojo a una Ainhoa cada vez más esperanzada con Miky.

Toma el callejón hacia el viejo edificio. Abre el portal, sube los tres pisos y llega a casa.

—¡Ya estás aquí, pulga! ¿Cómo ha ido la tarde? —pregunta su madre desde la cocina.

Un escueto «bien» sale de la boca de Lara, que se encierra en su habitación.

Se pone el pijama y se tumba sobre la cama. Echa un vistazo a las paredes. Mira los lienzos. Los analiza comparando su evolución. Se percata de que cada vez pinta mejor, sobre todo con acrílico. Se levanta y se sienta frente a su pequeño escritorio. Está hecho un desastre. Apuntes y libros varios han sepultado el marco con la foto que preside la mesa. La encuentra bajo todos los papeles. Sonríe con amargura. Con esa mezcla de tristeza profunda y gran admiración que siente siempre que piensa en él. Acaricia el cristal con ternura.

—La cena ya está. ¡Ven a poner la mesa! —ordena su madre.

Lara deja la foto en el escritorio y le da el último vistazo. Un hombre rubio de ojos azules sostiene en brazos a una niña de unos cuatro años. Una pequeña también de pelo dorado, de melena lisa, y con los mismos ojos azules que él. Los dos sonríen y se miran cara a cara con una mirada cargada de amor.

«Me voy a cenar, papá», susurra Lara.

Sale de su habitación. Entra en la cocina y toma lo necesario para poner la pequeña mesa para que su madre sirva los platos.

—Mira, te he hecho tortilla de patatas y croquetas de calabacín. Para compensar la coliflor de esta mañana —dice su madre mientras le acaricia la frente.

—Gracias —añade Lara, sin haberla mirado siquiera a la cara.

Cenan escuchando Los 40 Principales en un pequeño transistor. La madre de Lara va preguntando cosas a las que la joven exclusivamente responde con monosílabos.

—¡Estarás contenta! Solo queda una semana de clase para acabar el trimestre y empezar las vacaciones de Semana Santa.

No contesta. Si hay algo que de verdad no está, es contenta.

Ainhoa estará en el chalé y Judith en el pueblo, así que ella se quedará sola toda la semana. Y tantos días metida en casa (con su madre) no son para nada las vacaciones ideales.

—¿Y si hacemos algo? —sugiere tímidamente.

Lara levanta la vista del plato y la mira horrorizada.

—Tengo unos amigos que viven en el campo. Quizá podríamos pasar un par de días allí con ellos. Tienen animales, huertos…

—De excursión a la granja. ¡Vaya planazo! —contesta con sarcasmo.

—¿La señora de dieciséis años se cree ya mayor? —dice acuñando una dulce sonrisa al tiempo que le acaricia suavemente la mano—. ¿O quizá hay algún chico con quien pasar estos días?

—¡Ay, mamá! ¡Déjalo, quieres! No hay chicos. Por no haber, no hay nadie. Que Ainho y Jud se van de vacaciones con sus familias. Como hace la gente normal.

—Pulguita… —susurra con tristeza.

—¡Que no me llames así, joder!

Se levanta tan rápido que casi tira la silla al suelo, que se desplaza haciendo un estrepitoso sonido.

—Me voy a mi cuarto —añade enojada.

Se marcha con rapidez a su habitación y entra dando un portazo.

Su madre recoge los platos. Apaga la radio y friega los cacharros en silencio.

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Lara busca un casete en la gran caja donde guarda su música. Coge una TDK de noventa minutos en la que se lee «Green Day y Red Hot Chili Peppers» en su portada. La mete en su radiocasete de doble pletina. Una vez suena la primera canción, se sienta en su escritorio. Toma su agenda y revisa los deberes pendientes. Mira la foto que tiene pegada en la contraportada. Fue hecha en el parque, el día que celebraron los diecisiete cumpleaños de Judith y Ainhoa, que cumplen años con unas semanas de diferencia.

Ella, a la izquierda. Con su larga melena rubia. Sonriendo tanto, que casi ni se le ven sus preciosos ojos azules. Es mucho más bajita que sus amigas, y delgada, con cuerpo de niña. Ainhoa, a su lado, le saca dos palmos. Su media melena castaña reposa sobre sus hombros. Está hablando y tiene la boca abierta; a ella no le gustó como salió la foto, pero a Lara le parece que está preciosa. Con sus enormes ojos verdes mirando a cámara. Su estilizado cuerpo bajo unos ajustados Levi’s 501. Judith no mira al objetivo, está medio girada y agachada. Se le habían caído unos chicles al suelo. Su larga melena negra casi toca la hierba. Lástima que no se vea su bonita cara. Rostro de muñeca, enmarcado en un flequillo recto. Con sus grandes labios y sus almendrados ojos marrones. Menos escultural y más ancha de caderas que Lara y Ainhoa, pero de belleza natural desmesurada.

En el centro de la foto, Miky, con los brazos alzados y una amplia sonrisa. Es un chaval muy guapo. El típico que tiene a la mitad de las chicas detrás. Pelo moreno y ligeramente ondulado, con tupé y un mechón rebelde que le cae sobre los ojos, mentón muy marcado. Cuando lo vieron por primera vez en los pasillos del instituto, ellas lo llamaron Dylan McKay, como el protagonista de Sensación de Vivir. Aún recuerda los saltos de alegría que dio Ainhoa cuando supieron que coincidirían en la misma clase el primer día de curso.

De aquello hace ya unos siete meses, y Lara aún se sorprende de las extrañas sinergias de la vida, que han hecho que los cinco hayan acabado siendo un grupo de amigos.

Manu no está en la foto; le pidió la cámara a Judith e hizo la instantánea. No le cae mal. Pero, a menudo, le parece el típico graciosillo que le sigue la corriente a Miky y no muestra su personalidad. Es un chico rubio de ojos azules bastante guapo, no del estilo de Miky, pero mono. Y aunque Judith nunca lo haya confesado, Lara cree que a su amiga le gusta Manu.

3. Es viernes y el cuerpo lo sabe

La segunda clase del viernes es la de Educación Física. Los treinta y siete alumnos dan vueltas alrededor de la pista del patio. Las tres amigas van juntas, más andando que corriendo. Los chicos llegan hasta ellas y bajan el ritmo.

—Míralo. Nosotros aquí dando vueltas y el cabrón del profe ahí sentado en la grada tomando el sol —se queja Manu.

—Hazte profesor de gimnasia y vivirás así de bien —dice Judith con falta de aire.

—Maestra vas a serlo tú, por lo que sé. Yo no voy a seguir el año que viene.

—¿No vas a hacer COU? —tantea Lara.

—No. No tengo intención de ir a la universidad. Puede que me vaya a una FP.

—¿Y tú? —pregunta Ainhoa a Miky casi sin aliento.

—Veo difícil aprobar el curso. Si vuelvo a catear más de dos, lo dejo y me buscaré la vida. Repetí primero y segundo. Paso de estar aquí un año más. Ya estoy harto de este sitio.

El profesor les manda parar y que vayan todos a la pista de fútbol. Miky y Manu salen disparados dejando a las chicas atrás.

—No voy a permitir que eso pase —afirma Ainhoa mientras coge aire apoyando las palmas de sus manos en sus rodillas.

Sus amigas la miran sin saber de qué habla.

Ainhoa se incorpora.

—¡Qué Miky deje el instituto! ¡Nasti de plasti! Ya me encargaré yo de darle clases particulares o hacerle los exámenes, si es necesario.

—Estás muy mal, tía —añade Judith.

—Estoy enamorada, que casi es lo mismo —suspira.

—Estás enchochada, que es aún peor —dice Lara riendo.

—Enchochada, que viene de chocho. Y a este ya le toca estrenarse. No veo mejor candidato que Miky.

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Una vez acabada la clase de Educación Física, llega la hora del recreo. Las tres chicas salen por la puerta principal y caminan hacia su banco habitual, en la pequeña plaza frente al instituto. Se sientan y retiran los papeles de aluminio de sus bocadillos.

—Otra vez mortadela de olivas. —Ainhoa simula una arcada.

—Pues yo, paté. Mi madre no sabe que hay jamón. O chorizo de Pamplona —se lamenta Judith—. No me lo voy a comer.

—Mejor yo ni hablo —añade Lara afligida, mientras mira sus rodajas de pepino.

Judith envuelve el bocadillo y se acerca a una papelera.

—¡No lo tires! Dámelo a mí —suplica Lara, harta de la comida natural y vegetariana que le cocina su madre.

—¿Cómo está la basca? —pregunta Manu al tiempo que echa a Judith y a Lara de su sitio para sentarse en el banco entre las dos.

—Ábrete, Manu. ¡Que molestas! —Judith le empuja, un poco ruborizada.

—¿Dónde has dejado a Miky? —pregunta Ainhoa.

—Está en la cantina, hablando con Esther. Hoy celebra su cumple y nos ha invitado a tomar algo. Están quedando para esta noche.

Lara y Judith miran a Ainhoa, de pie frente a ellas, que acaba de realizar la sonrisa más falsa de la historia.

—¡Qué bien! Esther ya cumple dieciocho años y los repetidores hoy vais a salir por la noche —canturrea intentando ocultar su envidia.

—Las niñas os tenéis que ir a casita pronto. Pobrecitas las de dieciséis —se burla Manu fingiendo cara de pena.

Lara va a contestar que, en realidad, la única que aún no ha cumplido los diecisiete este año es ella. No lo hace. Es Ainhoa la que contraataca.

—Pero si tú hasta diciembre no tendrás los dieciocho.

—Ya, pero a mí nunca me piden el carné —alardea.

Ainhoa gira la cabeza hacia la puerta del instituto y ve salir a Miky con Esther y sus amigas. Mira cómo ella se pavonea delante de él y le pasa un brazo por la cintura.

Vienen hacia ellos. Ainhoa da un empujón a Manu y se sienta en el banco, quedando los cuatro muy pegados.

Miky llega a ellos y se despide de Esther, que sigue su camino, no sin antes observar a Ainhoa, que no repara en ese gesto.

—Si las miradas matasen… —susurra Judith a Lara.

—¿Cuál va a ser el plan de esta noche? —pregunta Manu a su amigo.

—Van a cenar en casa de Esther. Y luego van a salir hasta las dos a tomar algo al Nirvana. Allí nos veremos con ellas.

—Nosotras también nos vamos a pegar una buena fiesta hoy, ¿verdad, chicas? Que nos marchamos a mi chalé todo el fin de semana —replica Ainhoa simulando indiferencia.

—Ya lo sabemos. Llevas días diciéndolo —dice Miky intentando no parecer receloso.

—¡Oh! ¿Y jugaréis con muñecas? —se mofa Manu.

—¡Claro! Y comeremos chocolate y nos haremos trenzas —responde Lara con sarcasmo.

—¡Vale ya, chicos! —avisa Miky con mirada reprobatoria a ambos—. Ainho, ven.

Se separa unos metros del banco y Ainhoa se acerca con timidez.

—¿Me podrías acompañar a comprarle un regalo a Esther? No estoy muy al día en las cosas que les gustan a las chicas —ruega con cara de gatito mojado.

Ainhoa contiene las ganas de mandarlo a tomar viento. Una punzada de irritación le atraviesa la boca del estómago.

—No puedo, Miky. Nada más salir del insti, nos vamos para el chalé —miente—. Búscate a otra.

Ainhoa se aleja de él con rapidez. Los celos se la están comiendo por dentro. Y la rabia.

«¿De qué va pidiéndome eso?», piensa.

—Me voy al baño —les dice a sus amigas al pasar frente a ellas.

Lara y Judith se levantan y corren hacia Ainhoa. Entrando las tres al instituto.

• . ✩ • . . • . . . . . •

Lara acaba de preparar un pequeño neceser con productos de higiene. Abre el estrecho cajón donde guarda algunas cosas de maquillaje. Las cuales solo ha usado un par de veces. Un lápiz de ojos negro, una pequeña paleta de cuatro sombras azules, una máscara de pestañas y algún pintalabios. Sopesa las opciones y cierra sin coger nada.

Vuelve a su habitación, guarda el neceser. Se pone la chaqueta y carga la mochila al hombro.

Sale hacia el salón, donde su madre está leyendo en un antiguo orejero verde. Tan antiguo como todo lo que hay en esa casa.

—Mamá, me voy.

—Pásalo muy bien, pulguita.

—Tendré cuidado. No hablaré con extraños. No beberé alcohol, ni me montaré en coches de gente que no conozco.

—Pues mira. Espero que hagas alguna de esas. Que estás en la edad de hacer el pavo.

—Entonces beberé hasta emborracharme, me montaré en un coche con cualquier pirado y que me encuentren mañana violada y muerta en una cuneta.

—¡Hija mía! No hay quien hable contigo.

—¡Nos vemos el domingo! —vocea al tiempo que sale del piso.

Anda unos quince minutos hasta que llega a casa de Ainhoa. Una bonita finca privada, de cuatro edificios idénticos, con zona lúdica en el centro. A Lara le fascina. No tiene comparación ninguna con su arcaico piso.

Llama al timbre del portero automático. Una voz infantil contesta por el interfono.

—¿Quién es?

—Leire, soy Lara.

—Ainhoa, es Lara. ¿Sube o bajas? —grita la hermana pequeña de Ainhoa haciendo que Lara tenga que alejarse del altavoz—. Dice que ahora bajamos. Que vayas para la puerta del parquin.

Lara camina varios metros a la derecha y se coloca junto al portón de hierro. Unos minutos más tarde el flamante coche gris, tipo berlina, del padre de Ainhoa asoma por el portón. Ainhoa saca su cabeza por la ventanilla trasera y Lara sube al vehículo.

—¿Y Jud? —pregunta, confusa al no encontrar a su amiga dentro.

—No ha podido venir. Luego te cuento —dice con cierta cara de apuro.

Ainhoa pide a su padre que ponga uno de sus casetes en el coche, pero él se niega. En su lugar pone uno de Mocedades. Las dos amigas se miran con cara de horror. Ainhoa saca de su mochila un moderno y precioso walkman Sony. Lara también, pero el suyo es un cochambroso aparato que aún conserva desde hace años.

Ambas van todo el trayecto concentradas en sus cosas hasta que una hora más tarde llegan al chalé.

Ainhoa y su familia salen del coche. Mientras sacan bolsas y mochilas del maletero, Lara mira asombrada la fachada de la casa. Es más bonita de lo que había imaginado. Una preciosa casa blanca, con el tejado color naranja. Las ventanas tienen unos marrones portalones de madera y unos pequeños toldos amarillos. Al abrir la puerta de entrada, un amplio jardín rodea la casa. Con el césped más verde que Lara ha visto nunca. Al fondo, una pequeña piscina, con su escalerita de hierro, corona la fantástica estampa frente a ella.

—¡Vaya pasada, tía! ¡Alucino pepinillos con tu casa!

—Ven, corre. Subamos a la habitación a dejarlo todo. ¡Que nos vamos! —exclama Ainhoa emocionada.

—¡Pero si acabamos de llegar! ¿Dónde quieres ir?

—Al pueblo. Tenemos media hora andando. Y mejor ir pronto, antes de que sea de noche.

Lara no dice nada. Sabe que este fin de semana la voz cantante la va a llevar Ainhoa, que por algo es la anfitriona.

Suben a la planta superior, a las habitaciones. Dejan las mochilas sobre la cama y corren escaleras abajo. Ainhoa trastea en el bolso de su madre. Saca un billete del monedero y salen al jardín.

—¡Mamá, nos vamos! ¡Ya volveremos!

—Pasadlo bien e id con cuidado. Y si no encuentras a nadie, nos llamas. Pero no vengáis a pie. Y coge dos mil pesetas de mi bolso, si no lo has hecho ya. Ya hemos hablado de que eso es lo que tenéis para gastar este fin de semana.

Las dos amigas salen disparadas de la casa. Ainhoa, con paso decidido, guía la ruta por las calles de la tranquila urbanización. Lara la sigue sin perder detalle de nada. Ensimismada con los bonitos chalés que van dejando atrás.

—¿Qué ha querido decir tu madre con no encontrar a nadie?

—Para volver a casa. Siempre me sube algún amigo en coche o en moto. Pero el día que no encuentro a nadie, me bajan a recoger. A la una no pienso venir andando.

—¿Te dejan volver a la una? ¿Y montarte en coche? —pregunta Lara completamente incrédula.

—Sí, tía. Pero hoy, porque estás tú. Si no, a las doce. Mira por dónde, en casa no me dejan hasta más de las ocho. Y solo si voy con vosotras. Pero aquí… Somos unos quince o veinte los que nos juntamos; nuestros padres se conocen, así que tengo mucha más libertad. Más o menos como la que tienes tú siempre —se mofa.

—Ya —farfulla apenada Lara, ante la falta de control por parte de su progenitora—. ¡Ah!, y tengo mil pesetas que me ha dado mi madre.

—¡Pues tenemos tres mil pelas para gastar! —exclama emocionada Ainhoa.

—Oye, ¿y qué ha pasado con Judith?

—¡Qué mal me sabe! —confiesa—. ¿Te acuerdas del paquete de Fortuna que llevaba el otro día?

Lara asiente.

—Le pedí que me lo guardara, por si me lo pillaba mi madre. Y resulta que hoy se lo han pillado a ella. Y la han castigado sin venir.

—¡Pobre Jud! ¿Y le dijo a su madre que es tuyo?

—¡No exactamente! —titubea Ainhoa.

Lara la mira arqueando una ceja.

—Le dijo que es tuyo.

—¡Hija de puta! —añade Lara entre carcajadas—. ¿Y eso?

—Ya sabes… Nuestras madres, tu madre…

—Ya, claro. Yo soy la bala perdida, hija de la hippy loca.

—No quería decir eso —se disculpa Ainhoa.

—Lo sé. Pero es lo que vuestras madres piensan: «Pobrecita Lara, con esa madre que le ha tocado».

—A mí sabes que me encanta tu madre.

«A ti», piensa Lara.

4. Primeras veces con sabor a Malibú con Piña

El pequeño pueblo está muy animado. Por lo que parece, los fines de semana se duplica la población. Hay muchas urbanizaciones a las afueras, así que las calles están llenas de niños en bicicleta, y grupos más mayores en motocicletas o coches.

Ainhoa y Lara llegan al centro del pueblo y entran al gran bar que preside la Plaza Mayor, se dirigen al fondo, donde hay varios recreativos. Dos futbolines, un billar y alguna máquina de arcade.

Un grupo de unos doce adolescentes juega a diferentes máquinas. Ainhoa va saludando a unas y a otros, y presentándoselos a Lara que, aun no siendo una persona tímida, hoy se siente bastante cohibida.

Ainhoa no deja de intentar que no esté excluida. A Lara no le resulta difícil ya que, aunque no conoce personalmente a ninguno de ellos, sabe muchas de las historietas que le cuenta su amiga.

Piden unos refrescos y juegan a algún arcade. Uno de los chicos le pide que sea su pareja en el futbolín. Lara, poco ducha en la materia, hace lo que puede.

Sobre las ocho de la tarde, todos se reparten entre las motos y los coches de los chicos del grupo y se dirigen de nuevo a la urbanización.

—Vamos a casa de Pedro, que no están sus padres. Cenamos allí.

—Sí, por favor —dice Lara, completamente famélica.

Al salir del coche de uno de los amigos de Ainhoa, Lara ve la magnífica casa de Pedro. Paredes de piedra, ventanales enormes. Una preciosa masía reformada.

No acceden a la vivienda. Abren una puerta lateral que da acceso al garaje y todos entran allí. En vez de coches, Lara se sorprende al encontrar un espacio lleno de pufs y cojines repartidos por el suelo. En un extremo hay una barra y un par de neveras. Al otro, una mesa con una tabla de mezclas y dos grandes altavoces.

—¿Qué te parece? ¡Disco en casa! —exclama Ainhoa.

De repente empieza a sonar música tecno a todo volumen. Luces de colores y un flas parpadeante comienzan a volar por el ambiente.

Lara está alucinada. Pensaba en una cena de amigos tranquila. Pero esto es lo más cerca que ha estado de una discoteca en su vida.

—¡La comida está fuera! —anuncia alguien del grupo.

—¿Podemos ir a comer algo? —suplica Lara a su amiga.

En una zona del jardín han improvisado una mesa con unas tablas y han colocado toda la comida. Varias cajas de cartón con pizzas, bolsas de patatas fritas, embutido, pan. A Lara se le hace la boca agua ante tal festín.

Las amigas comen animadamente. Charlan con el grupo. Lara está cómoda entre ellos.

Sobre las diez de la noche llega más gente. Debe de haber unas treinta personas en total. Unos bailan en el interior. Otros comen. Alguno está sentado en el jardín bebiendo…

—¿Quieres? —Ainhoa llega ofreciéndole un porro a Lara.

Ella niega con la cabeza, su amiga le da una rápida calada y se lo devuelve a uno de los chicos.

—¿Y de esto? —Ainhoa le muestra un vaso de tubo con un líquido amarillento—. Malibú con piña —le aclara.

Lara toma el vaso, lo huele y le da un pequeño trago. El sabor dulce de la bebida le resulta agradable.

—De esto sí, de eso no —puntualiza señalando al chico del porro.

—Tu madre seguro que consiente el uso de la hierba para fines terapéuticos —bromea.

—¿Y qué fin terapéutico tienes tú?

—¡Pues mira! Hoy, dejar de pensar en Miky y Esther juntos en el Nirvana —confiesa con tristeza.

—Ainho… —sisea Lara en tono dulce.

Las dos amigas se abrazan.

• . ✩ • . . • . . . . . •

Lara está dentro del garaje. Las luces la marean un poco. Eso, los dos Malibú con piña y algún que otro chupito que ha bebido.

—¿Salimos? —pregunta Paula, una de las amigas de Ainhoa—. No aguanto más este chunda chunda. Odio la música mákina.

Las dos se sientan en un banco de piedra adosado a la entrada del garaje. Ven a Ainhoa dándolo todo, bailando sin parar y ambas ríen.

—¡Está muy loca! —afirma la chica.

—¡Qué te voy a contar! —enfatiza Lara.

—Oye, ¿me acompañas un momento a mi casa? Está a un par de calles. Quiero ir a por una chaqueta.

Ella asiente y las dos chicas salen de la casa de Pedro. Al empezar a andar por las bonitas calles, Lara nota un leve mareo.

—¡Uf! Voy un poco borracha —confiesa con bochorno—. ¿Esto lo hacéis cada fin de semana?

—Casi —afirma Paula—. La urbanización es muy diferente de la ciudad. Allí no me dejan salir de casa. Y aquí, desde siempre he tenido libertad. Y en verano es mucho mejor.

Lara asiente en un suspiro cargado de envidia sana.

Se da cuenta de que tiene un cordón desatado y se agacha a hacerse el nudo.

De repente, un coche se detiene junto a ellas. Un pequeño vehículo granate de tres puertas, con música tecno sonando a todo trapo.

—¿Ya te vas a casa, Paulita?

Lara acaba de atarse el cordón, no sin antes reparar en la bonita y grave voz que habla desde dentro del coche.

—No. Vamos a buscar una chaqueta y volvemos a casa de Pedro; estamos todos allí. ¿Te vas a pasar?

—No creo. Hoy toca Cosmos.

—Que ganas de poder ir a Cosmos, tiene que ser la mejor disco del mundo —lloriquea Paula.

Lara se incorpora y mira con timidez al chico del coche. Pelo castaño oscuro, muy corto, casi rapado. Bastante moreno de piel. Ojos marrones enmarcados en unas largas y espesas pestañas. Labios gordos y carnosos. Espalda ancha y fuerte. Y hasta ahí puede ver.

Su mirada queda fija en él, cautivada por la belleza de su perfil. Hasta ese momento nadie la había atraído de esa manera.

—Pues pásalo bien. Si te animas, allí estaremos —contesta Paula.

Él la observa por primera vez, sin cambiar el gesto serio de su cara.

—Pasadlo bien, señoritas —añade al tiempo que levanta la mano a modo de despedida, clavando sus marrones ojos en ella.

Una punzada de algo que no reconoce recorre su estómago. Es la primera vez que la presencia de un chico la ha desestabilizado así. La forma en la que él la mira, indescifrable en su expresión seria, consigue que se erice su piel.

Arranca la marcha y las deja atrás.

—Está potente, ¿eh? —enfatiza Paula.

Lara asiente, entre turbada por la atracción que ha sentido y cabreada por el nulo caso que él le ha hecho. Pero claro, al lado de Paula… Es una atractiva y exuberante chica morena. Quién iba siquiera a verla a ella.

—¿Quién es? —pregunta, intentando averiguar si es alguien que Ainhoa le haya nombrado alguna vez.

—El francés —contesta Paula—. Es el mejor amigo de mi hermano, un tío majo. Y mi futuro novio, aunque él no lo sepa.

Lara sonríe ante la respuesta intentando ocultar una incipiente envidia. Hace memoria sobre los relatos de Ainhoa. No le suena de nada eso de «el francés». Tendrá que sondear a su amiga en busca de información.

Cuando vuelven a casa de Pedro, la fiesta está en pleno apogeo. Hay más coches aparcados en la calle. Instintivamente, Lara busca el pequeño automóvil granate, pero no está.

Entra al garaje y no ve a su amiga. Toca el hombro de uno de los chicos. Al girarse, se percata de lo dilatadas que tiene las pupilas.

—¿Has visto a Ainhoa? —grita.

Él niega con la cabeza y sigue bailando, dando puñetazos al aire.

Sale y pregunta a un par de personas más. Nadie sabe dónde está su amiga.

Da una vuelta por el jardín. Finalmente, la ve tumbada en una hamaca de la zona de la piscina con una chica. Se acerca a ellas casi corriendo.

—Eres Lara, ¿no? ¡Vaya pedal lleva Ainhoa! Y encima, de los de bajón. Hace un rato que está llorando —anuncia la chica—. Por cierto, me llamo Ana.

Lara se sienta junto a su amiga.

—¡Laga! —exclama sorbiéndose los mocos entre sollozos—. ¿Qué egtará hagiendo Miky? Segugo que ge estagá engollando gon la guaga esa.

Cuesta entenderla. Habla hipando, completamente ebria.

—¡Joder, Ainhoita! Vas ciega perdida —se mofa Lara—. Anda, levántate un poco.

Intenta incorporarla, pero ella no se deja.

—¡Dégame! ––grita—. No quiego movegme. Gile a Pego que se gie un pogo.

—Sí. Estás tú para muchos porros.

—Miky, gon Egter —lloriquea—. Hija ge su mage. La odio, Laga.

De repente, le sube una arcada, se gira y vomita sobre el verde césped. El olor a piña que desprende es asqueroso.

—Quiego un gubata.

Se levanta de golpe, girando sobre sí misma, intentando mantener el equilibrio. Lara la sujeta y le pide que se siente. Pero Ainhoa la empuja emprendiendo la marcha.

—¡Una potadita y a seguir! —afirma Ana resignada.

La siguen hasta el garaje. Ainhoa entra al grito de «Temazo» y se pone a brincar.

Salto a salto llega a Pedro, que está pinchando en la mesa de mezclas. Le dice algo al oído y este le entrega un porro ya liado. Ainhoa lo enciende y le da una larga calada, que debe perforarle los pulmones, ya que empieza a toser.

—No la había visto nunca fumar —añade Paula al acercarse a ellas.

—Y encima a cara perro —matiza Ana.

Lara la mira confusa.

—Sin compartir —aclara Paula.

—Paula, quítaselo o le va a dar un blancazo —ordena Ana.

Pero no hace falta. Ainhoa le pasa el porro a un chico y sale corriendo al jardín. Las tres chicas van detrás de ella.

De repente, el rostro de Ainhoa ha palidecido completamente. Las ojeras se le han acentuado, tomando un tono morado. Mira a Lara con expresión de quien pide auxilio. Ella le da la mano a modo de amparo. Está fría como el hielo. Unas gotas de sudor le mojan la frente.

—Blancazo del bueno —dice Ana.

—¿Y eso cuánto tarda en pasarse? —pregunta Lara al tiempo que mira su reloj y ve que son casi las once y media—. En hora y media tenemos que estar en casa.

—A ver, Ainhoa, siéntate aquí e intenta beber agua a tragos pequeños —le aconseja Ana.

Ainhoa obedece sin rechistar. No es capaz ni de hablar en estos momentos.

—Yo de ti me la llevaba ya. No está para mucha fiesta —añade Ana a Lara, señalando a Ainhoa, que ha empezado a vomitar otra vez.

Las tres se miran poniendo cara de asco.

—¿Y cómo me la llevo yo así? —pregunta Lara, que se agacha a mover a Ainhoa, que casi se tumba sobre su propio vómito.

Ana mira a su alrededor. Mete un par de dedos en su boca y emite un fuerte silbido.

—¡Francés! —grita.

Lara, sentada junto a Ainhoa, sube tímidamente la cabeza. Otra vez lo mira de forma hipnótica mientras lo ve acercarse. De cuerpo entero aún le gusta más. Le sorprende ver lo alto que es. Seguro que ella le debe llegar a la altura del pecho, con su escaso metro sesenta.

Él se acerca a Ana y Paula.

—¿Nos puedes hacer un favor? —dice Ana, estirando la palma de su mano hacia las dos amigas en el suelo—. ¿Podrías llevarlas a casa de Ainhoa?

—Alguien se lo ha pasado bien, ¿eh? —bromea mirando el deplorable estado de Ainhoa tumbada sobre el terrazo rojo.

Sin apenas esfuerzo, la levanta. La coge en brazos, como los recién casados pasando el umbral de la puerta, y sale en dirección al coche. Lara lo sigue, no sin antes admirar la espalda y el trasero frente a ella.

El pequeño vehículo está aparcado dos casas más abajo. De un movimiento, él apoya a Ainhoa en el coche. La sujeta, intentando mantenerla en pie.

—A ver, señorita. ¿Vas a vomitar? —pregunta a Ainhoa al tiempo que le sostiene la cabeza para que lo mire.

Ainhoa solo sube los hombros como respuesta.

—Pasa tú detrás —ordena a Lara sin contacto visual—. Que si necesita vomitar, pueda abrir. No quiero que pote dentro.

Lara entra al pequeño coche por la puerta del copiloto abatiendo el asiento. Una vez colocada, él intenta sentar a Ainhoa. No pierde detalle de toda la escena. Complacida por la suavidad con la que él la mueve.

Le ata el cinturón y se asegura de que esté bien ajustado. Cierra y se dirige a la puerta del conductor. Entra, se sienta y se abrocha. Todo sin aún haber cruzado una mirada con una Lara, que cada vez se siente más invisible.

Enciende el motor y saca un paquete de tabaco de la guantera. Aprieta el botón del encendedor del coche. Unos segundos después, el clic anuncia que está caliente. Lo saca y prende un cigarro.

Ella sigue todos sus movimientos, preguntándose si él siquiera recuerda su presencia.

—¿A dónde vamos? No sé cuál es tu casa —admite mirando a Ainhoa.

Ella no contesta. Él le da unos toquecitos en el hombro y ríe soltando aire por la nariz.

—¡Está frita! —exclama en tono cómico.

—¡Venga, no me jodas! ¡Que yo no sé llegar a su casa! —dice Lara alarmada.

Vuelve a mirar el reloj de forma nerviosa. Ya son las doce.

—Aún falta una hora —bisbisea con cierto tono de alivio.

—Pues nos queda una hora… —añade él, haciendo contacto visual a través del retrovisor.

Ella fija la mirada en el espejo. Se encoge intimidada y esboza una leve mueca simulando una risa afectuosa. Él se gira mostrando su preciosa dentadura con una amplia sonrisa.

—Por cierto. Me llamo Luc.

5. El gabacho y la niñata

Luc baja el freno de mano y mueve la palanca de cambio. El coche inicia la marcha. Lara se coloca en el asiento. De vez en cuando atisba por el retrovisor a ver si se cruzan de nuevo sus miradas. Pero no lo hacen. Se pregunta dónde la estará llevando, si ninguno de los dos conoce el camino correcto.

Enciende la radio del coche; otra vez suena música tecno, como cuando lo vio horas atrás caminando con Paula.

—¿Te gusta? —pregunta él.

—No mucho, la verdad —confiesa Lara.

Abre la guantera con cuidado de no despertar a Ainhoa y saca un porta CD negro. Se lo lanza a Lara, que lo atrapa con dificultad.

«Menos mal», piensa. Imagina el bochorno si se le hubiera escapado golpeándole en la cara.

Abre la cremallera y echa un vistazo a los CD. Elige uno y se lo pasa entre los asientos. Él lo mira antes de meterlo en la radio. Una vez dentro se reproduce «I feel you» de Depeche Mode.

—Buena elección. Pensaba que elegirías el recopilatorio de baladas románticas —se mofa él, mirándola por el espejo.

—Lo que realmente me sorprende es que haya un recopilatorio de baladas románticas ahí dentro —responde altanera.

Luc levanta las cejas, haciéndose el ofendido.

—¿No crees que yo tenga corazoncito? —la reta.

—No me das mucho ese perfil.

El coche se detiene y Luc apaga el motor. Lara mira por la ventanilla. No ve ninguna vivienda alrededor. Recuerda la conversación que tuvo con su madre antes de salir de casa:

«Joder, Lara. Te has hecho el pack completo, has bebido y te has montado en el coche de un extraño. Solo espero que no acabes muerta en una cuneta», se dice.

Luc sale del vehículo y abre el maletero.

—¿Piensas quedarte ahí dentro? —pregunta conteniendo una sonrisa.

Lara acciona la palanca del asiento del conductor para abatirlo y sale. Camina lentamente hasta la parte trasera del vehículo.

El maletero sigue abierto y Luc está sentado sobre el marco del portón. Ha sacado dos vasos de plástico con hielo y los llena hasta la mitad con una botella de líquido transparente. Le tiende uno a Lara. Lo primero que hace es olerlo.

—¿Qué es?

No le gusta el olor.

—Vodka. ¿No quieres?

—Así, a palo seco… —añade dubitativa.

Luc abre una lata de refresco de limón y se la enseña. Ella estira el brazo y le ofrece el vaso. Él lo vierte hasta casi el borde.

—Lo tenías todo bien preparado. Siento que te hayamos fastidiado los planes —se disculpa con apuro—. Ibas a ir a Cosmos, ¿no?

—Esa era la idea. Pero las niñas borrachas son mi criptonita —bromea—. Mañana habrá más suerte. Dudo que tu amiga tenga ganas de beber y me necesitéis como taxista.

A Lara le molesta el comentario. Lo de «las niñas» le ha sentado como una patada en el estómago. Da un largo trago a su cubata, en un intento de parecer mayor. Pero tras pasar la bebida por su garganta, arruga la nariz. No se percata de la pequeña sonrisa que emite Luc al verla.

—¿No te gusta? ¿Quieres solo limón?

—¡No! —rechista de forma borde.

Parece que todo lo que él dice, ella lo interpreta como un ataque a su edad.

Mira el reloj, nerviosa.

—Son solo las doce y diez. Relájate y disfruta —apunta.

—¿De qué?, exactamente —añade con chulería.

—Del momento. De estar aquí, en esta bonita calle deshabitada. De la temperatura ideal que hace esta noche de abril, de un buen vodka con limón —ríe—. Mira, yo tendría que estar con mis amigos camino de la discoteca. Y no me quejo, ¿no?

—Lo de las niñas borrachas, en realidad, sí ha sonado un poco a queja.

—Lo de las niñas borrachas lo he dicho para hacer una coña. Pero igual sí es verdad y tienes diez años, vista tu reacción.

—Perdone, le Mesié de Francia. Usted es todo un adulto.

—Monsieur du France —añade en un perfecto francés—. Mesié se dice más al sur.

Y nombra el Mesié peor pronunciado de la historia, mofándose claramente del acento de Lara.

«Tiene lo mismo de guapo que de gilipollas», se dice ella, que contiene el aire y junta sus labios aguantando una contestación. Pero no puede.

—Gabacho arrogante, se dice en mi barrio.

Por alguna razón, cuanto más se enfada ella, más se divierte él.

—Niñata engreída, se dice en el mío —contesta haciendo un esfuerzo por no reírse. Ella se enerva visiblemente.

—Mira, voy a despertar a Ainhoa y que nos diga dónde vive.

Se gira y camina hacia la puerta del copiloto rodeando el coche. Luc, saliendo por su izquierda, alcanza la puerta antes que ella. Se queda frente a la puerta tapando la maneta.

—¡Déjala que duerma la mona!

—¡No! Quiero irme a casa.

—Pues apártame si puedes… —se pavonea chulesco.

Luc abre las piernas para ganar estabilidad y coloca los brazos levantados detrás de su cabeza. Ensancha el pecho como iniciación del juego.

Lara, minúscula frente a él, le da un tímido empujón golpeándole un hombro. No consigue que se mueva ni un milímetro.

Repite en el otro hombro, un poco más fuerte. Solo consigue que él mueva un poco su espalda.

—Venga, que seguro que puedes hacerlo mejor —la provoca.

Para el tercer intento le golpea en los antebrazos que aún tiene en el aire. Ni un movimiento de vuelta.

Visiblemente cabreada, coloca sus dos manos sobre su pecho. Ejerce una ligera presión, intentando empujarlo.

—Trátame con cuidado, ¡eh! —susurra y le guiña uno de sus preciosos ojos marrones.

Lara gruñe y le empuja con todas las fuerzas que puede reunir. Finalmente, consigue que él se mueva, golpeando la espalda contra la puerta del coche.

Del impulso, ella cae sobre él. Su cabeza, con su bonita melena rubia, acaba encajada en su pecho. Durante unos instantes, el tiempo se detiene. Inmóviles, Lara aspira el aroma de Luc: una mezcla embriagadora de colonia fresca, alcohol y tabaco. Un escalofrío le recorre la espalda, erizándole la piel.

Oyen unos golpes. Ainhoa golpea la ventanilla.

Luc abre la puerta del coche. Ainhoa asoma la cabeza y vomita, lanzando una bocanada por los aires.

—¡Hostia! —grita Luc apartándose, cogiendo a Lara entre sus brazos para esquivar el vómito.

A Lara no le importa lo asqueroso de la escena. Solo piensa en lo a gusto que está en este mismo momento abrazada a Luc.

—¿Dónde estoy? —pregunta Ainhoa desorientada cuando consigue salir del coche, con dificultad.

Lara se separa de Luc y corre a sujetar a su amiga.

—En la calle Sorolla —aclara Luc.

Ainhoa los mira a los dos, moviendo su cabeza de uno a otro. Emite una sonora carcajada.

—¡Alucinando en colores estoy! La calle Sorolla… —canturrea apoyada en el coche para no caerse.

Lara no entiende la broma. Mira el reloj nuevamente.

—Deberíamos ir a casa, Ainhoa. ¿Crees que estás presentable?

—¿Tú crees que lo está? —pregunta Luc, mirando a Ainhoa con lástima.

La verdad es que no está en su mejor momento. Solo hay que verla tumbada encima del capó del vehículo.

—Llevas la sudadera llena de lamparones, de vete tú a saber qué. Bueno, mejor no saberlo —añade Lara con cara de asco.

Ainhoa huele una de las manchas y hace una arcada.

Luc se quita su negra chaqueta de chándal y se la tiende.

—Anda, ponte esto y que al menos te vean limpia.

Lara ayuda a su amiga a ponerse la chaqueta por encima de su ropa.

La sujeta con fuerza para intentar sentarla en el coche, pero ella no consigue hacerlo con la delicadeza que lo hizo Luc, y Ainhoa se desploma en peso muerto sobre el mullido asiento.

—¡Joder, tía! Todo me da vueltas —se lamenta.

—¿Me podrás guiar? —pregunta Luc una vez los tres están sentados en el vehículo.

Ainhoa solo asiente como respuesta.

Tampoco habla durante el camino hasta su casa. Solo hace gruñidos como indicación, o como mucho levanta una mano.

El CD de Depeche Mode sigue sonando de fondo. Luc tararea In your room, la canción del álbum favorita de Lara.

—¡Esa es! La de los portones marrones —apunta Lara al reconocer la casa.

Luc detiene el vehículo. Sale y le abate el asiento a Lara para que baje. Los dos van en busca de Ainhoa al otro lado del coche.

Consigue salir por ella misma, mucho más airosa que la vez anterior.

—Ainho, ahora hay que disimular, ¿vale? Tus padres seguro que te preguntarán qué hemos hecho, cómo nos ha ido…

Ella asiente, y Lara toma aire ante tan poco convencimiento.

—Mucha suerte, señoritas —añade Luc, intentando alentarlas.

Las dos llegan a la puerta de hierro. Intercambian miradas hasta que Lara señala la cerradura.

—Las llevas tú —confirma Ainhoa.

—¿Qué coño voy a llevar yo? —berrea Lara.

Ella vuelve al coche resoplando.

Se asoma por la pequeña ventanilla. Luc está sosteniendo el pequeño bolso de Ainhoa entre sus manos.

—¿No sabías qué hacer para volver a verme?, ¿eh?

Lara pone los ojos en blanco y lo mira con gesto agotado.

—Lo dicho, Luc el arrogante —chista ella, al tiempo que tira con fuerza del bolso.

—Lo dicho, Lara la engreída —contesta con choteo.

Lara se da media vuelta dispuesta a irse, enfadada, no sabe si con él o con ella misma. Pero una fuerza inevitable hace que vuelva a girarse hacia el coche.

—Yo no te he dicho mi nombre en toda la noche —repara Lara, sorprendida.

—Ni yo que fuera francés —replica. —Parece ser que cada uno tiene sus fuentes.

Le guiña un ojo, enciende el motor y se marcha, dejando a Lara mirando cómo el coche se aleja. A una pequeña Lara entre cabreada y brutalmente atraída.


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